¡Deme Venezuela en qué servirla!
- Por Rodobaldo Martínez Pérez
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José Luis tiene 28 años y lleva 10 en la agricultura. Trabajó como asalariado para muchos campesinos de la zona, por treinta pesos primero, luego por 50, y así por el estilo. La inflación subía y con ella el salario. Sin embargo, el trabajo siempre era el mismo: hacer que la tierra de otros produjera. “Un día desperté decidido a sacarle provecho al pedazo de tierra pegado a la casa. Estaba lleno de maleza y le habían nacido algunas matas de marabú. Costó esfuerzo, días de trabajo intenso. Pero en pocos meses ya lo tenía sembrado. Desde entonces lo hago producir. No he trabajado más para otros, pues hago mis propias cosechas, que si bien no son para hacerse rico, me permiten una economía estable”.
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Poner un plato en la mesa parece una tarea de superhéroes. Soplar hasta que el carbón se encienda, colocar la olla tiznada sobre la hornilla, estirar el salario para que se adentre lo más posible en el mes; luego navegar a la deriva entre lo que aparezca y lo que se pueda conseguir con algún trabajo extra.