El hilo que no se rompe: un viaje por el mundo del crochet

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Disfrutar de un agradable paseo por el bulevar de Holguín es sumergirse en una actividad enérgica y colorida. Cada puesto, rebosante de artesanía cubana, logra disociar la vista del caminante, obligándolo a contemplar las aristas de riqueza cultural y el talento que palpita en nuestra ciudad. Entre el bullicio y el pregón, resalta una técnica de tejido tradicional que se ha adueñado de las vitrinas y los mostradores: el crochet. Esta labor, que combina paciencia y destreza, puede explorarse a fondo a través de guías de puntos básicos, donde se detallan las bases de un oficio que sobrevive al tiempo.

Esta práctica está cobrando una nueva vida en Cuba gracias a artesanos apasionados que encuentran en ella un medio de expresión, una fuente de ingresos y una vía necesaria para liberar el estrés del día a día. A través de la creación de llamativas prendas y accesorios, estos artistas no solo están entrelazando hilos, sino también construyendo conexiones humanas y una forma de arte única que identifica a nuestra región. En el contexto actual, este fenómeno se vincula directamente con las nuevas dinámicas de la economía local y el cuentapropismo en Holguín, donde la autogestión creativa es clave.

La versatilidad del crochet es, sin duda, una de sus características más destacadas. Con un simple gancho, se pueden concebir desde objetos decorativos hasta piezas de alta costura. El arte se adapta al clima cambiante; desde cálidos suéteres y bufandas para los días de invierno, hasta coloridos bikinis y vestidos ligeros ideales para el verano cubano. Es una danza de texturas donde se exploran el punto en relieve, el punto popcorn y el punto en abanico para crear patrones irrepetibles.

Para quienes buscan un consumo consciente, el crochet es la respuesta perfecta dentro de la filosofía de la moda sostenible y la personalización. Con un poco de práctica, se logran piezas únicas y hechas a medida que se ajustan al estilo y preferencias individuales. El proceso permite experimentar con diversas lanas e hilos que aportan una riqueza táctil inigualable. Es un proceso donde el creador tiene el control total sobre la materia prima, alejándose de la producción industrial masiva.

crochet 03Creaciones de Doina.

Doina González Recio, una talentosa ama de casa, es el vivo ejemplo de este impacto. Para ella, tejer es una forma de liberar tensiones y enfocar su mente en algo positivo. Cada prenda es una obra de arte que requiere dedicación y habilidad extrema. Doina comenzó hace 25 años por la necesidad de vestir a su hija recién nacida y aprendió observando a su familia y vecinos. Su historia se suma a la de muchas otras mujeres que impulsan la cultura en Holguín, demostrando que el oficio heredado de su abuela sigue siendo un pilar social.

Sin embargo, el arte enfrenta nudos críticos. El elevado costo de los materiales —como los ganchos de aluminio, madera o bambú— y la falta de locales estatales que promuevan su confección, opacan la creatividad de muchos. Es imperativo rescatar escenarios que ofrezcan disponibilidad de recursos y oportunidades de aprendizaje. Imaginemos, por ejemplo, talleres en nuestra universidad, donde el ambiente es cada vez más alegre y propicio para que los jóvenes encuentren una forma productiva y creativa de emplear su tiempo.

crochet 02Herramientas de crochet. Foto: Amazon

En un mundo en constante cambio, el crochet se erige como un hilo conductor que conecta el pasado con el presente. El testimonio de Doina demuestra que una habilidad nacida de la urgencia puede transformarse en una pasión duradera y en una fuente de ingresos. Este arte, que continúa cautivando a personas de todas las edades con su accesibilidad, fomenta la creatividad, la comunidad y la tradición. Al final, nos recuerda que las pasiones más profundas suelen surgir de las circunstancias más inesperadas.

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