En la Cuba revolucionaria siempre existieron personas con negocios propios. Recuerdo al viejo Chacón, quien vendía unos turrones de coco melcochados, que eran una delicia. Rememoro también al barbero Plácido, en casi todos los barrios había al menos uno; a Onelia la costurera y su esposo, el sastre Otilio. La memoria me trae de vuelta también al amolador de tijeras, quien al sonido singular de su silbato, cuan flautista de Hamelín, era seguido por la muchachada.