Erotismo "urbano"

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La canícula convierte en horno microwave los pocos metros cúbicos de la guagua local. Uno se repliega sobre sí mismo, se encoge para evitar el sudoroso brazo del vecino, la sudorosa axila del prójimo, la sudorosa faja de un jeans “pelviano” de la que brotan panza y trasero dos tallas mayores; el sudoroso escote de la pasajera, que nos hace testigos de sus más profundos aromas; recuerdan la historia infantil donde comer ciertos alimentos hace crecer o achicarse.

El pasajero, alcanzada su máxima capacidad de repliegue y encogimiento, advierte, no obstante, ciertos nudillos hambrientos próximos a su entrepierna. Recula para evadir el incómodo roce no solicitado. Alza los ojos y ve, parcialmente aliviado, que los roces provienen de la amorosa parejita que se fricciona, oscilante en medio del pasillo congestionado de la “pe uno”, otrora diez.

Recuerda el viajante aquel pegajoso estribillo que conminaba al oyente a permitir que “Roberto le pase la mano”. Vienen a su mente las esdrújulas: erótico, sicalíptico, orgiástico… La pareja, supuestamente ignorante de las condiciones objetivas y subjetivas del transporte urbano, sigue con la gozadera. Ensamblados en una bestia mitológica de dos cabezas. Y la guagua, como el agua en la batea…

Culterano, el pasajero recuerda que en la vieja Bizancio se discutía cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler, de ahí que se llame discusión bizantina a aquella que versa sobre insignificancias. Él se cuestiona sobre cuántos pasajeros caben por metro cúbico de ómnibus urbano. Planea patentar sistemas de embalaje horizontal para aprovecharlo de manera óptima.

La pareja interrumpe continuamente sus lucubraciones. Las palpaciones masculinas emulan los procedimientos ginecológicos. Ella, casi en trance, responde con manoseos que, paradójicamente, no interesan la vanguardia sino la “retaguardia” de su amoroso partenaire. Bueno, para gustos los colores…, se dice el pasajero y, pudorosamente cívico, hurta la ingle, pa’ evitar, pa’ no complicarse… Porque con este calor cualquiera se “volatiliza”… y explota.

En un acto de contorsionismo en medio de la compacta masa humana, húrtase, se quiebra, gira… y se pone de lado, violando las leyes de la física. Continúa percibiendo el hormigueo. Indudablemente, la parejita sigue luchando su espacio vital o quizás insinúa un menage à trois. Es entonces cuando el pasajero se percata de que el animal mitológico de cuatro piernas, cuatro brazos y, sobre todo, veinte dedos inquietos explora “científicamente” el perímetro, en pos de abultados bolsillos, apetitosas carteras, suculentas jabas… Lo comprende todo: la exhibición lúbrica es solo una cortina de humo para encubrir aquello que la ley de procedimiento penal llama hurto en la modalidad de carterismo.

El pasajero entra en pánico. Mete el celular en la mochila, las gafas en la mochila; vacía los bolsillos para deslizar su contenido completo en la mochila, que aprieta contra su pecho con pavor. Pide permiso para deslizarse, casi por ósmosis, hasta la puerta trasera, por la que baja en la próxima parada.

Contempla, desde el pavimento calcinante, el ómnibus donde la pareja, como una moderna diosa Kali, serpentea con sus cuatro brazos. Piensa en las bondades salutíferas de caminar, en el alborozo de los turistas con el cubano sol, en que los termómetros se engañan al marcar 36 grados centígrados… y echa a andar.
 

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Comentarios  

# Dasmilia 29-08-2018 16:45
Gracias Rubén, he reído a mandíbula batiente.
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