Lucía

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monumento lucia plaza hgMonumento erigido a Lucía Íñiguez, en la Plaza de la Revolución Calixto García, de Holguín. Foto: Juan Pablo Carreras. ACN
 
En una época protagonizada por hombres, Lucía fue grande a su manera. No obtuvo grados militares, ni disparó proyectiles certeros, ni murió de cara al sol, pero su carácter y su dignidad bastaron para convertirla en ícono de la mujer cubana de todos los tiempos.

Seguramente usted sabe que Lucía Íñiguez Landín fue la madre de Calixto García Íñiguez, el General de las Tres Guerras. Y que en septiembre de 1874, cuando (desterrada política) vivía en el Cerro, La Habana, recibió la visita de un oficial del Ejército Español.

Por órdenes del General Concha, había ido a comunicarle que en la escaramuza efectuada en San Antonio de Baja, cerca de Manzanillo, habían capturado a su hijo. Quién sabe cuál fue la expresión de Lucía (quizá la frente arrugada, tal vez la boca torcida) cuando respondió:

“No es que dude de usted, general, pero yo no puedo creer que mi hijo haya caído ni caerá jamás prisionero de las tropas españolas. ¡Calixto es mi hijo, y por lo tanto, no debe rendirse!”.

El oficial, entonces, le mostró un papel donde Lucía leyó que el cabecilla insurrecto Calixto García, antes de caer prisionero, prefirió suicidarse disparándose un balazo debajo de la barba…

“Entonces ese sí es mi hijo, muerto antes que rendido”, dijo Lucía, usted lo sabe bien, aunque no pueda imaginar la expresión de una madre que prefiere también la muerte del hijo antes que la deshonra.

Lo que tal vez no sepa es que en 1899, los restos de Calixto (fallecido en New York) fueron trasladados a la Habana, al cementerio de Colón, acompañados únicamente por tropas yanquis, por lo que Lucía pidió para él un entierro cubano, con la presencia de sus compañeros de armas y en su tierra natal, Holguín.

O que varios años atrás, en 1870, ella y sus hijos desandaban la manigua de Canoa de la India (Aguas Verdes), sin la protección de las tropas mambisas, cuando fueron apresados por una avanzada española.

Su hijo Nicolás tenía entonces 15 años, y aquella captura le valdría la prisión o la muerte. Para salvarle, lo vistió de mujer; sin embargo, el oficial al mando de la avanzada sospechó.

“¡Sí, es varón! ¡Es mi hijo que traigo del campo mambí! ¡Si usted me descubre probará que desconoce el santo amor de madre, si guarda el secreto será el primer caballero del Ejército Español!”.

Es probable que tampoco conozca que con la paz, Lucía regresó a su ciudad natal, como suele decirse, en medio de estrecheces económicas. Un enviado del primer presidente de la República de Cuba, Tomás Estrada Palma, le propuso entonces un nombramiento como Inspectora de Montes.

Lucía, con sus 85 años, le explicó que no tenía salud para trabajar. El enviado insistió en que no sería necesario: le pagarían de cualquier forma. Lucía, indignada, perdió la paciencia, devolvió el nombramiento: cobrar un sueldo sin trabajar era robarle al Estado.

Pocos años después, presintiendo su muerte, pidió a su ahijado, Manuel Avilés Lozano, director de la banda municipal de música, que en su sepelio interpretaran las notas del Himno de Bayamo. El momento de cumplir su deseo llegó el 7 de mayo de 1906.

Pero Lucía Íñiguez Landín merecía más. Por eso, en el Bosque de los Héroes, al fondo de la Plaza de la Revolución que lleva el nombre de su hijo, se construyó un mausoleo en su honor. Allí reposa, desde 1983, bajo el velo de cobre que se convierte en un paisaje cubanísimo, con palmas y montañas.
 

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Comentarios  

# Ernesto Carmenaty Peña 07-05-2019 11:22
soy seguidor de tus redacciones me gustan mucho sigue asi
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# Claudia 14-05-2019 10:30
Gracias, Ernesto. Eso intento.
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