El caballero victoriano de la justicia

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entrev grau 01Foto: De la autora

Parece salido de una novela del siglo XIX. Bigote distintivo y prominente, ademanes pausados, una forma de habitar el mundo que evoca a un personaje de la época victoriana. Tan sui generis como Nietzsche o Dalí, pero con un arte que le es innato: el de la justicia.

Junio es solo un pretexto para sentamos con él y que, entre recuerdos y lecciones, nos cuente cómo se forja medio siglo de entrega.

Usted quería ser psicólogo, no fiscal. ¿Cómo es que la vida lo llevó por este camino?

“Desde muchacho empecé a leer libros de psicología y a conversar con personas que tenían algún problema. Me convertí en un pseudo psicólogo. Me gustó la idea de serlo. Se estudiaba en la Universidad de Santa Clara, pero llegó una sola plaza y tuve que competir con Patricia Arés, hoy un gurú de la psicología en Cuba. A ella le dieron la plaza y yo me quedé sin estudiar esa especialidad. Creí que si no era eso no debía estudiar otra cosa. Mi madre jugó un papel fundamental: me llevó para La Habana y caí en la carrera de ciencia jurídica. El Derecho me llegó por la necesidad de encontrar un estudio universitario”.

Así fue como Jorge Francisco Grau Rogena, el aspirante a leer almas, terminó leyendo leyes. Y con 21 años inició su vida laboral en la fiscalía. Un muchacho, un bigote incipiente, y un sentido de la justicia que ya no lo abandonaría.

“Aun estudiando, pretendía quedarme como profesor de filosofía en La Habana. Pero me llegó, por el servicio social, la asignación de fiscal en Mayarí. Dos años, falto de experiencia, tuve que enfrentarme a la profesión prácticamente solo. Culminé, me enviaron a estudiar a la Unión Soviética. Terminé en 1978 y volví como fiscal jefe del municipio de Holguín”.

Ahí comenzaba a forjarse la leyenda. El fiscal Grau, especialista en Derecho Civil y Máster en problemas actuales de las ciencias jurídicas, empezaba a ser el profesor de todos. Porque la docencia, dice, le ha acompañado siempre.

“Cuando llego a Mayarí, los compañeros del Minint comenzaron a estudiar Derecho. Yo tuve que pasar años colaborando y preparando juristas. Comienza la Universidad de Holguín y me inicio como profesor. También en las sedes municipales y en la escuela de trabajadores sociales. Todavía persisto en la actividad docente. Soy el presidente desde hace más de una década del capítulo de Derecho Constitucional, en la Unión de Juristas de Cuba”.

Es la voz de la experiencia, del conocimiento, de la constancia, de la historia. Quien lo conoce lo sabe: comunicador de excelencia. Tiene el don de la palabra, de la lectura, de la crítica y de la propuesta. Estos matices lo han llevado a diferentes medios de comunicación, como mensajero didáctico para elevar la cultura jurídica ciudadana. “En radio empecé en Dimensión 1110. Me gusta ayudar a la gente a conocer el derecho. En televisión estuve 10 años En Primer Plano”.

entrev grau 02Grau en el espacio televisivo A Buen Tiempo.

Cumplió una misión internacionalista como fiscal en medio de la guerra, en Angola, ¿cómo lo recuerda?

“Me preparé con fiscales militares. Fui a Angola y me encontré un mundo completamente distinto. Nuestra función era tratar de llevar la disciplina a las tropas, que el soldado se comportara como debía. Fue una experiencia maravillosa, porque comprendes la importancia de cumplir la misión internacionalista, de sentirte cubano, de ayudar a tus propios compatriotas y también a ese pueblo”.

Pero usted no solo es ley. También es teatro, cine, radio, televisión... ¿Cómo nace ese artista?

“Me ha gustado desde antes de la universidad. Participaba en grupos de teatro. Logré incluirme en el casting de la película Mella, en 1973. Pasé cursos con profesores extranjeros. En Holguín fui presidente de la sección de artes escénicas de la brigada Hermanos Saíz. Mi propio trabajo como fiscal me fue sacando de la escena, pero sin dejar de participar”.

¿Qué es lo que más le gusta de su profesión?

“Atender los problemas legales de las personas, orientarlas. Soy la cara de la fiscalía para quienes van a plantear inquietudes, conflictos, quejas de instituciones o de la propia fiscalía. Proteger el derecho del ciudadano ha sido gran parte de mi vida”.

Cuénteme de esa imagen de infancia: el niño Grau cortando la cinta inaugural de la biblioteca pública de Holguín, en 1959.

“Era la primera biblioteca pública en Holguín después del triunfo de la Revolución. Fue muy simbólico, porque me llevó al mundo de la lectura, de los libros, y de escribir después. Mi madre fue directora de la biblioteca luego. Era como una continuidad de aquella cinta que corté”.

Quizá por eso, décadas después, Grau sigue siendo un hombre rodeado de libros, una cátedra viva.

Ha recibido muchos reconocimientos: el escudo de la provincia, personalidad destacada de la ciudad, participó en congresos de la Unión Nacional de Juristas de Cuba (UNJC) y hace poco el sello '50 años de servicio en la fiscalía'. ¿Qué significan para usted?

“Uno no trabaja por buscar reconocimientos. Estos surgen después, porque existen y son una tradición. No fueron una meta, pero me siento satisfecho de haberlos recibido”.

Poseedor de un gran sentido de la justicia y de pertenencia con el órgano. Para él, la fiscalía no es un trabajo. Es un hogar. Una causa. Medio siglo. Un antes, un durante y un después. Porque la vida de Grau Rogena no se entiende sin la fiscalía, ni la fiscalía sin él.

De los difíciles, ¿cuál es el caso que más le ha marcado?

“Exoneré a una persona condenada a 15 años por asesinato que llevaba cinco años presa, afirmando que era inocente. También demostré la inocencia de otro condenado por estafa, cuando la verdadera estafadora era la denunciante. Lamento que ese señor por el que luché murió antes de ser absuelto en el proceso de revisión penal. Hago las cosas con deseo de hacerlas bien, de ayudar a las personas, cumplir con el deber que la vida me puso como objetivo”.

Grau ha visto de la ley, su peso y su fragilidad. La justicia, para él, no es un concepto abstracto. Es carne y hueso. Es tiempo. Es, a veces, llegar tarde. Sigue enseñando. Sigue como ese caballero victoriano que un día soñó con ser psicólogo y terminó siendo, quizá, algo más profundo: un fiscal con alma de artista, con medio siglo de entrega en cada huella.


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