Vindicar la dignidad
- Por Reynaldo Zaldívar
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El sábado 16 de marzo de 1889, Filadelfia, la ciudad que alguna vez fue cuna de la independencia americana, despertaba con su habitual bullicio industrial y un artículo que denigraba la moral y el civismo de los cubanos. El periódico The Manufacturer, especializado en asuntos comerciales e industriales, probablemente ni siquiera imaginaba que aquel texto, publicado casi como un relleno entre avisos de maquinaria y cotizaciones de bolsa, terminaría por provocar una respuesta que pasaría a la Historia como “Vindicación de Cuba”.
Los cubanos eran, según The Manufacturer, "afeminados", "inútiles", "enemigos del trabajo recio", "incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía de un país grande y libre". La ofensa, calculada para herir en lo más hondo, iba aún más allá en su ensañamiento: se aseguraba que "su falta de fuerza viril y de respeto propio está demostrada por la indolencia con que por tanto tiempo se han sometido a la opresión española".
"La bahía más hermosa", decía el artículo, "parece mirar con afiliación a la Florida". Se calificaba la Guerra Grande, esa epopeya de diez años donde cientos de cubanos perdieron la vida para conseguir la independencia, como mera tentativa indígena y falsa. Investir a los cubanos con la responsabilidad de autogobernarse, concluía el texto, sería llamarlos a funciones para las que no tienen "ni mínima capacidad".
Desde Nueva York, donde residía entonces como cónsul de Uruguay mientras organizaba las bases de la Guerra Necesaria, José Martí sintió que el texto abofeteaba los cadáveres de todos los hijos muertos por la independencia de Cuba.
El 25 de marzo de 1889, en las páginas de The Evening Post, periódico de Nueva York de reconocida trayectoria, nació "Vindicación de Cuba". Martí sabía que algunos cubanos, por "desdichado desconocimiento de la historia" o por intereses menos dignos, podrían ver con buenos ojos ligar el destino de la isla a esa nación que ahora los humillaba desde la prensa. Pero alzó su voz por aquellos que habían construido, con "el trabajo de las manos y la mente, un hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil". Habló de los que "fundaron una ciudad donde los Estados Unidos no tenía antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto". Ese islote era Cayo Hueso, levantado por manos cubanas desde la nada absoluta, testimonio irrefutable de que el esfuerzo y el ingenio no eran patrimonio exclusivo de ningún imperio, por poderoso que este se creyera.
Martí reveló que la admiración que los cubanos sentían por la tierra de Lincoln, el emancipador, el que había roto las cadenas de los esclavos, no era la misma que sentían por la patria de Cutting, el aventurero que provocaba guerras con sus desmanes en territorios ajenos. Porque ya el Apóstol avistaba, con esa mirada de profeta que solo concede la comprensión profunda de la historia, los "elementos funestos que, como gusanos en la sangre", comenzaban en Estados Unidos su carrera hacia el imperialismo. Aquella nación que aún no era el gigante de siete leguas que hoy conocemos, que todavía cargaba con las heridas de su propia guerra civil, ya mostraba las garras con las que, en décadas sucesivas, aplastaría pueblos enteros para extender su ambicioso dominio.
Según Martí, en Cuba el "honrado campesino, arruinado por una guerra”, pero digno por defender su tierra del colonialismo, retornaba en silencio al arado después de haberlo cambiado por el machete de combate. Mostró a los jóvenes de ciudad que, "bajo la delicadeza del guante y el verso, guardan el puño para derribar al enemigo” cuando llegara la hora. Hombres que pagaron el precio de la guerra durmiendo en el fango, comiendo raíces amargas, muriendo una "muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta". Esos mismos cubanos que tildaban de afeminados, con un solo giro del machete hacían echar a volar la cabeza del enemigo o arrodillaban a un toro.
La vindicación se extendió más allá de la manigua independentista. Martí enumeró las huellas cubanas por todo el continente: en Panamá, Colombia, Perú, Nicaragua… Recordó que en las universidades de Filadelfia y Nueva York, el primer premio había sido muchas veces para cubanos, para esos mismos a los que se pretendía retratar como mentalmente incapacitados. Y lanzó un dato implacable, de esos que no admiten réplica: ese pueblo al que llamaban incapaz para el trabajo y el progreso había construido el ferrocarril mucho antes que España.
Sobre la guerra tildada de farsa, Martí hizo notar como, desde su primer momento, los cubanos liberaron a sus esclavos, abandonaron sus riquezas y levantaron, dentro del monte virgen, pueblos enteros con sus fábricas y escuelas. Un puñado de hombres y mujeres casi desarmados mantuvo a raya a un adversario que llegó a enviar doscientos mil soldados bien pertrechados, de los mejores de Europa.
Pero Martí, en su honestidad intelectual, no eludió las heridas internas, las que duelen más porque vienen de casa. Reconoció que los esfuerzos por la libertad hubiesen dado mejor fruto de no ser por aquellos que, "por la esperanza poco viril de los anexionistas", pretendían obtener la "libertad sin pagarla por su precio". Una advertencia que cruza los siglos como un puñal profético, como una luz que alumbra los debates actuales sobre soberanía y dignidad de Cuba.
