Isla David

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marcha 09Foto: Ariel M. Nico

Era un gigante: un hombre que medía 2,9 metros. Su cota de malla, importante pieza de la armadura, hecha de cobre, pesaba 57 kg (125,7 libras) y la hoja de hierro de su lanza, 6,8 kg (15 libras). Dicen los documentos que su voz estremeció el campo de batalla durante cuarenta días, desafiando a que algún hombre se atreviera a enfrentarlo. El resultado sería que el paladín vencedor decidiría qué ejército sería esclavo del otro. El silencio era enorme entre los combatientes, intimidados por la enorme figura del soldado enemigo.

Un pastor de ovejas que merodeaba el campo de batalla alcanzó a escuchar los gritos del gigante, que además lanzaba blasfemias contra las creencias religiosas y las tradiciones que sus antepasados le habían enseñado, generación tras generación. ¿Cómo era posible que un pastor de ovejas luchara contra un oso y un león para defender su rebaño, y ninguno de aquella tropa de guerreros experimentados se atreviera a defender a su pueblo?

Cuentan que el joven pastor hizo girar su honda hasta que la piedra alcanzó la velocidad máxima y la incrustó en la frente del gigante hasta hacerlo caer aturdido. Luego, le quitó la vida con la espada, poniendo fin a sus insultos y a la temida esclavitud de su pueblo.

José Martí, el 18 de mayo de 1895, en carta a Manuel Mercado, rememoró aquel pasaje bíblico: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas; —y mi honda es la de David”. En esta carta, considerada su testamento político, Martí revela que su única arma contra la amenaza del expansionismo estadounidense es la virtud moral del joven David, quien derribó al gigante Goliat con una simple honda.

Aunque hay pruebas historiográficas del uso de la honda como arma de combate, esta era considerada el arma que usaban los pastores para proteger a sus rebaños de las fieras y animales salvajes. Se construía con una tira de cuero o una banda tejida de otros materiales, como tendones de animales, junco o pelo. En el centro, o “huevo” de la honda, una pieza central más ancha, era donde se colocaba el proyectil, casi siempre una piedra. Uno de los extremos podía estar atado a la muñeca, mientras que el otro se sostenía con los dedos. Se le daban vueltas por encima de la cabeza y luego se liberaba un extremo, lanzando el proyectil hacia adelante con gran velocidad.

¿Quién se atrevería a cuestionar el derecho de un pastor a defender su rebaño, o el que tiene un pueblo libre a proteger su identidad, costumbres, modo de gobierno y símbolos? Sin embargo, en la geopolítica se mueven las fichas sin respetar las reglas del juego.

Los imperios tienen, y lo demuestra la historia, una tendencia al expansionismo y a la contienda bélica para apropiarse de recursos que no poseen o que necesitan para enriquecer sus arcas y financiar sus campañas. De ahí que se registren innumerables pueblos que han sido invadidos en nombre de la codicia y la injerencia. La historia moderna atestigua muchísimos casos: el exterminio de los indígenas en América del Norte, la ocupación de África por las potencias europeas o el secuestro de un presidente constitucional por parte de Estados Unidos el pasado 3 de enero.

Cuba se encuentra a la amenaza real de una contienda militar. Es innegable. El imperio estadounidense (Goliat de este siglo) anuncia hostilmente sus intereses donde Cuba no encaja por ser, sobre todas las cosas, renuente al vasallaje. Sin embargo, algunos aún niegan que esta isla tenga derecho a defender sus intereses y su espacio territorial.

Afuera grita “el gigante de las siete leguas” con todas sus provocaciones y su arsenal bélico, ataúdes gigantes cargados de bombas y muerte, contra una isla, una isla David que hace girar su honda con toda la fuerza de su soberanía y el culto irreverente de sus principios.


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