Memoria en color grana
- Por Yenny Torres
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Foto: De la autora
Un pañuelo rojo sirve como túnel al recuerdo, una especie de máquina del tiempo, transformada por el tiempo mismo. Es el hilo de Ariadna para adentrarnos en las memorias. Así llegamos a un lapso de dos años exactos, donde la diferencia solo la pueden marcar las horas: 27 de agosto, de 1982 a 1984. Por arte del destino ahí estaba el número 27, que en una chapilla lo identificaría vivo o muerto.
*EXPEDIENTE T.E.J.I.D.O
Coordenada #1: 650 nanómetros (nm) Longitud de onda emocional. Progresión espectral, el tiempo medido por el color. La tela es un turbante*
“Llegué el día antes de mi cumpleaños, 20 años. La primera impresión en Luanda, ver a las mujeres cocinando en la cabeza. Era terrible. Nos llevaron para Lubango y luego para el Valle de Palanca. Allí me hicieron sargento. El jefe de compañía me vio cara de malo -sonríe-. Entonces mis compañeros, como jarana, me decían cabo, que es el menor grado”.
Fue así como Osvaldo Mario Torres González perdió el nombre. En Angola, durante la guerra, todos lo conocerían como el Cabo.
“Mi primo hermano, quien combatió en Cuito Cuanavale, estaba allá como piloto. Un día fue a verme y no me encontró. La segunda vez alguien le dijo: ʻPregunta por el Cabo, a ver si apareceʼ. Fue como logró hallarme.
“Yo era de la compañía de retaguardia. A veces nos mandaban a comprar reses y a veces a cazar, porque no había dinero. Si no se podía con los toros, traíamos golungo de la selva para el batallón.
“También hacíamos guardia en los puentes a los trenes que iban cargados de mercancía, porque la Unita ponía minas para que explotaran cuando pasara el tren. Iban cubanos custodiándolos arriba y nosotros en el trayecto”.
*Coordenada #2: 700 nm. El pañuelo es la falda de una niña.
“A Pedro Artiaga, de La Habana lo recuerdo como si lo tuviera en frente ahora, le decían el gordo, porque así llegó, pero se puso más flaco que un bacalao. Él, Daniel Pereda, de Granma; y yo éramos un trío, compartíamos hasta el canhome, que un socio angolano nos llevara a veces.
“De Moa estaba un amigo al que decíamos ʻel gatoʼ. Era cocinero. Ese me mató hambre como a un caballo. Me cargaba raspa por las noches.
“El jefe se llamaba Glody González Azárez, un viejito bueno, de Banes. Un día vino a Cuba, llevó ron para brindar a toda la compañía un trago.
“Había uno al que le decían Durdú Loco, llevaba como tres misiones. Tanquista. Era un desastre, andaba sin camisa... Un día que atacaron por Chivemba lo enviaron. En la mañana llegó el mensaje de que ya estaba barriendo con el tanque, y preguntaba que si querían que liberara a Namibia. Tuvo que Fidel llamar de acá para pararlo. No por gusto le tenían el apodo.
‒ ¿Perdiste a algún amigo?
“Como seis meses antes de mi vuelo, salieron unos casi como hermanos míos. Ya les tocaba regresar, pero el avión no entró. Eran aviones de carga, no de pasaje. De Luanda iban a llevar mercancía y ahí mismo nos montaban, cuando ya veníamos para acá. De vuelta para la compañía, en la carretera, se cayeron del carro y se mataron. Antes no velaban, metían en una caja de balas, ponían la chapilla en la boca y enterraban. Afortunadamente, cuando pasó eso la ley había cambiado, y pudimos velarlos y honrarlos. Perdieron la vida en un accidente justo el día que les tocaba virar a casa”.
‒ ¿Siempre andaban armados?
“El fusil era otro compañero, con un número que identificaba que era tuyo y un lugar específico. Ante una alarma de combate, oscuro, estirabas la mano y te llevabas tu fusil y los cargadores. Él era mamá, papá y todo allí”.
*Coordenada #3: 620 nm. El tejido se ha convertido en blusa
“Seis meses me pasé dando clases, en el Valle de Palanca. Yo era jefe de compañía. Muchos no querían dar clases, porque eran religiosos; pero estaban metidos en el hueco, no había nadie fuera de él, hasta se dormía ahí”.
‒ ¿Qué era el hueco?
“Arriba era de fibro, pero abajo, como lo dice la palabra, había un hueco en la tierra. Se armaba un quimbito sobre él, o sea, una casita de paja redonda, de las que hacían los angolanos, para que creyeran que era una quimbería lo que había ahí, no militares.
“Estudiaban sobre sus creencias, pero también se preparaban. En Angola la Fapla llevaba los del norte para el sur y los del sur para el norte. El Ejército los reclutaba, pero muchos estaban con Savimbi. De día eran una cosa y de noche, otra. Eran del carajo”.
