De Buena Fe

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Las canciones de Buena Fe marcan cada centímetro de mi madurez. Llegaron justo cuando los disparos de Vargas Vila ya no hacían blanco, y ninguna “querida y estimada” suspiraba al leer: “mi amor no tienen otra imagen que la tuya…”. Entonces, bastó una guitarra y una frase: “Yo vengativo te alerto, tengo el deber, porque te estoy amando y fue sin querer”.

Crecí con cada uno de sus discos. En el 2001 pidieron entrar en mi vida, y desde entonces guardo un arsenal de razones para no mandarlos nunca a la Pi… 3,14. En sus letras encontré argumentos, filosofías de vida, intimidad, compromiso y extremismos nobles.

Mi generación lleva la marca en el hombro izquierdo de esa vacuna antidepresiva que es Buena Fe. Aprendimos a leer a nuestro país desde su Catalejo, caminándole a la izquierda por la izquierda, sin miedos, y conscientes de que camarón que se duerme… se lo comen los turistas.

Los intenté ver por primera vez en un concierto que realizaron en el Parque Calixto García. No recuerdo la fecha, pero sí que el parque parecía el “Baile en el Moulin de la Galette”, de Pierre-Auguste Renoir; o como bien definiría el “reparterismo” más clásico: “Aquello estaba prendío”. A penas pude ver el pulóver de Israel. Similar sucedió tiempo después en la Plaza de la Revolución.

Nunca perdí la Buena Fe de tenerlos cerca algún día. Y sucedió. Tuve la suerte de estar al lado de su habitación cuando estuve por Rusia, y de a poco la distancia se convirtió en cercanía.

Compartí con Israel Rojas en varios espacios. Hasta un "Que bolá" nos dijimos, y lo guardé como uno de los mejores tesoros de esa experiencia. Jamás le pregunté nada, periodísticamente hablando. Preferí dejarlo ser, vestido de esas canciones que delimitan el mapa musical de mi existencia.

Fue un poco surrealista disfrutarlo a capella, sin una tarima de por medio. Solo puedo decir que es la imagen y semejanza de lo que escribe. Es lo que ves. Camina como un corazonero, habla con transparencia de cristal y es un guajiro guantanamero “pura raza”, de los que coges por el cuello y no chillan.

Lo vuelvo a ver en Holguín en estas Romerías de Mayo, y lo saludo desde lejos, con ese temor que tenemos los guajiros de "no pasar pena". Las circunstancias impiden el encuentro y luego se hace la Fe. Viene a donde estoy, porque yo sigo en el trance estático de "no pasar pena", me abraza y para colmo coge su teléfono y se hace una foto conmigo. Alguien cercano me susurra: “Tú sí suenas”, y yo ni corto ni perezoso le respondo: “Ojalá yo sonara como Buena Fe”.
Luis Mario Rodríguez Suñol
Author: Luis Mario Rodríguez Suñol
Licenciado en Periodismo, padre precoz y guevariano de pura cepa.
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