Identidad en tiempos de crisis
- Por Reynaldo Zaldívar
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Imagen generada con IA.
Por algunos minutos, cuando el sol de la tarde se rinde sobre el polvo de la ciudad, los transeúntes parecen caminar más despacio. Las carencias, la espera del transporte o el recuento de las inquietudes del día suelen ralentizar hasta los gestos más juveniles. La imagen estremece. El sol rojo parece el último del siglo, mientras, a intervalos perezosos, el viento levanta lo que podría ser la ceniza de nuestro incendio cotidiano.
Dedicar tiempo a la lectura, al arte, salir a pasear con la familia o el simple gesto de saludar a quienes pasan van quedando en "lista de espera", mientras la prioridad la asume el mecanismo de la supervivencia.
Algunos se preguntan si quedará algo de nosotros cuando los cimientos de lo habitual, para bien o para mal, terminen por romperse. El alma colectiva se mueve con dificultad en un siglo que, si bien es demasiado joven, ha traído al mundo más desesperanza que buenas nuevas. La era de la seudocultura nos puede hacer pensar que legar a las generaciones venideras un patrimonio espiritual fuerte y auténtico sea una tarea improbable y, en el peor de los casos, innecesaria.
No ha sido fácil aceptar a una generación que busca su destino en otras latitudes mientras descuida los esfuerzos por mantener el equilibrio espiritual. Al cotejar esta realidad con ensayos contemporáneos de figuras como Graziella Pogolotti, se hace evidente un patrón: la nación entra en crisis ética cuando el bienestar material se divorcia del proyecto común. "La cultura es el escudo de la nación", pero ese escudo se agrieta cuando el éxito individual se convierte en la única brújula de supervivencia.
El cubano siempre ha sido un experto en el manejo de los procesos transculturales. Tomamos lo que nos llegó del exterior y le pusimos un acento propio. Sin embargo, la crisis de valores surge cuando la apropiación creativa se vuelve imitación vacía y pasiva. La llamada pseudocultura —esa corriente global homogénea y banal promovida por las megaplataformas digitales— ha traído una oleada de chatarra cultural que se masifica con abrumadora eficacia.
El escritor Ernesto Escobar Soto, en un artículo publicado en La Jiribilla (2023), advierte que esta industria hegemónica pretende "amaestrar a los jóvenes del mundo", creando seres "impasibles a las injusticias, adictos al consumismo irracional".
Los estudios muestran una realidad alarmante: los jóvenes leen cada vez menos libros, sustituyen los textos por notas superficiales copiadas de internet, y su consumo informativo se reduce a contenidos fáciles y emotivos. La pregunta crucial no es si leen más, sino qué leen; la respuesta revela un empobrecimiento del pensamiento crítico.
El historiador Louis A. Pérez Jr., en su obra capital "Ser cubano: identidad, nacionalidad y cultura", ofrece un antídoto contra el desaliento y un recordatorio que vale traer a colación: la identidad de esta isla nunca ha sido una reliquia estática, sino un proceso de sedimentación activa que, paradójicamente, alcanza su mayor definición bajo la presión de las crisis más agudas. Según él, nuestra perplejidad actual no es el preludio de una disolución, sino quizá el síntoma de una antigua y recurrente forja.
La revista Temas (2024) va un poco más allá cuando plantea que no estamos ante el fin de la identidad, sino ante una "renegociación de la cubanidad". Estamos aprendiendo a ser cubanos en la precariedad, en la distancia de la diáspora y en la resistencia silenciosa de los que se quedan. Es una identidad de trinchera, una que se zurce cada día con los retazos de lo que va quedando.
Pérez Jr. desglosa con maestría cómo la "cubanidad" del siglo XX no se gestó en el aislamiento, sino en una compleja danza con el exterior. El cubano de la República temprana buscó en los estándares de vida norteamericanos —el Cadillac, el electrodoméstico de última generación, el rascacielos— una forma de sacudirse el polvo colonial y reafirmar su derecho a la modernidad. Sin embargo, esa búsqueda de "ser modernos" creó una tensión que aún nos habita: la identidad ligada a la capacidad de tener, de consumir, de estar a la par de un mundo que nos mira desde el Norte.
Nuestro patrimonio espiritual se construyó sobre la noción de comunidad, de la familia extendida y de la resistencia compartida. El individualismo forzado, alimentado por la necesidad y la pseudocultura, no solo erosiona los lazos comunitarios, sino que está dando lugar a una fractura social palpable. Jamás, desde 1959, se habían distanciado tanto en Cuba las clases sociales como sucede en el presente. Y esto, lamentablemente, es un síntoma que traerá consecuencias nefastas si no se atiende debidamente.
La forja de la cubanidad en la trinchera exige ahora no solo resistir la escasez, sino también la lucha contra la desmemoria histórica y la frivolidad, defendiendo un espacio para el pensamiento complejo y el arte auténtico.
No podemos enfrentar los desafíos de este siglo si ignoramos que la soberanía, la modernidad y la justicia social son los vértices de un triángulo que, si se rompe, nos deja a la deriva. La lección de la historia es que solo la cultura —entendida no como espectáculo, sino como ética de vida— logró recomponer los pedazos de la nación en sus horas más bajas.
La cubanidad no es un puerto al que se llega, sino un mar por el que se navega. Las crisis de valores son, en última instancia, crisis de sentido. Quiero sumarme a los esperanzados, a los que ven en el incendio de hoy una huella renovadora que, tarde o temprano, dejará entrever los nuevos brotes. Ya hemos naufragado antes y sin embargo, por algún misterio de nuestra estirpe, hemos encontrado la madera necesaria para sobrevivir al oleaje.
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Referencias
1. Pérez Jr., Louis A. Ser cubano: identidad, nacionalidad y cultura. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2007.
2. Pogolotti, Graziella. “La cultura como resistencia.” La Gaceta de Cuba, no. 4 (2021).
3. Revista Temas. “Cultura y crisis de valores.” Debate digital, 2024.
4. Escobar Soto, Ernesto. “Algunos apuntes sobre el retroceso cultural en Cuba (y en el mundo)”. La Jiribilla, 11 de enero de 2023.