‒ ¿Qué momentos de peligro le impactaron más?
“Un día nos fuimos para una operación en la Loma del Cañibal. Ahí se nos acabó la comunicación. No había radio ni nada. Nos pasamos una semana comiendo raíces de palo. De momento tiraron unos morterazos, pero cuando llegamos la Unita se había llevado todo. Solo encontramos una punta de maíz y empezamos a hervir las mazorcas en los cascos. No había otra cosa.
“Primero íbamos en fila, uno detrás de otro, nadie se podía pasar, un Fapla trató de adelantar a otro guardia y pisoteó una cápsula de una mina antitanque. Explotó. Nos lavó de tierra a todos. Le rajó una pierna al insensato. Hubo que cargarlo al hombro en una hamaca y seguir paʼlante.
“Como no había comunicación, los helicópteros salieron en busca de nosotros. Quedaba una sola bengala blanca, la tiramos y uno de ellos lo vio, entonces fue al aeropuerto de Lubango a informar.
“Otro helicóptero aterrizó lejos. Quise saber si era mi primo el piloto, para que nos diera algo de comida. Me puse de acuerdo con el granmense: ʻSi me pierdo lanzo al aire tres tiros y tú me respondes para yo guiarmeʼ. Ya estaba oscureciendo, estaba lejos y sin cumplir mi objetivo. Me perdí, todos los montes eran iguales, pero gracias a ese acuerdo pude regresar”.
‒ Supongo que, en medio de lo adverso, hubiesen momentos agradables, ¿verdad?
“Sí, al sur de donde estábamos venía un carrito a vender cerveza. Un día de buena caza, fui y cambié unas botas nuevas que me habían dado. Amanecí con los zapatos ripiaos. ʻ¿Qué hace usted así? ¿Y las botas que le di ayer?ʼ, me dice el jefe. ʻ¿Usted tomó cerveza anoche?ʼ. ʻSíʼ, me dijo. ʻPues la pagué con las botasʼ, le respondí. Entró y me buscó otro par. Todos estábamos contentos por haber comido y compartido, momentos no muy comunes.
*Coordenada #4: 580nm. El lienzo como ropa de muñecas.
Muchos angolanos morían de paludismo. Había que inyectarlos. Ahí donde daba clases, varios morían.
‒ ¿Y se enfermaban también cubanos?
“Nosotros fuimos vacunados de Cuba contra todo eso, antes de irnos nos ponían una vacuna en cada brazo y una en la espalda. Había que cuidarse también de los bichos. Había lagartos venenosos, hienas, cobras... Estas últimas buscan el calor, y a veces amanecían enrolladas con los hombres en el albergue”.
‒ ¿Y cómo fue el regreso?
“Cuando salimos para acá, fue en un avión de carga, que tenía un cable en el medio. Veníamos tirados en el piso, de un lado a otro, sujetos del cable aquel. Hasta que llegamos a Luanda. Nos dieron un cheque con el valor de 50 guanches para gastarlo en la tienda”.
‒ ¿Y qué pudiste comprar con eso?
“Sábanas, toallas y una pañoleta roja”.
La historia oficial se escribe en documentos, pero la memoria verdadera anida en lo cotidiano: en una fotografía, en una carta, en un pañuelo… Mi padre, Osvaldo, no me contaba cuentos de hadas. Me contaba de Angola y, sin proponérselo, me hacía partícipe de su épica personal. Al hombre duro, siempre duro, guajiro y terco, capaz de enterrar y exhumar a sus padres, porque es “tarea de los hijos cuidarlos hasta después de muertos”, lo vi llorar frente al televisor con Caravana y Kangamba. Desvelarse noches enteras ante el torbellino de sentimientos que provoca el cine.
Así pasó con ese trozo de tela roja , que no llegó en un cofre, sino en el fondo de una mochila, como uno de los pocos testigos materiales que trajo consigo de Angola; que fue primero pañoleta, luego falda y blusa para mí (en los duros tiempos del período especial) y más tarde ropa para mis muñecas. Cada vez que lo miraba desgranaba un recuerdo.
Hoy desdoblo el lienzo, no como la profesional que busca otra historia, sino como la hija que comprende que el valor de un acto de entrega no termina en el campo de batalla. Esta no es la entrevista de un testigo de la lucha contra el Apartheid, es la conversación pendiente entre un padre que volvió de una guerra lejana con una pañoleta, y la hija que aprendió que la herencia más valiosa no es lo que se guarda, sino lo que se comparte y se convierte, literalmente, en tela de nuestra propia piel.
Se detiene el viaje. Volvemos al presente. La tela ahora es también un recuerdo.
