
‘’No basta trabajar, es preciso agotarse todos los días en el trabajo’’. Así ando, de frente al sol, la lluvia, el fango, por veredas, trillos, callejones, caminos vecinales llenos de polvo, carreteras repletas de arrugas, desniveladas, y otras un poco más lisas, todas zigzagueantes, subiendo y bajando lomas resbaladizas, bordeando el peligro de derriscos que ponen los pelos de punta, en medio del verdor campestre, entre cafetos, un árbol de flores blancas situadas en la axila de las hojas, donde las abejas liban el néctar y abundan muchos otros insectos como la cuarentiña, una hormiga que pica en caliente, el mosquito, un díptero que susurra en los oídos y clava su molesto aguijoncito en piel ajena para vivir de la sangre del ‘’forastero’’ sin pedírsela.