Aliñado con paciencia y amor
- Por Yanela Ruiz González
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Roger Darío Alcalá Sarmiento. Fotos: Cortesía de la familia y escuela
El título que acredita al joven holguinero Roger Darío Alcalá Sarmiento como Técnico Medio en Elaboración de alimentos no es solo un papel con letras perfectamente estampadas, sino la constancia de que la inclusión educativa es posible cuando la voluntad de muchos se convierte en ingrediente principal.
Bien lo saben sus padres Jublar Alcalá García y Yanitza María Sarmiento Sintres, quienes hace 18 años cocinan una receta distinta, con base fundamental de paciencia, amor y adaptación. El resultado: su hijo Rogerito, un joven con síndrome de Asperger, alcanzó un título y demostró que el talento no entiende de diagnósticos ni de condiciones especiales, siempre que sea cultivado y asesorado. Lo reafirman también sus reconocimientos por estar entre los mejores de la promoción del curso 2025-2026 del centro politécnico José Martí de la capital provincial y ser el Mejor graduado de especialista Cocinero A del Centro de capacitación del Turismo.
Llegar a la meta no fue “pan comido”. Hubo que enfrentar muchos desafíos y sacrificios en el trayecto, superados por la incondicionalidad y el amor inquebrantable de su familia, especialmente la determinación férrea de su madre y la red de apoyo tejida en las aulas a lo largo de su vida estudiantil.
“Desde pequeñito habíamos notado detalles en la manera de relacionarse y en sus intereses y preferencias. Nos habían dicho que era mal manejo, lo cual no nos satisfizo pues tenía la misma cuidadora y el mismo trato que le habíamos dado a nuestro hijo mayor Robertico, ya graduado de Doctor en Medicina”, refiere Jublar.
Pero Yanitza leyó, buscó información y se percató que lo de su hijo no era un trastorno de la atención con hiperactividad (TDAH) con posible autismo, como le habían diagnosticado en un primer momento de acercamiento a especialistas, sino que sus condiciones apuntaban a un trastorno del espectro autista, conocido como Síndrome de Asperger.

“Se irritaba con mucha facilidad y él mismo desconocía por qué no podía controlar su ira, se autoflagelaba con palabras ofensivas, caminaba con ansiedad de un lado a otro, manifestaba estereotipias propias de este síndrome. Siempre le explicamos con mucho amor que somos diferentes y todos no reaccionamos igual. Tampoco le hicimos hincapié en su condición especial, de la cual no supo hasta los 18 años”, comenta la madre.
Su padre cuenta cómo debieron asumir la crianza de su segundo hijo de una manera diferente y más unidos como familia. Recuerda la vez que Rogerito pidió sostener una conversación de hombres para hablarle de su orientación sexual, los momentos disfrutados en los juegos de pelota en el estadio holguinero y las celebraciones de sus logros, porque de eso se trata, de estimular y reconocer sus avances. “Si él está feliz, en la casa todos estamos felices”, acota.
Desde que se le detectó el síndrome, trastorno que a menudo afecta la interacción social y comunicación, Yanitza asumió un rol que iba más allá de la crianza. Comprendió que su hijo, a pesar de las dificultades inherentes a su condición, poseía una inteligencia notable y necesitaba un entorno estructurado, paciente y lleno de estímulos positivos para florecer. Entonces redefinió su vida para priorizar su desarrollo pleno.
“Mi vida profesional pasó a un segundo plano. Yo era Somelier y Capitana de salón en el restaurante 1720. Cambié de trabajo para adecuar mis horarios a las necesidades educativas y terapéuticas de Rogerito. Se convirtió en mi centro de atención constante. Estaba pendiente de su seguimiento escolar y la búsqueda incansable de estrategias para ayudarle a comprender y navegar el mundo social, que a veces se le presentaba confuso.
“La orientación de los especialistas era no darle teléfono, ni televisión, ni computadora, nada con pantalla. Pero en su caso aprovechamos, de manera dosificada, el uso de estos dispositivos en función de su educación y talento”, confiesa.
El viaje escolar
El trayecto educativo de Rogerito fue un mosaico de encuentros determinantes. No siempre tuvo toda la comprensión en las aulas desde el primer momento. Con la ayuda de su mamá logró el apoyo de compañeros y maestros y pudo superar cada etapa con resiliencia.
“En el seminternado Conrado Benítez, la maestra Mayelín Carballosa se convirtió en un pilar fundamental. Con mucha dedicación trabajó con Rogerito y todo el grupo para facilitar su integración. Fue aquí donde también encontró en su compañera Carolina, una amiga solidaria”, reconoce Yanitza.
