Hasta el próximo aviso
- Por Ana Laura Campello Pérez / Estudiante de Periodismo
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Foto: Alexis del Toro
Como si se tratara de la alarma de un incendio o desastre parecido, el aviso llega de cualquier balcón. Con antelación casi calculada se riega como pólvora y los protagonistas entran en acción. Los revendedores multiplican su agilidad con las mercancías y en muy poco tiempo desaparecen, y con ellos, sus puestos, las sombrillas que resguardan del sol y la lluvia a los productos expuestos a cuanto hay en el ambiente de las calles holguineras, los carteles con los precios incontrolables, las pesas y cualquier otro medio usado para las ventas. En un abrir y cerrar de ojos ya no tenemos a los famosísimos y concurridos “mercados de las aceras”.
La imagen del carretillero recorriendo las calles o del vendedor estacionado es habitual: un símbolo de esfuerzo, movilidad y, en muchos casos, también de economía informal. La ilegalidad se generaliza y aumenta la práctica de hacer "la vista gorda" en momentos en los que se hace más necesario que nunca el control, ante escenarios cada vez más comunes. Esta actitud permisiva no solo normaliza lo incorrecto, sino que crea un ambiente donde, cumplir con lo establecido, parece opcional.
A los precios inestables y desmedidos se suman otros problemas igualmente visibles que no dependen de soluciones titánicas, sin embargo, persisten. La exposición a la contaminación de los productos en venta y la ocupación desmedida del espacio público figuran en esa lista. Con la urgencia que se vive en estos días, muchas veces no reparamos en su impacto en la sociedad holguinera.
Factores como polvo, humo de vehículos, colocación de puestos cerca de basureros, alimentos perecederos expuestos a temperatura ambiente por horas y la descongelación, provocan el rápido deterioro de los productos alimenticios.
No se trata de una exigencia infundada. Un producto alimenticio expuesto a la contaminación es un riesgo directo para la salud. Urge concienciar a la población, consumidores y vendedores, para prevenir los riesgos asociados a estos fenómenos, pues además de ser precavidos con la adquisición de los alimentos que se venden en estas condiciones inapropiadas, resulta vital tomar las precauciones desde el momento justo de su comercialización, de modo que podamos mantener a salvo la seguridad alimentaria y la salud pública del pueblo.
Mientras, la ocupación de las calles, innegablemente, refleja la falta de planificación y orden. En algunas zonas de la ciudad hay que pedirle permiso a un pie para poder dar el próximo paso, y no son las secuelas del chikungunya las que provocan este desafuero, son las carretillas, los estantes y los puestos de viandas en cualquier lugar de la acera o, incluso, de la calle. Se producen atascos con frecuencia y los peatones se ven obligados a abandonar las vías diseñadas para su tránsito para poder avanzar. “Los vendedores creen que la acera es de ellos”, dijo hace poco una joven diestra que pudo sortear los escollos impuestos por la expandidas vendutas, pero ¿qué pasaría con uno de nuestros abuelos?
El respeto del espacio común garantiza que las actividades económicas puedan coexistir de manera más organizada con la ciudad, beneficiando a vendedores, consumidores y la comunidad en general.
No son tiempos para tomar decisiones que perjudiquen a la mayoría, pero tampoco lo son para permitir las malas prácticas. Surgen entonces otras interrogantes: ¿Dónde quedó el rigor? ¿Se inactivó la participación de la sociedad ante lo que podría afectarnos?
Los vendedores, evidentemente, juegan un papel importante y a todos se nos facilita la vida cuando tenemos los productos a la mano. Pero también somos responsables, como usuarios de sus servicios, de exigir las condiciones óptimas y necesarias para ejercer su labor.
La toma de conciencia sobre el rumbo de estas problemáticas es el primer paso. El objetivo final, es claro y constructivo: lograr una convivencia en armonía, cimentada en un compromiso por un entorno más limpio, ordenado y seguro y que cada actor, desde el carretillero hasta el peatón o consumidor cumplan su deber sin la interferencia en el bienestar del otro.
Mientras tanto, la señal moviliza. Y entonces, como dicta el guion, llega la calma después de la tormenta. Las prisas se apagan, la calle aguanta la respiración. Cada cual regresa a lo suyo y los negocios clandestinos renacen. Poco a poco, como por arte de magia reaparecen las mesas, las sombrillas, los precios incontrolables, los productos a la intemperie y sus revendedores. Todo vuelve a su lugar, como si nada hubiera pasado, hasta el próximo aviso de la llegada de un inspector.
