Evocación al 13 de marzo

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Dicen que llegó con el valor del guerrero romano ante una épica batalla y el Palacio Presidencial, y más tarde la emisora Radio Reloj, se tiñeron de rojo tras su paso. Aseguran que por unos segundos casi ajusticia junto a sus muchachos al tirano y que, a pesar del caos y el hálito de muerte, tornó la ciudad en torbellino y a la vida… en esperanza.
 
José Antonio Echeverría Bianchi iba en la cresta de aquel grupo bisoño, con voz desafiante que todavía hace trepidar corazones: “¡Pueblo de Cuba! En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial, el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas...”
 
La alocución era interrumpida, no así su viaje a la inmortalidad, porque “Manzanita” mostró un camino para amasar estrellas. Su faz retadora palpitó desde siempre en las trifulcas por los derechos del estudiante, en la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) renacida, en la denuncia pública por los atropellos hacia los asaltantes del cuartel Moncada, en la firma en México de una misiva solidaria junto a Fidel.
 
Pero él no es solo pretérito, hoy más que nunca vive en mil cosas: el himno que se lleva con orgullo en la garganta, la historia constante de un país irredento forjado desde la resistencia, el rostro lozano devenido clamor y convicciones ante un X Congreso, la verdad encontrada en el brazo del obrero, la mejilla campesina, en la voluntad de crear… en lo hermoso del hacer.

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