El viajero
- Por Isabel Hechavarría Hernández / Estudiante de Periodismo
- Hits: 73

¿Será que el viajero se ha perdido?
¿Será que ahora delira?
¿Será que espera su muerte?
¿O será que, en el fondo, solo quiere verte?
Hoy creo que la verdad es otra: el viajero, por primera vez, siente.
Sueña con verte, con tenerte, con besarte y, delirantemente, amarte.
Escribí esos versos mucho después, cuando ya había atravesado pasillos de hospital y aprendido que el amor no es una promesa luminosa, sino una resistencia callada. Pero la historia comenzó antes, cuando todavía no sabía que yo era ese viajero.
Comenzó a las cinco de la madrugada. Desperté a mi madre sin reparar en la hora, sin medir la magnitud de lo que estaba a punto de decir.
—Conocí a la mujer con la que me voy a casar.
No pronuncié su nombre. No habría sabido cómo explicar aquella certeza que me ocupaba el pecho como una verdad antigua. Era como si algo hubiera encajado en su sitio exacto; como si el mundo, de pronto, hubiese dejado de girar con ese desorden que lo caracteriza. La noche anterior estaba en el trabajo, el Dimar de la Marqueta. Nada extraordinario, lo mismo de siempre: luces amarillentas, olor a mariscos, mesas ruidosas, risas que se mezclaban con el humo de la cocina. Ella no fue a buscarme. Llegó buscando a su mejor amiga, que estaba allí con el cocinero del lugar. Bendito aquel hombre que, sin saberlo, estaba a punto de equivocarse de nombre y abrirme la puerta del destino.
Yo tampoco iba buscando nada. El choque fue literal.
—¿Usted es Julián, el novio de Paula?
—¿Yo? ¡Ni Dios lo quiera!
Aún sonrío cuando lo recuerdo. No sentí electricidad ni vértigo; sentí algo más hondo: calma. No era la impresión súbita de quien conoce a alguien, sino la certeza silenciosa de quien reconoce. Como si el viajero hubiera llegado, al fin, a una estación que ya había visitado en sueños. Días después organicé una cena. Necesitaba comprobar que aquello no había sido una ilusión pasajera. Hubo poemas improvisados, karaoke, y yo cantándole Sabor a Mí con una convicción que me sorprendía hasta a mí mismo. Las miradas dejaron de ser casuales y comenzaron a quedarse. Aquella noche confirmé que no estaba equivocado.
Pero el amor no venía solo. Chely era madre.
Cuando me lo dijo, no sentí miedo. Sentí el peso —hermoso y solemne— de la responsabilidad. Amar a una mujer que ya es madre es comprender que uno no inaugura una historia: entra en ella. Y entra con respeto. No se trata de ocupar un lugar, sino de merecerlo.
La primera vez que vi a Vitico, me observó con esa mirada alerta con que los niños intentan descifrar si un adulto permanecerá o desaparecerá. No forcé simpatías ni fabriqué gestos. Me quedé en mi sitio. El amor con un niño no se impone: se construye. El vínculo no nació de inmediato. Se fue tejiendo en lo pequeño: escucharlo hablar de la escuela, acompañarlo sin invadir, aprender la gramática de sus silencios. Comprendí que la paciencia es otra forma de amar.
Hasta aquella noche.
Regresábamos a casa y el cansancio lo venció. Se quedó dormido sobre mis piernas. Sentí el peso tibio de su cuerpo, la respiración confiada, la entrega absoluta de quien no teme. En ese instante entendí que ya no amaba solo a su madre: lo amaba a él también.
Ese era el lugar que quería ocupar.
La familia de Chely no lo vio así al principio. Su padre fue directo:
—No quiero conocerlo.
Así se lo había dicho, no discutí. Tomé camino hacia Blanquizal, en Velasco, a las seis de la tarde, cuando parecía imposible encontrar transporte. Llegué. Hablé. Escuché. Volví el fin de semana siguiente, como me pidió. No llevé discursos; llevé constancia. Con el tiempo, me abrió la puerta.
