Cine de Guerrilla

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cineguerrilla H6Rigoberto Gámez Téllez . Fotos: Katherin Morán Barnet

“El cine es lo más grande que hay”, repite constantemente mientras comparte anécdotas de una labor a la que dedicó medio siglo de vida. Su pasión por el séptimo arte lo llevó a recorrer intrincados parajes y le valió el eterno agradecimiento de muchos, a quienes regaló la experiencia de disfrutar de una película por primera vez.

Para el incansable Rigoberto Gámez Téllez no existían imposibles, si de promover la cultura se trataba. Defendía el compromiso como herramienta básica de trabajo, pero reconoce que, sin el pequeño panelito soviético que tantos años lo transportó, sus aventuras de guerrillero cinematográfico se habrían tornado el doble de complejas. Gracias a ellas, obtuvo un singular sobrenombre que lo acompaña hasta hoy.

“Me decían Guerrilla. Así me puso un conocido de Santiago de Cuba, porque yo era de los que iba a cualquier lugar. El carrito estaba viejo y me advertían que no era recomendable viajar a zonas de tan complicado acceso, pero tenía clara mi misión”.

Su amor por el cine estuvo presente desde la infancia, época en la que improvisaba una pantalla con una sábana y un candil, para disfrute de todos los niños del barrio. Con la imaginación característica de las primeras edades, el público sentía estar en una gran sala de proyecciones, gracias a la ingeniosidad de su amigo Rigoberto.

“Recuerdo que un día cogió fuego la pantalla”, confiesa entre risas al recordar esos momentos. Durante el servicio militar colaboró en la programación que se divulgaba en la unidad, pero no fue hasta 1970, de vuelta a la vida civil, que inició su trabajo en el mundo por el que sentía especial devoción.

“Desde que comencé como obrero del sistema del cine en Holguín, recibí mucho apoyo para poder materializar las actividades que tanto gustaban y por las que me agradecían siempre, a pesar de cualquier limitación material que pudiera existir.

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“Trabajé en zonas del Plan Turquino de la provincia, y en varias partes intrincadas de Santiago de Cuba y Guantánamo. También estuve un tiempo movilizado en Camagüey.

“Luego comencé a encargarme, además de mi labor como promotor, de dar mantenimiento a los proyectores. Fueron varias las películas que llevé hasta esos parajes, la mayoría cubanas, como El Joven Rebelde, Lucía y El Brigadista, pero también soviéticas y de otras nacionalidades”.

No disimula su emoción al hablar de la calurosa acogida con la que lo recibían en cada lugar visitado. La nostalgia lo invade al pensar en esos rostros, que adquirían un singular brillo gracias a la magia del cine. Para Guerrilla, aquello era un sueño.

“Siempre soñé que algún día me vería rodeado de gente campesina, todos frente a una pantalla. Los muchachos se volvían locos de felicidad, al igual que las personas mayores. Sentía que, además de hacer que se divirtieran, estaba ayudando a educarlos.

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“A veces las lomas se lo ponían difícil a mi carrito, pero los campesinos no dudaban en ayudarme a empujarlo. Todo el mundo se involucraba. Cuando iba a las escuelas llevaba muchos documentales, de varios temas. Los estudiantes los disfrutaban muchísimo, y también sus maestros.

“En una ocasión fui a una comunidad con fama de complicada. Me habían advertido, para que no fuera, pero eso no era una opción. Cuando llegué allí comencé a llamar a los jóvenes, los hice parte del proceso. Me ayudaron a desmontar las cosas y todos agradecieron la actividad. Creo que no hay lugar malo, lo importante es saber tratar a las personas”.

En 1976 asume una de las tareas más difíciles de su vida, pues viaja a un lugar distante y con un ambiente convulso por aquel entonces. En ese año, Guerrilla partió como internacionalista para Angola.

“Iba por la parte del cine y compartí directamente con un compañero que era bibliotecario. Una vez tuve que alejarme del resto del grupo, pues necesitaba una pieza para reparar uno de los equipos de proyección. Me advirtieron que eso era peligroso, pero no tuve miedo, siempre he pensado que la muerte está en cualquier lugar.

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“Cuando íbamos para allá sabíamos que, independientemente de nuestra función oficial, debíamos fungir de combatientes si era necesario. Allí estuve en distintos frentes y me fue posible llevar el cine hasta zonas como Luanda y Negache”.

Gámez Téllez revive aquellos momentos con la seriedad de quien sintió, en carne propia, la difícil situación que imperaba en ese país africano. Nunca participó en un combate, pues esa no era la misión, pero cumplió con su deber cabalmente.

“La tropa se alegraba con los filmes y era muy sacrificada. Fue un honor para mí estar cerca de ellos, a pesar de encontrarme lejos de mi familia. Aprendí muchísimo en Angola”.

De regreso a Holguín en 1978, Guerrilla mantuvo un estrecho vínculo con la vida cultural del territorio y, específicamente, con el mundo del cine. Se sobrepuso a las dificultades del Periodo Especial y no cejó en su empeño de divulgar la riqueza fílmica del país.

Participó en múltiples eventos y su larga trayectoria laboral, le mereció varios reconocimientos y medallas que su esposa atesora con especial recelo, pues los ve como el fruto de tantos años de entrega.

Guerrilla agradece esos estímulos, por parte de varios organismos e instituciones, pero confiesa que es otro el premio al que debe sus mayores alegrías.

“- ¿Te acuerdas cuando ibas a dar películas? - Eso me lo han preguntado muchas personas que se asoman a mi reja, desde que me jubilé en el 2020. Es increíble que, después de tantos años, todavía se acuerden de lo que hacíamos.

“Ese es mi mayor premio, sentir que dejé mi huella con mi trabajo de cinco décadas. Por eso nunca me cansaré de decirlo: el cine es lo más grande que hay”.

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