Dositeo y el Himno Invasor
- Por Alionuska Vilche Blanco y Milo García
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La noche caía sobre los campos de Camagüey como un telón de humo. La columna invasora, con sus botas polvorientas y machetes aún calientes, se detenía en la finca La Matilde. Allí, donde el amor de Ignacio Agramonte se había tejido entre las paredes, un joven comandante camagüeyano, Enrique Loynaz del Castillo, descubría en una ventana los versos ofensivos de un militar español. No los borró. Respondió con poesía.