La vida empezó a ordenarse. Chely y Vitico ya vivían conmigo. Ajedrez. Karate. Tareas escolares. Rutinas que parecen insignificantes, pero que levantan las paredes invisibles donde se sostiene una casa. Con los años, Vitico y yo empezamos a parecernos en la forma de caminar, en el tono de voz. Nunca necesité que me llamara de una manera específica, aunque un día decidió que yo sería su “Pipo”. Y aquel nombre me quedó perfecto.
Chely cursaba tercer año de Medicina cuando Isa llegó como sorpresa. Tuvimos miedo. Hicimos cuentas. Guardamos silencios largos. Pero decidimos avanzar. Isa nació, y la casa dejó de ser solo techo para convertirse en universo.
En 2008 nos casamos. La boda fue hermosa, pero la verdad es que yo ya estaba casado desde aquella madrugada en que desperté a mi madre con una certeza inexplicable.
Todo parecía estable.
Hasta que mi cuerpo habló.
Primero fueron calambres en el rostro. Después, un dolor persistente en la cervical. El diagnóstico cayó como una piedra en el agua quieta: tumor en la base del cráneo. La vida se reorganizó de golpe. Cuando supe que quien me operaría sería el doctor Omar López Arbolay, solo pedí una cosa: volver a Holguín para ver a mis hijos antes de entrar al quirófano. Necesitaba abrazarlos, recoger fuerzas antes de la batalla.
Vitico e Isa se quedaron en Blanquizal con los padres de Chely. Agradezco a la familia y amigos que sostuvieron lo que yo no podía sostener con el cuerpo. Recuerdo el hospital, el olor punzante del desinfectante, las paredes demasiado blancas. Recuerdo a Chely mirándome sin permitirse el miedo. La cirugía fue larga. Cuando desperté, supe que estaba vivo. Pero no era el final. Vinieron complicaciones. Otra intervención. Meses lejos de casa.
Vitico iba en bicicleta hasta el barrio '"El Recreo" para llamarnos casi todos los días. Yo no lo veía, pero imaginaba el esfuerzo de sus piernas pequeñas pedaleando bajo el sol. Esa imagen me sostenía.
Regresé distinto. Más consciente de lo frágil que puede ser todo.
Chely se graduó como especialista y comenzó Pediatría. Yo volví al trabajo. Nuestra vida dejó de medirse en años y empezó a medirse en mañanas: el café que le llevaba antes de salir, su manera de prepararme mi comida favorita sin anunciarlo, las velas encendidas dentro de pomos de aceitunas cuando celebrábamos, aunque el calendario no marcara ninguna fecha especial. El amor dejó de ser llama y se volvió raíz. No ardía para deslumbrar; crecía para sostener.
Después llegó otra prueba.
Un embarazo que nos llenó de ilusión y, poco después, un diagnóstico que nos dejó sin aire: neoplasia gestacional. Un cáncer agresivo. Esta vez no era mi cuerpo el que fallaba. Era el suyo.
Si alguna vez comprendí lo que significa luchar contra la marea, fue entonces. Quimioterapias. Esperas interminables. Resultados que parecían demorarse con crueldad. Yo no podía curarla. Solo podía estar. Y estar, a veces, es la forma más alta del amor. Contra los pronósticos, Chely venció el cáncer. Han pasado ocho años desde esa victoria.
Vitico es médico. Isa estudia Periodismo. Nuestra casa vuelve a llenarse de música baja, de conversaciones largas, de café recién hecho al amanecer. Y han pasado veintidós años desde aquella madrugada en que desperté a mi madre con una certeza que no sabía explicar.
A veces releo el poema. ¿Será que el viajero se ha perdido? Quizás sí. Tal vez estuve perdido antes de encontrarla. ¿O será que el viajero quiere verte? Siempre fue eso. Después de veintidós años a su lado, lo entiendo mejor que nunca: El viajero no buscaba caminos. Buscaba hogar y lo encontró en ella.
