Un país bañado en sangre

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violencia eeuu 01Imagen elaborada con ayuda de IA.

Cuando el escritor estadounidense Paul Auster publicó Un país bañado en sangre, en 2023, pocos imaginaron que su análisis sobre la violencia interna en su país iluminaría con tanta crudeza la política exterior contemporánea. Auster, en un pasaje revelador, describe cómo "los norteamericanos tienen veinticinco veces más posibilidades de recibir un tiro que sus semejantes en otros países ricos". Esta estadística, que podría parecer un problema doméstico, en realidad refleja una mentalidad que se remonta a los Padres Fundadores y que hoy dirige la mirada hacia nuevos horizontes.

Una nación forjada con plomo y sangre

La tesis central de Auster es clara: Estados Unidos "nunca ha abordado estos asuntos" —refiriéndose al genocidio indígena y la esclavitud—, dos crímenes fundacionales que dejaron una huella indeleble en la psique nacional. En el periodo colonial, que Auster describe como "180 años de conflicto armado", la posesión de armas no era solo un derecho sino "una obligación, un deber cívico". Todos los hombres sanos mayores de 16 años debían servir en milicias y proveerse su propio mosquete para desplazar a los habitantes originales de las tierras que codiciaban.

Nadie se asombre de la arremetida moderna de Trump y el ICE contra los migrantes, pues esto no es más que la extensión de un repudio inaugurado en las piedras fundaciones del imperio. Thomas Jefferson visualizaba cómo "conduciremos a los salvajes —junto con las bestias de los bosques— hacia las montañas rocosas", buscando un país "libre de mancha o mezcla".

Esta mentalidad, justificada como el "camino hacia la seguridad", estableció un patrón que repetiría durante siglos: identificar una amenaza (real o imaginada), movilizar recursos militares y reconfigurar territorios a su conveniencia.

De la frontera doméstica a las fronteras globales

El paralelismo entre las prácticas fundacionales y la política exterior contemporánea es evidente al examinar casos recientes:

Patrón de justificación: Tanto en la conquista de Florida bajo Andrew Jackson como en la invasión de Irak en 2003, se esgrimieron pretextos cuestionables para acciones militares.

Doctrina de seguridad: La idea de que la seguridad requiere expansión, formulada por John Quincy Adams en el siglo XIX, resurge en la Doctrina Bush del siglo XXI.

Intervencionismo selectivo: Desde el golpe en Irán (1953) hasta el apoyo inicial a los talibanes en Afganistán, EE.UU. ha alterado repetidamente el destino de naciones soberanas.

En 1953, EE.UU. y Reino Unido orquestaron el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mossadeq, elegido democráticamente, para proteger sus intereses petroleros. Como señala el analista Fawaz Gerges, "los iraníes nunca han perdonado a Estados Unidos por derrocar a un primer ministro legítimo". Este evento, reconocido décadas después por la CIA, sigue influyendo en las tensas relaciones actuales entre ambos países.

Un patrón histórico

Las tensiones en Medio Oriente durante 2024 no son anomalías, sino manifestaciones contemporáneas de este patrón histórico. Los ataques directos entre Israel e Irán, y la expansión del conflicto a Líbano, ocurren en un contexto de décadas de intervención estadounidense en la región. Desde el apoyo a monarquías autoritarias hasta operaciones encubiertas, la huella de EE.UU. ha creado un terreno fértil para conflictos que ahora adquieren dimensiones regionales.

La cifra de aproximadamente 40 mil muertes anuales por armas de fuego en EE.UU. que Auster documenta encuentra un eco escalofriante en los aproximadamente 45 mil palestinos muertos en Gaza desde octubre de 2023. Aunque contextos diferentes, ambas estadísticas reflejan una normalización de la violencia como mecanismo para resolver conflictos o mantener control.

La psicología de la conexión violenta

Auster menciona que fue parte de una generación que nació entre películas del oeste y cowboys. Como a menudo ocurre, los niños imitaban los “héroes” que salían en ellas, en unas historias en las que "todos llevaban un arma, tanto los buenos como los malos, pero solo el arma del protagonista era un instrumento de honor y justicia". Así, el discurso de que "los buenos" expulsaban a tiros a "los malos" del territorio que querían ocupar era muy bien aceptado por todos.

Las escenas se extienden más allá de la pantalla y, metafóricamente, describen la política exterior de los EE.UU. Las acciones militares para "liberar territorios" han marcado la historia de la codicia imperial. ¡Pero claro, todo en nombre de la libertad y el bien! Como Auster señala acertadamente, "la paz sólo se conseguirá cuando ambos bandos la quieran", algo que rara vez ocurre cuando una parte cree tener la solución definitiva y aplica la fuerza.

¿Un examen de conciencia?

El desafío que Auster plantea para la sociedad estadounidense —"realizar un análisis honesto y doloroso de quiénes somos y qué queremos ser como pueblo"— resulta igualmente aplicable a su papel en el mundo. Sin embargo, los incentivos políticos y económicos mantienen el statu quo.

Círculo vicioso:

1. Identificación de amenaza externa
2. Movilización militar o intervención
3. Inestabilidad resultante
4. Nueva amenaza emergente
5. Justificación para mayor presencia/intervención

Este ciclo perpetúa lo que Auster observa internamente: "nada cambia jamás". Tras cada tragedia —ya sea un tiroteo masivo o una intervención fallida— hay un breve momento de conmoción, seguido de rápida normalización y continuación de las mismas políticas.

Del espejo doméstico al reflejo global

El ensayo de Auster, ilustrado con las fotografías de Spencer Ostrander en escenarios de tiroteos masivos, funciona como un espejo dual: refleja tanto la violencia interna estadounidense como su proyección exterior. Los "dos crímenes" fundacionales que menciona —el genocidio indígena y la esclavitud— establecieron un modelo donde el poder se ejerce mediante la dominación más que mediante la cooperación.

Hoy, cuando se cuestiona la injerencia estadounidense en países soberanos, se está juzgando la última iteración de un patrón que comenzó cuando las milicias coloniales avanzaban hacia el oeste. La diferencia es de escala, no de naturaleza. Como concluye Auster con pesimismo, hasta que no haya un verdadero examen de conciencia sobre esta historia bañada en sangre, el ciclo continuará, tanto dentro como fuera de las fronteras


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