El magisterio: la pasión de Elia

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EliamaestraFoto: Elder LeyvaApenas había llegado al mundo cuando ocurrió uno de los hechos más trascendentales de la Revolución Cubana: la Campaña de Alfabetización. No imaginaron sus progenitores que 16 años después, tendrían en su familia a una de las más fervientes seguidoras de José de la Luz y Caballero y que el retumbar del lápiz, cartilla, manual del himno de aquella contienda, se iba a quedar grabado en la pequeña, al punto de seguir por esa ruta el resto de su vida.
 
Convertir a sus muñecas en discípulas fue uno de los entretenimientos favoritos de la infancia. Elia Enriqueta Pupo confiesa amar lo que hace, y lo dice con toda la devoción de su alma y una elocuencia envidiable. El magisterio no hubo que transfundírselo, ya corría por sus venas. Estudiaba en una secundaria básica cuando llegó una convocatoria para formar maestros emergentes en 1977.
 
“En el barrio de mi mamá vivían dos maestras que habían pasado por la escuela formadora de maestros emergentes Conrado Benítez, ubicada en La Cuaba, en las afueras del hoy municipio de Holguín. Ellas me orientaron. Hice todos los papeles y la secundaria facilitó mi matrícula. Aproveché la oportunidad. No había cumplido los 17 años y ya era maestra. Luego pude superarme en la Escuela formadora de maestros Oscar Lucero Moya”.
 
Como mejor graduada de ese centro en su curso, tuvo el honor de leer el compromiso de los egresados. Aquella etapa le despierta emociones y dice: “Muchos aluden que la formación emergente es sinónimo de no saber nada. Con toda la modestia, creo que sí nos preparamos con un gran sentido del deber de la tarea que nos correspondía. Entonces cumplí mi servicio social dos años en una zona rural”.
 
¿Cómo siguieron los 40 años en el magisterio?
 
Trabajé unos meses en la Escuela Primaria José de la Luz y Caballero, en mi terruño de San Germán, municipio de Urbano Noris, pues luego triunfa la Revolución Sandinista y Cuba dispuso maestros para colaborar en la Educación de Nicaragua. Fui una de las escogidas para llevar la enseñanza a esa hermana República, que tantos años había sufrido la dictadura Somocista. La gran cruzada nacional de Alfabetización me permitió vivir una experiencia similar a la protagonizada en nuestro país en el año 1961, cuando Cuba entera aprendió a leer y a escribir.
 
Supongo que fue una etapa difícil para una joven menuda, de apenas 20 años que siempre vivió al amparo de su madre...
 
Supe aprovechar el tiempo, sobreponerme a las dificultades, forjarme mejor ser humano y cultivar la semilla del magisterio. Aprendí a amar mi profesión. Al punto que me restan tres años para jubilarme y sufro por eso.
Los más de 300 reconocimientos y condecoraciones hablan por sí solos de cómo ha honrado su profesión…
 
Ostento las distinciones Rafael María de Mendive, José Tey, Por la Educación cubana y Trabajadora internacionalista, así como el Premio Especial del Ministro desde el año en que se instauró en la enseñanza Primaria, y resulté Vanguardia Nacional por 11 años consecutivos. Pero el mayor tesoro para mí es contribuir a la educación de generaciones de niños y que aún con el paso del implacable tiempo, ya convertidos en profesionales, me recuerden, llamen en cualquier lugar que me vean y profesen el abrazo infinito de orgullo. Es la mejor de las recompensas.
 
¿Cómo logra cautivar a sus alumnos?
 
Transmitiéndoles en mis clases la misma pasión que siento por lo que hago. Me desempeño en el área de las Humanidades, pero tengo especial atracción por la Historia de Cuba, una clase de esta materia tiene que ser un momento especial en el aula. El maestro tiene que amar y conocer bien lo que imparte, mucho más en el caso de la historia. Hay que sentirla, no repetir verdades, es hacer que el estudiante viva el escenario que, por el tiempo, está alejado. Dramatizan y escenifican los hechos y se conviertan en los propios héroes. La historia es eso, tocar la fibra del corazón y la conciencia.
 
