“El Gran Dictador” moderno

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Adenoid Hynkle peina su bigote todos los días al levantarse. Una vez arreglado, sube al estribo frente a una multitud. Lanza una serie de gritos, rabietas y sonidos guturales ininteligibles. Sus seguidores se alborotan aunque no le entienden una palabra. Se retira y se reúne en su despacho con su consejero Herring; un lamebotas que alaba todas las decisiones que toma, aunque sean estúpidas. Coge un teléfono y llama a un banquero judío muy rico pidiendo un préstamo, pues necesita dinero para poner en marcha su plan de exterminio a los judíos. Este se niega por razones obvias. Hynkle protagoniza una perreta legendaria. Echa de una patada a su consejero y se encierra en su despacho. Coge un globo terráqueo, lo hace girar y con los ojos cerrados escoge un territorio al azar. “Este país me gusta”, exclama entusiasmado.

Esta peculiar escena pertenece a un clásico del cine: “El Gran Dictador”, con guion, dirección y actuación de Charles Chaplin. De carácter humorístico y dramático, Chaplin buscaba condenar a todas las dictaduras.

Lo curioso de la obra cinematográfica es su interpretación en la actualidad. Como si pudiese predecir el futuro, muchas de las problemáticas actuales se ven reflejadas, precisamente, en su país productor. Irónico que el gobierno que buscaba condenar dichos actos sea quien los comete.

El antagonista de la obra, Adenoid Hynkle, es el presidente de la nación de Tomainia. Se empeña afanosamente en convertir a su país en un imperio con el objetivo de convertirse en un líder mundial. Su comunicación primitiva se basa en la emoción, el culto a su personalidad y gobierno y el odio a los judíos y la gente de pelo negro. Es autosuficiente, pues se cree un genio en todo y crea entre sus seguidores una devoción por él, casi religiosa. Su política representa un nacionalismo extremo y expansionista. Utiliza a las masas de las que depende como chivo expiatorio de todos los males de la república. Controla a los medios de prensa y utiliza la propaganda para bien personal. Chaplin lo representa como un pomposo bufón de payasadas peligrosas.

El antagonista real, Donald Trump, es el presidente de Estados Unidos. Se empeña ridículamente en mantener la hegemonía de su imperio, con el objetivo de colgarse la medallita de “Libertador Americano”. Su comunicación escasa y pobre se basa en repeticiones, culto a su personalidad y gobierno, y el odio irracional a inmigrantes y socialistas. Es autosuficiente, pues cree que todo cuanto hace está bien y crea en sus seguidores una devoción fanática hacia su persona. Su política representa un nacionalismo de derecha extremo e imperialista. Utiliza a la inmigración como chivo expiatorio para justificar los males causados a su república. Censura a los medios de prensa opuestos a su política y utiliza la propaganda para bien personal. Se ha representado él mismo como un bufón de ocurrencias peligrosas.

En la trama ocurren varios hechos que coinciden de forma abrumadora a los propiciados por el gobierno de Donald Trump. Ambos presidentes intentan destruir a cierto grupo de personas. Piden ayuda a esas mismas personas para lograr sus objetivos, pero lógicamente son rechazados. Hipócritamente, Estados Unidos es un país que desde su fundación se ha enriquecido con la política y la inmigración. Ante las negativas, sus acciones de represión aumentan. Trump envió prisioneros inmigrantes a la ilegal Base Naval de Guantánamo y a El Salvador. Invadió Venezuela y secuestró al presidente Nicolás Maduro debido a sus fracasos a la hora de negociar con un país socialista, viéndose necesitado de petróleo. Tanto el ficticio como el real, dan discursos halagándose. Como bienvenida al año 2026, Donald Trump lanzó un mensaje a la nación donde alababa su mandato e hizo circular el panfleto “Los 100 logros de la Administración Trump”.

El gobierno estadounidense no se cansa de acusarnos de vivir en dictadura. Pero tales semejanzas conllevan a preguntarse: ¿Quién vive realmente en dictadura, nosotros, o ellos? El dictador del largometraje encuentra su fin, cuando su propio grupo de seguidores lo confunde con un judío y lo atacan. ¿Será esta una predicción del futuro que le espera al presidente?

Donald Trump presilla la peluca a su cabeza con una grapadora todos los días al levantarse. Una vez arreglado, se ubica frente a las cámaras y se dirige a su público. Lanza una serie de palabras en inglés que constituyen gritos y rabietas. Sus seguidores brincan de algarabía aunque no le entiendan una palabra. Se retira y se reúne en la oficina oval con su consejero “Narco” Rubio; un lamebotas que celebra todas las decisiones que toma por estúpidas que sean. Coge un teléfono y llama a Venezuela pidiendo petróleo, pues lo necesita para poner en marcha su plan de conquista. Venezuela se niega, defendiendo la paz. Trump protagoniza una perreta legendaria. Echa de una patada a su consejero y se encierra en su oficina. Coge un globo terráqueo, lo hace girar y con los ojos cerrados escoge un territorio al azar. “Este país lo voy a conquistar” exclama entusiasmado.


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