Seguimos de verde olivo

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“La Revolución cubana sigue de verde olivo, dispuesta a todos los combates. El primero, para vencer nuestras propias indisciplinas, errores e imperfecciones. Y al mismo tiempo para avanzar, ‘sin prisa pero sin pausa’, sabia advertencia del compañero Raúl, hacia el horizonte, hacia la prosperidad…”
 
Quedó muy claro en el discurso de nuestro presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel, en la Sesión Constitutiva de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 19 de abril: Las líneas iniciales son una continuidad de las palabras pronunciadas por el Comandante en Jefe, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, a inicios de este siglo.
 
En estos momentos, el peor enemigo de la Revolución es endógeno, aun cuando todavía es una realidad la amenaza del Imperio más poderoso y las coyunturas internacionales se enrarecen.
 
Ahí están la corrupción, la evasión fiscal, los ejemplos de vagancia, el consumo de drogas (casi imperceptible), el asedio al turismo muchas veces traducido en prostitución (tolerado incluso en algunos entornos familiares), las ilegalidades, el delito o las desigualdades derivadas de un Período Especial en el cual “nos tiraron a matar”.
 
Aunque las imperfecciones son opacadas por una mortalidad infantil bajísima, un nulo consentimiento hacia los flagelos antes mencionados, educación gratuita y universal, vacunación desde que abres los ojos, tierras para los campesinos, oportunidades de estudio que nadie soñó antes de 1959, derecho a practicar deportes o cultivarse artísticamente, alfabetización general, inclusión del negro y la mujer, seguridad y estabilidad, factores estos últimos que echamos a ver muy poco –por lo cotidiano–; sin embargo, extrañados en otras latitudes.
 
Díaz-Canel reiteró la frase de Raúl, en cuyo contenido se aprecia el ritmo de actualización del modelo económico y social, mas también la cautela de evitar improvisaciones, y terapias de choque, las cuales se llevarían consigo a los más desfavorecidos y frágiles, algo no inherente a los principios de aquellos hermanos de sangre y causa, que dejaron sus cómodas posiciones, para subir a un yate y pelear contra la Dictadura.
 
Habló de prosperidad, jamás como sinónimo de opulencia, pero sí de calidad de vida, de manera sostenible, racional y eficaz. Es buscar la forma de que nuestras fuerzas productivas le proporcionen al país las riquezas necesarias, en función de sostenerse en un contexto exterior variable.
 
Volviendo al más “chiquito” de los Castro Ruz, brillaron sus lecciones de Historia el 19 de abril, válidas si se tiene en cuenta que más del 75 por ciento del nuevo Consejo de Estado quedó integrado por miembros nacidos luego del Triunfo de la Revolución y abundan rostros jóvenes en el Parlamento.
 
Enfatizó en cómo las personas de tez negra eran excluidas en la “Cuba del ayer” y los cubanos se dividían en clubes, según el color de la piel. Refrescó la memoria de quienes se olvidan de las puertas que le cerraron al Ejército Libertador en Santiago de Cuba, los mismos intervencionistas que ahora quieren reeditar la Doctrina Monroe, mantuvieron la Enmienda Platt hasta 1933 o nos dejaron fuera del Palacio de Versalles en las negociaciones hispano-norteamericanas.
 
Raúl y Díaz-Canel, en buen cubano, “dispararon duro”, como para aclarar que aquí nadie izará otra bandera, que no sea la de la Estrella Solitaria.

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