No más silencios cómplices

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acoso1Fotos: Tomadas de Internet

“Yo era demasiado pequeña y ahora solo soy una sombra de lo que sería si no me hubieran hecho bullying”.
Duda, como desde el cariño la llamamos, fue una niña que afrontó de diferentes formas el acoso durante su infancia hasta el día de hoy, que convertida en una adolescente intenta sanar sus heridas para poder vivir.

El acoso suele ser minimizado como parte del “juego” o del “carácter fuerte” desde la niñez y la adolescencia, hoy se reconoce como una forma de violencia pero, ¿se habla lo suficiente del tema?

El acoso, aunque mayormente le decimos bullying, se refiere a cualquier tipo de maltrato físico, psicológico o verbal que ocurre de manera repetida. Disfrazado de un simple “es broma” es un patrón abusivo cuyo propósito es dañar, excluir o someter a alguien que, generalmente, no puede defenderse, para crear así una relación desigual de resistencia.

Cualquier persona que se salga de los estereotipos tradicionales se convierte en una víctima probable de acoso, por cómo se ve, su música favorita e incluso su preferencia sexual; es un patrón social e históricamente tan normalizado que solemos ver lo auténtico como defecto.

La burla viene de la inseguridad y a su vez la multiplica, la necesidad de resaltar cualquier diferencia ajena es sinónimo de un hueco profundo en la autoestima, aunque siempre es más fácil decir que “era jugando”. Detrás de cada empujón en el pasillo de la escuela o cada mensaje cruel en un grupo de WhatsApp , se esconde una historia de dolor que deja huellas profundas.

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“Sufrí acoso desde el tercer grado, era nueva en la escuela y se burlaban de mi por mi físico y mi forma de ser; por eso, a mis 16 años, no puedo hacer nada si me están mirando porque me bloqueo, inconscientemente siento que van a criticar lo que hago”, me cuenta Duda.

El acoso puede verse desde muchas aristas; físicamente en forma de empujones, puñetazos o palizas, y el robo o destrucción de pertenencias; verbalmente a través de la discriminación, la difusión de rumores falsos sobre la víctima y su exclusión o ridiculización mediante apodos e insultos en público.

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Más allá de las consecuencias físicas que pueden rozar el peligro, están las consecuencias psicológicas, las más complejas de remediar, debido a que desencadenan grietas profundas en la autoestima y la salud mental de las personas, en su sentido de pertenencia y en la confianza en sí mismas; el acoso provoca depresión, ansiedad, aislamiento, bajo rendimiento académico y laboral, trastornos del sueño, abandono de las metas de vida y es la principal causa del suicidio en la adolescencia.

“Era algo que podía pasar al lado de cualquier profesor y no harían nada al respecto, la crianza actual tiene demasiados vacíos sobre el tema, sentirse excluido e insultado de esa forma es una tortura, fui víctima del deseo de desaparecer, tengo cicatrices por dentro y por fuera que jamás se van a borrar por culpa de eso”, me confiesa.
No solo ocurre en las escuelas, primero miremos dentro de casa, donde las señales pueden ser tan sutiles que se disfrazan de ironías, bromas y críticas “constructivas” sobre nuestro físico o personalidad; ¿qué protección podemos sentir contra el acoso si en casa, el lugar que debería ser refugio, tenemos una batalla? Del hogar nace el adolescente tímido que sufre y también el rebelde que causa sufrimiento; es responsabilidad de los padres elegir, a través de la correcta comunicación, qué tipo de persona quieren formar.

Necesitamos hablar del bullying sin tabúes , menos observadores y más voces que lo denuncien sin temor. Las víctimas necesitan protección, tiene que existir comunicación abierta con padres y docentes que permita detectar estas situaciones de manera temprana.

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En Cuba todavía no tenemos las herramientas necesarias para visibilizar y contrarrestar el acoso escolar directamente, el mismo no solo contradice principios como el deber de los centros escolares de actuar ante cualquier forma de agresión, fomentar la convivencia pacífica y educar en valores, sino que atenta contra los derechos humanos básicos de las niñas, niños y adolescentes, como el derecho a la integridad personal, a la dignidad, a la educación y al desarrollo pleno de su personalidad, todos ellos protegidos por la Constitución de la República (Artículos 46, 47, 48 y 86).

Según un trabajo periodístico publicado en Cubadebate, el Código Penal prevé sanciones para conductas relacionadas con el acoso escolar, como lesiones (art. 346), amenazas (art. 377) y coacción (art. 379). Si la víctima es menor de edad o si los hechos ocurren en instituciones educativas, el tribunal puede imponer sanciones más severas. Además, si las agresiones se difunden a través de redes sociales o medios digitales, pueden constituir delitos como difamación (art. 390) o acoso cibernético, especialmente si afectan el honor, la imagen o el bienestar emocional de la víctima.

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Por otro lado, el Código de las Familias establece responsabilidades específicas para padres y cuidadores. Si se determina que han fallado en su deber de educar en valores o han permitido comportamientos violentos de sus hijos, pueden enfrentar advertencias judiciales, medidas de orientación familiar e incluso la suspensión o limitación de su responsabilidad parental (art. 136 y siguientes).

Las instituciones educativas también tienen una responsabilidad legal y administrativa; si un directivo, docente o autoridad escolar no actúa para prevenir o reportar un caso de acoso escolar, puede ser considerado negligente y enfrentar consecuencias disciplinarias. Permitir que un niño o niña viva un infierno en su escuela sin intervenir, es una negligencia ética y pedagógica, teniendo herramientas como el Reglamento Escolar vigente, que menciona en sus artículos 20: inciso c), 22: inciso a), 24: incisos i) y k), las formas más comunes de acoso y las medidas disciplinarias correspondientes.

Ponerle fin al acoso puede ser una utopía, pero se siente más cerca cuando comenzamos a dar algunos pasos. Las leyes existen, pero hay que aplicarlas. Los derechos están presentes, pero es necesario que se conozcan.
La comunidad debe despertar y reconocer esta forma de agresión, al mirar de reojo e ignorar lo que sucede porque "son cosas de muchachos” nos convertimos en cómplices. Cuando un niño o una niña deja de sonreír por miedo de ir a la escuela, toda la sociedad está fallando, y las autoridades no pueden permanecer indiferentes.

Seamos más empáticos con las luchas internas de cada ser humano. No se pide que se admiren o imiten las diferencias de los otros ,esa jamás ha sido la lucha, se exige respeto a la capacidad de tomar nuestras propias decisiones según nuestros derechos, gustos y aspiraciones sin temor a ser juzgados.


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