Ser agradecido
- Por Hilda Pupo Salazar
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Más allá de ser un hombre de cultura y amplia visión política, Carlos Manuel de Céspedes representó, en un momento histórico convulso, el símbolo de la rebeldía nacional. A pesar de que su origen lo ubica en una clase acomodada de terratenientes adinerados, pasó por encima de sus privilegios y encendió la llama en aquel lejano octubre para iniciar el camino libertario, al tañer la campana de La Demajagua bajo la determinación de “Independencia o Muerte”.
Casi frente a la Sala de Rehabilitación una mulata exuberante, con nasobuco amarillo, le dice a su interlocutora: “Conto’ y conto’ (y se refiere a la situación de la pandemia y el aislamiento) la calle está malísima y los delincuentes no paran. A mi hermana, la de la calle Fomento, se le colaron en la terraza y le llevaron la mesa y las cuatro sillas y nadie vio nada”.
La muerte, antiguamente, fue silenciada, tabú, misterio sin explicaciones, con la definición de la privación o ausencia de algo que tenía existencia, pero con esta pandemia es más agresiva, arrolladora, que concierne hasta personas que viste hace un rato con salud y que puede tocarte en cualquier momento.