 
¿Cree entonces que la batalla para formar los maestros que necesitamos se gana en el aula día a día?
 
“Pienso que cualquiera no puede ser maestro, a pesar de que hay varias vías para llegar a serlo. El acceso a las carreras pedagógicas debe ser más riguroso, pues quien decida caminar por la senda del magisterio debe sentir amor y tener vocación. En este sentido, nos corresponde a todos los que estamos hoy frente a las aulas, hacer una exquisita formación vocacional y trabajar este tema desde la temprana edad, para que el niño vea y disfrute el quehacer del maestro, y sepa que es la madre de todas las profesiones. Sin maestros no hubiera profesionales ni técnicos ni obreros”.
 
¿Cómo usted imprime a sus pupilos la pasión por la labor del educador?
 
Cuento con varias alternativas. En mi aula el Día del monitor va más allá de la revisión de tareas, pues el monitor da atención individualizada a sus compañeros de mayores problemas. Tiene un protagonismo y desde el aula de primaria se siente maestro. También doy seguimiento a los círculos de interés a través de un programa bien concebido, donde el niño vea de dónde venimos, cuál es la historia de la pedagogía cubana, y la continuidad de eso, las cualidades que deben caracterizar a un docente, que no es cualquiera, debe ser ante todo una persona que ame a los niños y desee enseñar a los demás, compartir lo que sabe.
 
¿En su familia alguien más siguió la ruta suya?
 
Tengo dos hermanas profesoras y mis nueras también son maestras. Llevan implícito el amor por la enseñanza y la educación, casi es tradición en la familia. Es maravilloso tener la mesa el fin de semana llena de libros, preparando medios y elaborando láminas. Ellas que son más jóvenes, impregnan espíritu renovador y buscan videos, programas novedosos, vinculan la tecnología con los métodos y medios tradicionales. Pero no por eso dejamos de hacer una vida de familia tan normal como otras. Comemos, lavamos, planchamos, y compartimos y alistamos todo para enfrentar con éxito la semana de clases.
 
¿Qué otro regocijo le ofrece haberse inclinado por la más noble de las profesiones?
 
Ser maestro me ha hecho ganarme la admiración de mis hijos, que aunque sus profesiones perfilan a la ingeniería y economía, siempre buscan mi apoyo para todo lo que, desde mi profesión, les pueda ayudar.
 
¿En su etapa como diputada a la Asamblea Nacional cómo pudo conjugar dos grandes responsabilidades?
 
Formé parte del Parlamento Cubano en la VII Legislatura (2008-2013), lo cual representó un alto honor y compromiso. Fue una etapa muy productiva y de aprehensión de conocimientos por las tareas que desempeñaba. Tuve la oportunidad de recorrer varias provincias y zonas del país y visitar escuelas. Ello me permitió retroalimentarme de cuestiones que me sirvieron en la práctica como docente.
 
Y es que para la maestra Elia, aun en los tiempos en que debe prescindir de la tiza, encuentra siempre la relación para no desvincularse de lo que ama. Ni intervenciones quirúrgicas le impiden seguir de cerca lo que sucede en la escuela, ni la atención a cuanto maestro o alumno requiera de su ayuda. Tampoco hay tregua para su fecunda actividad científica y proyecto medioambiental, en el que involucra a estudiantes y familia. Idear, pensar y concebir desde su casa, lo que presentará en la jornada martiana y eventos de Género y Pedagogía de su municipio son el mejor consuelo para cualquier aquejo.
 
“El más grande de los compromisos y sagrado de los deberes es formar a los continuadores del proyecto social socialista que se ha diseñado para nuestra Revolución desde el Primero de enero del 1959. No puede haber tregua con eso”, acota la Maestra.

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