De la cartilla a la vid con Martí

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entrevista abilio 01Fotos: De la autora

Cercano y con la calidez de quién lleva consigo las doctrinas del Maestro, Abilio Torres Batista, docente y vinicultor, habla de sus dos pasiones, sustento de sus días y alimento para su alma.

Profundamente ligado a José Martí; ha estudiado en disímiles ocasiones cómo el Apóstol incursionó y habló de las uvas y el vino, “un legado riquísimo”, refiere, y que motivó a su familia a escoger frases martianas para las etiquetas de las botellas del aromático licor, un distintivo que consideran tradición y raíces.

Desde la comodidad de la sala de su casa, cuenta cada detalle de los muchos años vividos entre la docencia y el descubrimiento de su amor por la vinicultura, hace ya casi dos décadas, cuando surgió un 14 de febrero la Bodega Torres Aguilera.

“Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender”.

Era muy joven cuando comenzó a alfabetizar. Recuerda que les dieron unas planillas muy lindas a sus padres para que las firmaran.

“Mi madre se opuso al principio, pero mi padre accedió de inmediato debido a su antecedente de lucha revolucionaria. Nos prepararon en Varadero, donde nos enseñaron a usar la cartilla y cómo dirigirnos a los alumnos, pues no era una tarea sencilla. ¿Te imaginas la confianza que los padres tuvieron en la Revolución para enviar a sus hijos a alfabetizar en tiempos tan complejos? Es algo digno de recordar”.

Lo asignaron a una zona llamada La Jagua, en el municipio de Rafael Freyre. Allí vivió en un campamento, donde todos los conocían como “el hijo de Monguito”.

“Conservé durante mucho tiempo mi bandera y mi farol. Lo que más recuerdo de esa etapa es haber presenciado de cerca ese amanecer espiritual: el despertar de las personas al aprender a leer y relacionarse con los demás. Era una obra inmensa que solo pudo haberla concebido Fidel Castro. Él comprendía profundamente al campesino, su apoyo y su papel. Aunque había miles por alfabetizar, en mi lugar logré cumplir la tarea con cinco personas en esa zona”.

“El deber de un hombre está allí donde es más útil.”

Cuando terminó la Campaña, viajó a La Habana en vagones de caña adaptados con pencas de guano y coco. Allí ocurrió algo que lo marcó para siempre: “En la Plaza, al concluir su discurso, surgió de la multitud un coro que gritaba: “Fidel, Fidel dinos qué otra cosa tenemos que hacer”. Y él respondió: “Estudiar, estudiar y estudiar”. Tal vez por eso nunca he dudado en ser esa persona que se desdobla para que los demás aprendan, que desearía que todos pudieran conocer”.

Cuando lo iban a licenciar del Servicio Militar, el país tenía necesidad de profesionales de la Educación. Se reuniron con sus compañeros en una sala del Moncada, en Santiago de Cuba, donde Abilio estaba en aquel entonces. Fue allí donde, simbólicamente, murió el médico y nació el maestro.

“Al salir de las FAR, fuimos reclutados para el Ministerio de Educación. Me formé como profesor de Biología, precisamente por ese gusto por la Medicina que aún conservaba”.

“Me presenté en la Dirección Provincial de Educación de Holguín. Primero me asignaron el municipio de Sagua de Tánamo, pero luego, por un cambio, me enviaron a Banes. En esa época existía un importante retraso escolar; incluso impartí clases a alumnos mayores que yo. Posteriormente, me destinaron a la secundaria básica Conrado Benítez, donde realmente comenzó mi historia en la docencia”.

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Después fue nombrado director de otra escuela, donde comenzó a aplicar ideas para motivar y alegrar a los estudiantes. Más adelante, le dieron la tarea de dirigir la Secundaria Básica Juan Jorge Soto en el municipio de Antilla. En un momento posterior asumió la Dirección del equipo de asesores de la Enseñanza Secundaria (aún no se llamaban metodólogos). De forma paralela, ocupó responsabilidades en el Partido. Esta última llegó por sorpresa, al igual que otras que ha asumido en la dirección educativa y en distintas instituciones del municipio de Holguín desde que llegó a él.

