El Mayor, hombre y leyenda
- Por Susana Guerrero Fuentes
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Más allá del héroe y el líder militar, Ignacio Agramonte ha trascendido en la Historia por brillar con su propia estrella. Confluían en su figura el temerario guerrero junto al joven culto y sensible, devoto de su familia, de sus ideales y su Patria.
Aun entre las responsabilidades y las tensiones de una guerra, siempre lograba encontrar el momento adecuada para plasmar sobre el papel sentimientos e inquietudes. Marcada con fecha de noviembre de 1872, se conserva la última carta que le escribiera El Mayor a su esposa Amalia Simoni.
En ella, expresa su amor infinito a sus seres queridos, la preocupación ante tan adversas circunstancias y, además, la confianza en el triunfo: “(…) aguardando lleno de fe un porvenir de ventura, de que sin duda disfrutaremos después que hayamos acabado de cumplir los deberes que Cuba nos ha impuesto”.
Amalia se encontraba en Mérida, Yucatán, y desde la distancia estaba atada al mismo compromiso pese al dolor de la separación; “Tu deber antes que mi felicidad”, ya le había escrito en otra ocasión. No obstante, sufre en silencio y teme, vivió la guerra y sabe de sus riesgos. A pesar de que su esposo le recomendó que no confiara en la prensa española, ella no deja de leer, ansiosa por conocer cualquier información.
La misiva de Agramonte llegaría a su destinataria muchos meses después de enviada. Como testimonio de angustia y amor, Amalia escribió muy pronto la respuesta, fechada el 30 de abril de 1873, sin saber que serían las últimas líneas epistolares que dedicaría al esposo.
“Cuantos vienen de Cuba Libre y cuantos de ella escriben aseguran que te expones demasiado y que tu arrojo es ya desmedido (…) ¡Ah! Tú no piensas mucho en tu Amalia, ni en nuestros dos ángeles queridos, cuando tan poco cuidas de una vida que me es necesaria, y que debes tratar también de conservar para las dos inocentes criaturas que aún no conocen a su padre.”
“Yo te ruego, Ignacio idolatrado, por ellos, por tu madre y también por tu angustiada Amalia, que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya no te interesa la vida (…) Además, por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia que necesita tanto. Por Cuba, Ignacio mío, por ella también, te ruego que te cuides más”.
Como si de un presagio se tratara, apenas 11 días después de ser escritas tan sentidas palabras, Ignacio Agramonte pierde la vida en Jimaguayú, antes de poder leer la carta.
Resulta conmovedor pensar en Amalia ante aquel trágico suceso. Una historia de amor que tantos retos había vencido, se enfrentaba a la muerte como la única barrera insuperable. No se conoce con certeza como llegó la noticia, quizás en alguna carta o a través de los periódicos.
Su muerte, como suele ocurrir con los hombres de su valía, han dado paso a conjeturas o versiones variadas. Lejos de simplificar el hecho, su caída debe verse como ejemplo de fuerza moral y sentido del deber de uno de los más valerosos patriotas cubanos, quien, además de la fuerza del cuerpo, mostró la virtud del alma y la grandeza de la mente en el cuerpo de un solo hombre.