148 años del Pacto del Zanjón: La tregua que incubó la guerra necesaria

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EZanjon1Foto: Tomada de Invasor

Este 10 de febrero se conmemoran 148 años de la firma del Pacto del Zanjón, acuerdo que puso fin oficial a la larga y cruenta Guerra de los Diez Años. Firmado en 1878 entre el general español Arsenio Martínez Campos y representantes del sector autonomista del Ejército Libertador, el pacto prometía una amnistía, ciertas reformas políticas y la libertad para los esclavos que habían combatido. Sin embargo, su texto eludió deliberadamente las dos demandas fundamentales de la revolución: la independencia de Cuba y la abolición general de la esclavitud.

 La consecuencia inmediata fue la célebre Protesta de Baraguá, liderada por el Mayor General Antonio Maceo apenas un mes después. Este acto de insubordinación y honor, ante el propio Martínez Campos, dejó clara la fractura: un sector significativo del independentismo no se rendía. Baraguá se erigió así en un símbolo imperecedero de la intransigencia revolucionaria y en una advertencia de que la paz sin soberanía era una ilusión efímera.

A la larga, el Zanjón demostró ser un frágil parche colonial. Sus promesas reformistas se cumplieron a medias o con enorme lentitud, manteniendo intactas las estructuras de opresión económica y política. Este desencanto, sumado a la postergación de la abolición total de la esclavitud hasta 1886, creó un terreno fértil para el descontento. Lejos de apaciguar los ánimos, el periodo posterior al pacto se convirtió en una incubadora para el movimiento independentista que se reorganizaría desde el exilio.

La figura de José Martí supo capitalizar esta lección histórica. Desde el Partido Revolucionario Cubano, comprendió que el fracaso del Zanjón y el heroísmo de Baraguá enseñaban una verdad indispensable: la nueva guerra debía ser breve, bien organizada, con un mando unificado y un claro proyecto de república inclusiva. La “Guerra Necesaria” de 1895 fue, en gran medida, la respuesta madura y estratégica a las carencias que el Pacto del Zanjón había evidenciado diecisiete años antes.

A casi siglo y medio de su firma, el Pacto del Zanjón no se recuerda como un hito de concordia, sino como un punto de quiebre. Su legado es la prueba de que los conflictos que ahondan en las raíces de la identidad y la justicia social no se resuelven con meros ajustes administrativos. La conmemoración invita a reflexionar sobre cómo los procesos históricos se forjan tanto en los combates como en las treguas incumplidas, y cómo la dignidad de un pueblo, como demostró Maceo, puede negarse a firmar una paz que no lleva su nombre.


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