Decir y hacer
- Por Yenny Torres
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“Pasas la vida calculando cual si hubiera guerra/ usando a Maquiavelo como espada,/ si el viento está al Sur gritas poemas de tu tierra,/ si está del Norte usas slogans de piratas./Tu voz una veleta./ Tu patria, una bufanda.
Joaquín Sabina
La crisis económica en Cuba ha alcanzado niveles exhorbitantes. Los precios se disparan, el desabastecimiento aprieta y las medidas gubernamentales parecieran tener hendiduras. No se trata de cuestionar la necesidad de ajustes, sino de hacer coincidir el discurso oficial con la práctica cotidiana. Que no resulta fácil, es cierto, pero es el desafío que nos toca.
En este escenario, preocupa especialmente la percepción de que las normas se trazan con líneas que benefician intereses particulares. Basta entrar a las redes sociales y acceder a las publicaciones sobre el tema para encontrar comentarios como que: “Si quienes redactan las regulaciones tienen vínculos con mipymes o sectores que podrían verse afectados, la tentación de dejar ´fisuras´ que permitan eludir el espíritu de la ley es un riesgo real”. Esto no solo erosiona la efectividad de las políticas, sino que socava la confianza en las instituciones. No quiere decir que ocurra de esta manera, pero mientras parte del pueblo lo considere así, es mayor el deber de demostrar lo contrario.
Entra en juego la figura del líder, la imagen que se proyecta entre el discurso de sacrificio y la cruda realidad que se vive, sin la apariencia de un mundo paralelo, con la idea de tener las mismas manos embarradas de carbón, el mismo sudor en las noches, la misma faena diaria en busca de comida y sitio donde acepten transferencia.
No se trata de condenar las estrategias económicas por tener rasgos capitalistas. Países como China y Vietnam han transitado caminos similares con éxito, pero sus condiciones son radicalmente diferentes, sin un bloqueo asfixiante como el que enfrenta Cuba. Sin embargo, incluso en esos contextos, la batalla contra la corrupción y la doble moral ha sido implacable. China, por ejemplo, ha establecido mecanismos ejemplares, su enfoque combina la férrea disciplina partidista con un marco legal severo.
No obstante, más allá de las esferas del poder, en la cotidianidad de los barrios cubanos se extiende un fenómeno silencioso y quizás más peligroso que la propia corrupción institucional: el “efecto corcho”. Personas que, como corchos en el mar, se dejan llevar por la corriente, moviéndose allí donde puedan obtener algún beneficio, aunque ello implique contradicciones flagrantes.
Este nihilismo no siempre nace de la maldad, también lo hace de la fatiga. Mejor flotar, adaptarse, aprovechar las grietas. El fenómeno tiene múltiples manifestaciones: está quien en su jornada laboral defiende las medidas oficiales, pero al caer la tarde gestiona un negocio por cuenta propia que burla las regulaciones; el funcionario de nivel medio que aplica la ley con rigor con unos, pero la flexibiliza con otros a cambio de favores…
Esta actitud no es exclusiva de Cuba, por supuesto; así como el problema del “efecto corcho” no es solo ético. Una población que interioriza que “todo es igual”, que asume que las normas se cumplen o no según la conveniencia del momento, es una población inmovilizada. La participación se reduce al mínimo porque “para qué implicarse si de todas formas no cambiará nada”.
Esta desmovilización afecta gravemente la capacidad de exigir cuentas, de fiscalizar, de construir colectivamente soluciones. Y lo que es peor, legitima implícitamente la doble moral de muchos: -“si todos lo hacen, ¿por qué ellos no?”
China, en su proceso de apertura económica, comprendió que el éxito de las reformas exigía no solo leyes duras contra la corrupción, sino también mecanismos de participación que hicieran sentir a la gente que su voz importaba. Los llamados “buzones de sugerencias” y las líneas directas para denuncias anónimas han sido herramientas efectivas para canalizar el descontento y darle cauce, sin que derive en apatía. Para ello se requiere retroalimentación. La gente participa cuando ve que su acción tiene consecuencias.
La percepción de que “los de arriba” también transgreden es uno de los principales combustibles del escepticismo popular. Por eso, medidas como las adoptadas por Vietnam, donde se han procesado a altos funcionarios por corrupción en medio de las reformas económicas, envían una señal poderosa: las reglas son para todos.
Ignorar la fatiga de la población o tildarla de “falta de conciencia” es contraproducente. Para salir del corcho hay que nombrar el problema sin moralinas, entender que el oportunismo, en muchos casos, se aplica como mecanismo de supervivencia.
Todos los dirigentes no son “corrompibles”, como todo el mundo no es ateo a la dignidad. Ejemplos positivos hay muchos, pero, en este contexto, no podemos permitir ni una sola “papa” putrefacta en el saco.
Para Cuba, la lección es clara. Enfrentar la crisis económica, independientemente del férreo bloqueo que nos acecha, exige, primero, un combate frontal contra la doble moral y la corrupción interna. Se necesitan medidas que aseguren que quienes diseñan las políticas no tengan intereses creados en su incumplimiento. La transparencia en la elaboración de normas, la participación ciudadana en la supervisión y un sistema de rendición de cuentas que castigue sin contemplaciones el desvío de fondos y el abuso de poder son pasos ineludibles.
La coherencia entre el discurso y la práctica no es un lujo, sino la única base para construir confianza y movilizar las energías que la nación necesita para superar sus desafíos. El ejemplo internacional demuestra que es posible, pero requiere voluntad política y una dosis de honestidad que trascienda las meras declaraciones.
