Indisoluble
- Por Isabel Hechavarría Hernández / Estudiante de Periodismo
- Hits: 82

Morder la Orquídea
Antes de asumirse como escritora publicada, Lorena Susel Velázquez Fraga no se pensaba desde una sola identidad. Lectora, artista visual, editora: las tres convivían sin jerarquías ni conflictos, como partes de un mismo cuerpo creativo que aún no necesitaba nombrarse desde la escritura.
“Yo escribo poesía hace relativamente muy poco tiempo”, aclara. Incluso puede precisar la fecha: diciembre de 2023. Vaso con fresas -su cuaderno premiado- reúne aquellos primeros textos surgidos en ese momento inicial. No llegaron como culminación de una vocación temprana ni como resultado de una decisión planificada, sino como respuesta a una necesidad concreta. “Hasta ese momento nunca había sentido la necesidad de escribir para mí”, confiesa. La lectura, en cambio, ha estado siempre. “No hay recuerdo mío que no esté ligado a una lectura en específico”, aclara.
Por eso, cuando se le pregunta qué parte de sí se sentía más fuerte antes de publicar, no elige. “La lectora, la artista visual y la editora convivían en igualdad de condiciones… son un todo indisoluble. Es la misma Lorena”. No hay compartimentos estancos ni etapas que se excluyan, sino una continuidad natural entre los distintos lenguajes que la atraviesan.
La caja que contiene las cartas

Su formación filológica fue rigurosa y profundamente analítica. Durante la universidad no se acercó a la escritura creativa. “Era científica, investigativa”, explica.
Se especializó en ciencia literaria, trabajó con análisis narratológicos y poéticos, y su ejercicio de diploma fue un estudio temático de la poesía de Pura del Prado, desde una perspectiva crítica y metodológica.
De ahí que cuando finalmente apareció la escritura poética, no fue un gesto académico ni una búsqueda estética planificada. Fue otra cosa. “Llegó el momento en que dije: tengo algo que decir, y no me parecía útil inventar una historia para narrarlo. Entonces decidí condensarlo y hacerlo más emotivo, escribirlo en forma de poesía, apareció como forma de síntesis, no como proyecto previo”.
No habla de romper con lo aprendido. Al contrario, recuerda una advertencia frecuente en la carrera: la Filología no forma escritores. “La carrera te da herramientas que tú, como escritor, puedes llegar a aprovechar, pero no entrena escritores”. En su caso, esas herramientas se activaron cuando la necesidad expresiva encontró un cauce.
Tengo un cuaderno para escribir mis poemas

Su relación con el texto es disciplinada. Escribe de una sola vez. Luego revisa, deja reposar, vuelve y cierra. No cree en la corrección infinita. “Estoy convencidísima de que, en muchísimas ocasiones, el autor es el mayor enemigo de su propio texto”. Por eso se impone un límite claro: no modificar una y otra vez.
Aunque “Vaso con fresas” dialoga de forma visible con lo íntimo y lo familiar, Lorena aclara que no se trata de una línea temática fija. “Creo que eso sucede solamente en este libro”. Aun así, hay algo que no negocia: la memoria. “Yo sería incapaz de escribir contra la memoria. Apelar a ella es un recurso casi básico para cualquier poeta”.
Tampoco cree en los temas vedados. “No hay de los que no me atreva a escribir”. No espera el momento adecuado ni posterga la escritura. “A la poesía no se le puede hacer esperar. Si la tienes, ella se va a encargar de hacerse sentir”.
Tengamos un duelo, Frida

En su vida creativa no existe una disputa entre la autora y la editora. “Nunca me he visto en esa dicotomía”. La edición le ha aportado herramientas prácticas y una conciencia clara del libro como unidad. “Cuando conformo un cuaderno, no busco solo que los textos sean buenos de manera aislada, sino que juntos digan algo más”.
Habla incluso del libro como objeto. “Me gusta verlo también como un objeto comercial”, aclara, sin que eso signifique escribir para complacer expectativas externas. “Siempre voy a priorizar mi voz por encima de cualquier deseo externo”.
La escritura ha sido, y sigue siendo, un refugio. “Exorcizar esas cosas que quería decir me ayudó mucho”. No desde la confrontación, sino desde el alivio de nombrar.
Un solo vaso de cristal adornado con fresas

Las artes visuales atraviesan su poesía sin fórmulas fijas. A veces escribe primero y luego pinta; otras veces sucede al revés. En una exposición personal, seis poemas dialogaban con seis piezas visuales: en cuatro casos el texto llegó antes; en dos, la imagen. “No mecanizo mi proceso creativo”. Solo prioriza cuando factores externos lo exigen: tiempo, concursos, compromisos concretos.
Desde su propia ciudad llegó también una validación significativa: Lorena Susel Velázquez Fraga obtuvo el Premio de la Ciudad de Holguín, en la categoría de Poesía, por decisión de un jurado presidido por el poeta Luis Yussef, que destacó la calidad artística de su cuaderno. En esa edición, el galardón fue compartido con Erian Peña Pupo, atendiendo a la solidez y afinidad estética de ambas propuestas.
Sin embargo, cuando se le pregunta por el premio que considera más determinante, no duda en señalar el primero. “Fue la primera validación externa”, explica, no solo por el reconocimiento en sí, sino por quienes integraban el jurado: autores que ya formaban parte de su biblioteca personal antes de convertirse en lectores de su obra. “Eso me marcó y me posicionó”, reconoce, subrayando que más allá del lugar o la jerarquía del premio, fue ese gesto inaugural el que confirmó que su escritura había empezado a dialogar con otros.
Soy una Matrioshka de tamaño humano

No elige un medio por encima de otro. “No tengo preferencia por ninguno”, afirma. Poema, imagen, edición: todos funcionan en igualdad de condiciones, porque no los vive como procesos separados.
Tampoco le incomoda la exposición pública. Se reconoce comunicativa, acostumbrada a los medios por su trabajo editorial y cultural. “No es un tipo de exposición que violente mi intimidad”, aclara.
Desde niña, la creatividad fue una constante: cosía ropa para muñecas, dibujaba, hacía libretas, construía objetos. “Siempre fui muy dada a lo manual, a lo que puedes construir con tus manos”. Lo único que cambió fue el momento cuando dejó de ser una posibilidad y se volvió una necesidad.
Hoy, Lorena no se define desde una sola práctica ni desde un solo lenguaje. Los habita todos sin fragmentarse. Porque, como ella misma insiste, no hay varias Lorena: hay una sola, moviéndose entre formas distintas de decir lo mismo.
