Madre

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A las madres dedicamos hoy la columna, a esos seres especiales en nuestras vidas, a las cuales, una simple frase, las resume: Quien te dio la existencia, de comer, te cuidó, sufrió cuando no te salieron bien las cosas, aquella que, siempre, estuvo a tu lado cuando te enfermabas, la incondicional en las buenas y las malas.

Hay una expresión que la engloba: Una mujer con su fruto iban a cruzar un río y ella le dice: “sujétate de mi mano”, pero el muchacho responde “mejor tu coges la mía”, cuál es la diferencia replica ella. “Si algo pasa, puede que yo me suelte de la tuya, pero jamás tu soltarías la mía”.

Los hijos creían que a su progenitora le gustaba comer las patas o las nucas del pollo, porque los muslos, pechugas y mejores postas eran para ellos; cuantas noches sin dormir, solo por el desvelo de su nené y el instinto de despojarse de lo mejor, para dárselo a sus descendientes, son otros rasgos característicos de una buena antecesora.

Si me pidieran cuatro valores que la hacen únicas, empezaría por la comprensión: ese sentimiento especial, portador de un gran entendimiento y dueño de palabras calmantes, caricias sanadoras y besos reconfortantes. Nadie conoce tanto a sus descendientes como su propia madre; ella tiene la capacidad de entender los distintos factores influyentes en su estado de ánimo y comportamiento.

La responsabilidad es algo intrínseco en ellas, quienes velan por el bienestar de su prole y de su hogar, asumen su rol con entereza, cumplen con sus deberes y reconocen la gran responsabilidad asignada al consignarle la crianza de unos seres humanos para hacer de ellos, maravillosas criaturas.

Paciencia es otro punto ante las situaciones arduas e ineludibles de la existencia, los conflictos naturales presentados en el núcleo familiar, las incansables enseñanzas para hacer de sus hijos personas íntegras y valerosas.

El amor a los descendientes es particular, perpetuo, transparente, carente de egoísmo y de ambición personal, por este desafía, hasta sus propias capacidades y realiza actos verdaderamente increíbles, para proteger o beneficiar a los hijos.

La dedicación la caracterizan y las hacen bellas. Es tan lindo sentir sus manos sobre nuestras cabezas, los mimos y los consejos, porque amor no significa sacrificio, sino donación, no significa rencor, sino perdón, no significa egoísmo, sino tolerancia.

Pero, recuérdese, en este mundo diverso hay, lamentablemente, hijos e “hijos” como madres y “madres”.

Reflexionemos con estas frases: “Una madre nunca deja de parir a su hijo, siente dolor y temor por lo que pueda pasarle, aunque ya su bebé peine canas”.

De la escritora estadounidense Toni Morrinson: Crecer no significa nada para una madre. Un niño es un niño. Se hacen más grandes, más viejos, pero para ellas siguen siendo sus niños.
 Hilda Pupo Salazar
Author: Hilda Pupo Salazar
Periodista especializada en temas de educación y valores. Autora de las columnas Página 8 y Trincheras de ideas.
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