Pesadilla

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Nadie dudaría en afirmar la importancia que tiene para el bienestar general de cualquier persona dormir un sueño profundo. No pocas investigaciones apuntan sobre las ventajas que aporta al organismo ese descanso de siete a ocho horas.
 
Se ha llegado a firmar que el reposo diario es esencial y beneficioso, porque durante ese lapso se “regeneran y oxigenan las células, cuida el corazón y ayuda a mantener un peso adecuado”.
 
Hace poco leí que la doctora Chiara Cirelli y sus colegas de la Universidad de Wisconsin, descubrieron que “el organismo produce mielina al dormir, especialmente durante la fase REM (durante la cual soñamos). Este es un material aislante que lubrica y protege los circuitos del cerebro. Cuando se evita el sueño, la mielina no se genera correctamente y las células sufren de estrés y mueren”.
 
Tal estudio, sí que me alarmó grandemente. Pues muchos estamos al “quedarnos” sin células y no, precisamente, por nuestra culpa, sino por cuestiones ajenas. Y, aunque en lo personal, no acostumbro o quiero estar en la cama ocho horas, por lo menos sí necesito, me gusta levantarme sosegada pasadas las seis y media de la mañana-claro, si no hay trabajo temprano-, es decir despertar por mi propia voluntad y no a los gritos desmedidos a los que nos están imponiendo algunos (aumentan incontrolablemente sus protagonistas impunemente) desde las 5:00 am.
 
Chillidos, que en la medida que avanza el día, se van haciendo más reiterativos y diversos, de acuerdo con los intereses y distintos motivos de la gestión de los culpables, pero lo más triste es que ni en las noches nos salvamos de esa “invasión” ni de otras actividades sonoras perturbadoras de la tranquilidad vecinal.
 
¿Quién no ha saltado abruptamente de la cama ante un pregón desaforado? Sin dudas, los que inician el día a día son los revendedores de pan. Ya acuñados como los “Despertadores de harina”, que vociferan a las cinco de la mañana como si fueran las tres de la tarde: ¡Pannnnnn suave, Pannnnnnnn de corteza dura!!! Y no es uno o dos, son 10, 15, 20 y más anunciando por una y otra calle, cada cual a su manera, para que se les oiga y se les compre. No hay límite, no hay quién frene este abuso.
 
Casi junto a estos llegan los “lecheros”. Bien reconozco que a muchos les hace falta tomarse una jarrita de café con leche en la mañana, pero a qué costo. Además del escándalo, algunos soportan pagar cinco y seis pesos por un litro de un producto pasadito por agua.
 
Ya a esa hora es difícil que alguien haya quedado en cama y menos que duerma. Es momento casi de salir para la escuela o el trabajo con los problemas que acarrea la falta de un sueño reparador: sensación de cansancio constante, problemas gástricos, falta de energía, mal humor e irritabilidad hasta hipersensibilidad a los estímulos de la luz y reducción de la concentración.
 
Tampoco se salvan de tanta indolencia los que a esa hora llegan del trabajo (pasadas las ocho de la mañana), pues sus labores son nocturnas. Para ellos están los vendedores de todo. La primacía la llevan las caravanas de carretoneros, que hoy pululan en los barrios con sus gritos de “Hay plátano, fongo, malanga, pimiento, tomate, ajo, cebolla, hasta papa…”, por cierto, ninguno con los precios fijados para la comercialización de esos productos y mucho menos permiso para la actividad realizada.
 
Así el día se nos va “llenando” de ofertas y compras. Sí, porque si bien algunos proponen yogur de leche, café, vinagre, cloro, galletas de sal y dulces; gelatina, leche condensada, refresco instantáneo, chocolatín palillos de tender, tubo de lámparas fluorescentes, breakers, manguera, hasta jicoteítas, otros solicitan: “cabello y se paga bien”, pedacitos de oro y cajas de reloj amarilla; frascos vacíos de perfume, cobre, aluminio, botellas de ron y cerveza, pomos plásticos de dos litros y etcétera.
 
A esa diversidad de ruidos que no da tregua en ninguno de nuestros repartos, está el comportamiento de determinados vecinos, cuyos equipos de audio amplifican la música de su preferencia a cualquier hora y día. Y los hay también que se hacen notar desde que abren un ojo ellos y sus animales de corral. No conversan escandalizan sobre los mínimos detalles de su familia sin detenerse si el al lado o el del frente a su casa.
No caben dudas, no dormimos y menos aún soñamos, vivimos una pesadilla.

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Comentarios  

# Maribel F.S 07-03-2018 10:24
deberíamos, por lo menos, hacer una campaña pública para que los revendedores de pan y otros productos y artículos comiencen sus faenas pasadas las 7 de la mañana y los fines de semana más tarde, porque al menos por mi casa, en Villa Nueva, ya a las 5 de la mañana no se puede conciliar el sueño por su estrepitoso pregonar. A las 10 u 11 de la noche todavía andan vociferando por las calles y estropeando el sueño de las personas. Debería haber algún decreto que regulara ese molesto proceder.
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# Adalis Sánchez 07-03-2018 14:37
Ay amiga yo sufro casi todos esos males que mencionas y otros que ahora te cuento. Tengo vecinos con animales madrugadores, que además chillan como
poseidos por los golpes que les propinan y como si fuera poco me llenan lacasa de humo con los fogones de leña donde le preparan la comida a sus animales.
Tengo otro vecino. Este quema la basura en el patio y todo ese mal olor se cuela por mis ventanas. Cuando llego del trabajo mi casa huele infernal y por supuesto tohallas, y ropas tienen ese mismo olor. Ya les he reclamado pero a los días la situación se repìte.
Sí un día escuchan de una loca que asesino a sus vecinos, no lo duden, fui yo.
Ah, y les aclaro, por si existieran dudas, que no vivo en zona rural.
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