La ciudad de las golondrinas

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 ciego 1Presentación de libros. Fotos: Tomadas de Facebook

Hasta marzo, fue un misterio; techos de pizarra vistos al vuelo desde los puentes elevados, que los ómnibus rebasan en minutos. Antes y después, a través de las ventanillas, la sabana inmensa, como en un cuento de Ray Bradbury. Esta vez, yerba reseca que se prendía como yesca, como en un texto de Juan Rulfo: el llano en llamas.

 A través de la noche y con los chicos de Ediciones Holguín, Elizabeth Soto y Robert Ráez, viajamos a la Feria del Libro de Ciego de Ávila, cargados de libros y esperanzas. Causas y azares habían aplazado abordar el tema en esta columna; hela aquí, patinada por el tiempo, que sosiega las emociones.

ciego 3Actividad para niños.

Ojerosos, llegamos al avileño parque José Martí justo para la inauguración salpicada de niños y zancudos. Nos hallamos una guagua de vacacionistas holguineros y al inefable Félix Sánchez, narrador valioso de las letras cubanas y hombre cabal.

Las guerreras Natacha y Yanelis, al frente de Ediciones Ávila y el Centro Provincial del Libro, respectivamente, nos abrieron las puertas de su ciudad sin muros e hicieron los honores como anfitrionas. Cuando la mujer culta y virtuosa unge la obra… ¡guao! Martí tiene razón. Así, fueron quedando nuestros libros y afectos, en tertulias, presentaciones, paneles, charlas, como en un diálogo interminable.

ciego 5Robert Ráez y Elizabeth Soto presentan publicaciones de La Luz.

De jornada en jornada, la feria se abrió como abanico. La Casa de la Trova nos desveló con los proyectos de música y poesía de la Asociación Hermanos Saíz, una mezcla que colmó expectativas y donde Soto dijo sus poemas; en otros espacios, presentaría Ráez su novela Boustrofilia.

La tropa fue creciendo con esa poeta grande que es Mae Roque, los escritores Yamila Ferrá, Larry Morales, Massiel Mateos y Carmen Hernández, también editora y esotérica; el crítico cinematográfico y gastronómico Frank Padrón; el poeta tunero Armando López; el profesor Pedro Pérez Rivero; el teatrólogo Omar Valiño, director de la Biblioteca Nacional; los jóvenes autores Ilieva Rodríguez, Leo Busquet y Yasmany Cisneros; el talismán de Ciego, Arnaldo Rodríguez, que organizaba su musical Piña colada; junto a Leidi Vidal y Katia Siberia, del periódico provincial Invasor, una visita pendiente.

ciego 2En el área digital Isla Interactiva.

Imposible olvidar el espacio Isla Interactiva, gestionada por Yaudel Estenoz y donde los de La Luz presentaron libros digitales de su casa editora; la perfecta versificación de Roly Ávalos; los teatristas, que hacían las delicias en espacios como la Casa de Cultura, cuyo público infantil me sobrecogió; o la atronadora simpatía de Manolo, descendiente de sefardíes y gran cocinero.

ciego 4En el Café Literario, junto a nuevos amigos .

Lo confieso: todo el tiempo percibí una sobrecogedora sensación de dejá vu, de haber recorrido ya sus calles, o haberme sentado en su Café literario, donde el aroma de la colada invade la estantería y uno va a charlar con amigos. Me fue entrañable, incluso, el duelo que vive Ciego por dos de sus artistas, Arlén Regueiro y José Rolando Rivero, fallecidos prematuramente.

De allá me traje, en el corazón, un montón de amigos, el proyecto de una antología de narradores cubanos para Ediciones Ávila y un descubrimiento: la agrupación jazzista La familia, cuya actuación me sedujo. Lo otro, la visión del milagro: una ciudad llena de golondrinas, anidando en los capiteles, revoloteando sobre los tejados, llenando de puntadas el cielo demasiado azul.


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