El salto a la secundaria básica "Lidia Doce" representó un reto mayor. Algunos profesores, con honestidad, manifestaron tener poca experiencia o tiempo para trabajar en la inclusión de un estudiante con necesidades educativas especiales. Fue un período que exigió a Yanitza redoblar su comunicación con la escuela. Una vez más, la fortuna puso en su camino un apoyo invaluable: su compañero Darío, quien desde la naturalidad de la adolescencia, se convirtió en otro soporte dentro del aula.
“Logramos que transitara la enseñanza y con buenos resultados. Rogerito tenía un índice superior a los 97 puntos en la mayoría de las asignaturas y pudo optar por el preuniversitario, pero analizamos que el ambiente y las exigencias de ese nivel podrían ser excesivamente complejos y estresantes para su desarrollo integral. De conjunto con él decidimos explorar las opciones de la educación técnica, donde pudiera canalizar su inteligencia y meticulosidad hacia una habilidad concreta y un futuro laboral definido.
“A él le gusta mucho leer y se interesó por Bibliotecología, pero se estudia en el Centro Politécnico Calixto García, muy distante. Ahí no podía ir solo como ya estaba acostumbrado. Nosotros le hemos enseñado a ser independiente. En casa tiene sus tareas y cumple funciones en el hogar como cualquier miembro de la familia”, refiere Yanitza.
La meta alcanzada en el politécnico José Martí
Finalmente se decidió por la especialidad de Elaboración de Alimentos en el Centro Politécnico José Martí. Esta institución, que forma técnicos medios y obreros calificados vinculados al sector de los servicios, ofrecía el ecosistema necesario para Rogerito.
“Los primeros tiempos fueron complejos. Debía adaptarse nuevamente a otro entorno y que los muchachos lo entendieran y aceptaran. Eso conllevó a que mi presencia en la escuela se hiciera más frecuente en esa primera etapa, dialogar con los compañeros y profesores, para de conjunto lograr que se encaminara, algo que ya habíamos hecho en las otras enseñanzas.
“Las personas que tienen esta condición no entienden de normas sociales. Él llega a una cola y no pide último, va directo a lo que busca. Al principio eso chocaba con quienes no lo conocían. Poco a poco comprendieron y lo toleraban. Él no tiene filtro. Expresa su sentir de forma espontánea, aunque roce la indiscreción”, explica Yanitza.
En este centro encontró otra alma entregada y comprensiva que formó parte indispensable de la red de apoyo del joven, la profesora Enriqueta Zornoza Chapman, guía del grupo donde estaba matriculado.
“Su mesa estaba en el centro del aula y cerca de la pizarra. Al principio no aceptaba que otro estudiante compartiera el puesto de al lado, se irritaba con facilidad y reaccionaba de forma violenta, acto seguido se disculpaba”, significa la profe Enriqueta, quien desconocía la condición de Roger Darío.
“Al principio me hizo rechazo, pues no estaba familiarizado con mi presencia. Aquí hemos tenido estudiantes sordos-mudos, con un intérprete, y hemos recibido preparación sobre el lenguaje de señas, pero no había lidiado con este tipo de inclusión.
“Entonces empecé a trabajar con Rogerito, y a la vez con los profesores del grupo y los estudiantes. Lo primero fue hablar con los muchachos del aula. Me reuní con los psicopedagogos del municipio y de la escuela, leí y busqué características del síndrome de Asperger y lo integramos a equipos de mejores estudiantes para hacer sus trabajos, de modo que pudiera socializar.

“Progresivamente comenzó a interactuar con los compañeros. Eso nos tomó tiempo, mucha paciencia y apoyo de todos, pero cumplía al pie de la letra todas sus tareas. Muy exigente consigo mismo. Sus prácticas laborales las realizó en el restaurante 1720, un escenario familiar para él. Cada año era un reto”, subraya Enriqueta, quien con su sonrisa expresa la satisfacción de haberse ganado la confianza de Rogerito como si fuera una madre.
Hoy Roger Darío Alcalá Sarmiento no es el "niño con Asperger". Es un Técnico Medio en Elaboración de Alimentos. Su historia resuena como un mensaje poderoso: la inclusión educativa verdadera no es solo una tarea del sistema, sino una obra colectiva donde la familia es el motor, los maestros son los facilitadores y los compañeros, los puentes hacia un mundo social compartido.
Rogerito, con su propia inteligencia y perseverancia, trazó un mapa de éxito sobre un terreno que muchos consideran difícil. Título en mano, mira ahora hacia un futuro lleno de posibilidades, demostrando que cuando el esfuerzo se aliña con paciencia y amor, los resultados siempre son halagüeños.
