Sin barbaries y cobardías

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 El insurrecto en su ley
Peleando debe morir,
Pues no se sabrá rendir
Aunque venga el mismo Rey.
El Aniversario 150 del inicio de las Guerras por la Independencia de Cuba tiene mucha tela por dónde cortar. Es la misma gesta que triunfó el Primero de Enero de 1959. Pero, aunque los 10 de Octubre celebramos el Alzamiento de La Demajagua como comienzo de nuestra causa, falta profundizar en quiénes fueron los mambises, seres humanos que dejaron su cotidianidad y partieron a la manigua.
 
Admira que Carlos Manuel de Céspedes o Ignacio Agramonte abandonaran sus cómodas realidades para vivir a caballo, a pie, lloviznados o en hamacas. El mambisado enfrentó a una fuerza muy superior en logística y efectivos, la cual gastó hasta la última peseta, en pos de conservar su colonia “más fiel” y próspera. España movilizó un contingente enorme, porque veía en los insurrectos una amenaza real, emanada del multirracial y multiclasista Ejército Libertador.
 
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Negros y blancos, hacendados y campesinos, marcharon a aquellas contiendas, donde enfermedades, inclemencias del tiempo y hambre asolaban. Los independentistas carecían de ropas y armas, ya que las expediciones tuvieron mucha inestabilidad, y obtener fusiles consistía en arrebatárselos al enemigo. Comían viandas y carne en menor medida, les faltaban el arroz y la sal, difíciles de conseguir en tiempos bélicos.
 
Guateques y lidias de gallos los entretenían, y hasta bebían un agua ardiente endulzada con miel y limón, llamada canchánchara. Era el machete la expresión genuina de cómo un instrumento de trabajo, devenido valioso armamento, causaba terror en las filas enemigas, donde la profundidad de las heridas infringidas por este fue motivo incluso de estudio.
 
Hubo un contingente de retaguardia en hospitales de campaña y prefecturas que, con limitadas posibilidades materiales, apelaba a plantas medicinales, sembraba en conucos o reparaba monturas y calzados. Hasta el cañón de tiras de cuero fue un hecho, llegado a nuestro conocimiento por los dibujos animados de Juan Padrón y su magistral Elpidio Valdés, la mejor clase de Historia, en modo recreativo, que hemos tenido los cubanos desde las primeras edades.
 
Las mujeres mambisas, que pelearon–eso está demostrado–, le rogaban a la Virgen de la Caridad del Cobre y prendían velas para que velara por sus hombres en el campo de batalla, donde se libraron combates antológicos, comparados, en algunos casos, con los que acontecieron en la Sudamérica del siglo XIX o en la Europa de las invasiones napoleónicas. La Patrona de Cuba propició misas ofrecidas a ella por aquellos que se oponían al coloniaje.
El ejército pobre y harapiento (sin barbaries y cobardías), como lo calificó Calixto García en su Carta de Protesta al General Shafter, fue quien sacó la cara por los norteamericanos, cuando estos flaquearon ante la resistencia española en los alrededores de Santiago de Cuba. Muchos se preguntan cómo fue posible una Invasión a Occidente que recorrió más de mil kilómetros y dejó pasmados a los generales experimentados, del Imperio en decadencia.
 
Ver cuán fortificadas estaban las trochas coloniales y la facilidad con que los mambises las cruzaban, da la medida del arrojo de estos rebeldes sin ninguna formación militar. La Isla supo sacar fuerzas y presionar a la intransigente metrópoli, a pesar de que la potencia cercana –EE.UU. –, posibilitada de tenderle una ayuda inestimable, reconoció su beligerancia en los últimos suspiros de la centuria que corría, tras darse cuenta de la inminencia del desastre ibérico.
 
De aquella tropa, nucleada por un movilizador José Martí en el ‘95, ya no hay sobrevivientes, pero continúa el “¡Viva Cuba libre!”.
 
Fuente: Radiografía del Ejército Libertador 1895-1898, de Francisco Pérez Guzmán

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