“Tras un período de inactividad por cuestiones de salud, se comunicó conmigo el compañero designado como director de la Vocacional que se fundaba en aquel entonces. Me invitó a formar parte del equipo del Consejo de Dirección de la escuela, que aún daba sus primeros pasos. Aquel día hablamos de todo lo que era necesario hacer para abrir las puertas de la institución, que llevaría el nombre de José Martí, y poder recibir a los primeros estudiantes. Trabajamos día y noche para lograrlo. Todo en aquel proyecto era mayúsculo: éramos un centro insigne en la provincia”.

Para Abilio, sus estudiantes son, han sido y serán como un tesoro. El cariño con el que todavía lo buscan es lo que lo nutre y da sentido a esta vocación.

“El vino es vida líquida, y sangre de la tierra ...”

“Todo comenzó por allá en el año ʻ75, trabajando junto a un grupo magnífico de profesores. Entre ellos, Fabio, un profesional de mucho mérito, fue mi primera inspiración: él tenía una mata de uva que despertó mi curiosidad. Sin embargo, fue tiempo después, cuando mi hijo ingresó al IPVCE, que el proyecto tomó forma. Él, junto a algunos profesores, le prestó mayor interés y concretó la idea. A partir de ese momento, empezamos a hacer vinos en casa. Creamos nuestra primera etiqueta y elaboramos vinos para regalar en fechas festivas y disfrutar en familia, nunca para venderlos”.

En 1993 nació en Holguín el Club de Vinicultores Bayado, creado precisamente por una docente. Cuando al Club se le ocurrió hacer un concurso sobre "Martí y el vino", se acercaron a Torres Batista. Sabían de su profunda ascendencia martiana y lo invitaron a participar para presentar una muestra de sus vinos. Enviaron dos trabajos, obtuvieron excelentes resultados y resultaron ganadores, lo que les dio el derecho a ingresar oficialmente al Club. Tras ello, realizaron todos los trámites legales para poder vender los vinos y comenzaron a participar en los Festivales.

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“Mi esposa y yo hemos participando en talleres de cata por distintas zonas del país. El esfuerzo familiar ha rendido frutos: tenemos alrededor de 54 premios a nivel nacional, dos Grandes Premios en vino tinto y otros 19 obtenidos en las Fiestas Iberoamericanas. Este reconocimiento ha sido el resultado de mucha dedicación y amor por el arte de la vinicultura”.

Al decidir el nombre de la bodega, me cuenta, una anécdota graciosa marcó el debate: “Un amigo, viendo una pequeña figura decorativa de un hombre haitiano, preguntó cómo se llamaba. Le respondimos "Vitorién", y él sugirió que ese fuera el nombre. Así surgió Casa Vitorien, cuya explicación nos encanta: Vi (de vino), T (de Torres, nuestro apellido) y Orien (de Oriente). También creamos otra marca, Holvinero, más llamativa e internacional”.

“...los brazos de las madres son cestos floridos.”

“Soy una persona de origen humilde, hijo de campesinos. Mi padre solo había cursado hasta el cuarto grado, y mi madre contaba con menos instrucción académica. Aun así, el primer sabio que conocí y quien más ha impactado mi vida fue precisamente él. En la zona donde crecí, la única biblioteca existente se encontraba en mi propia casa. Mis padres siempre procuraron brindarme un ambiente de preparación y cultura; fue allí, en el hogar, donde me enseñaron a leer”.

“Mi padre escribía poesía, y de él me viene esta herencia. Recuerdo que, siendo muy pequeño, mi madre me sentaba en sus piernas y repetía los versos que él creaba; así, desde la ternura, me aprendía sus poemas. Y con esa misma devoción me acerqué al más universal de los cubanos, quien no deja de sorprender por su profundo pensamiento, la agudeza de sus versos y prosa, la fineza de cada palabra empleada y esa única forma de describir todo lo que pudo en su corta vida.”

Y mientras muestra una de las frases plasmadas en las etiquetas de sus vinos, confiesa tener la gran necesidad de que la vida se alargue, con sus tropiezos y alegrías, el deseo mayor de muchos días para abrazar a su familia, disfrutar de un buen vino, leer al Apóstol y, sobre todas las cosas, agradecer por todo lo vivido.


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