Caminaron juntos por la infancia
- Por Alionuska Vilche Blanco
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El 13 de agosto de 1996 no era un día cualquiera. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz cumplía 70 años y había elegido regresar a su tierra natal. Pero no viajó solo. A su lado, como un viejo cómplice de aventuras, lo acompañaba el escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, junto a su esposa, Mercedes Barcha. Así lo registró la historia, y así lo narró el periodista holguinero Cleanel Ricardo, testigo presencial de aquella jornada inolvidable del 15 de agosto, en una crónica publicada en este periódico días más tarde.
Durante horas, Fidel guió a sus invitados por cada rincón de la finca, el lugar que lo vio nacer y crecer junto a sus seis hermanos. "Les llevó horas caminar el lugar", escribió Cleanel Ricardo, "pero apenas pasó el tiempo, o sucedió que nadie pudo medirlo".
El recorrido fue minucioso. Fidel, vestido con su tradicional uniforme verde olivo, condujo a Gabo y a Mercedes por los pasillos, los corredores, el sótano y las habitaciones de la casona de madera de arquitectura rural española. Mostró la escuelita donde aprendió sus primeras lecciones y el punto exacto donde él y sus hermanos vieron la luz primera. El grupo se detuvo ante el panteón donde reposan los restos de sus padres, Ángel y Lina, y los abuelos. Fidel, con un gesto de profundo respeto, colocó un ramo de flores sobre la tumba.
Quienes vivieron la ocasión recuerdan una atmósfera de fraternidad y calidez. El cielo estaba despejado, el sol iluminaba cada rincón y, a lo lejos, los Pinares de Mayarí se perfilaban teñidos de un azul brumoso. "Era como tocar con las manos, la vista y el extra del cariño cada pulgada intacta, cada metro cuadrado de un espacio vital", anotó Cleanel.
El encuentro era el resultado de una amistad cultivada durante décadas. Fidel, en sus posteriores Reflexiones, lo dejó claro: "Nunca tuve el privilegio de conocer Aracataca, el pueblito donde nació Gabo, aunque sí el de celebrar con él mi 70 cumpleaños en Birán, adonde lo invité".
Aquel día, Gabo estaba allí como el amigo con quien había compartido en muchas ocasiones y sostenido incontables conversaciones, las cuales el Comandante definió como "una receta contra las fuertes tensiones". Para Fidel, García Márquez era "un hombre con bondad de niño y talento cósmico, un hombre de mañana, al que agradecemos haber vivido esa vida para contarla".
La fotografía de aquella jornada muestra al autor de Cien años de soledad vestido con un mono deportivo y zapatos blanquísimos, con una mirada atenta, casi de asombro, mientras Fidel, como un anfitrión orgulloso de sus raíces, desgranaba la historia de su vida ante los ojos del autor del realismo mágico. Fue, quizás, uno de los pocos amigos entrañables que el líder llevó hasta su casa natal, el lugar más íntimo de su memoria, para compartir no la grandeza de la Revolución, sino el pequeño y silencioso milagro de la infancia.
El recorrido quedó así grabado en la memoria de ambos. Para Fidel, fue un viaje a la semilla, para Gabo, una lección de humanidad, y para la historia, el testimonio de que la amistad más profunda no necesita grandes discursos, basta con una caminata por los pasillos del recuerdo.
