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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Sáb, 16 Dic 2017 - 15:36

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Un día inusualmente cálido

Fue un día inusualmente cálido. El pavimento recalentado reverberaba. Altísima la humedad relativa, con los camiones del transporte urbano convertidos en decenas de rebosantes ollas “reinas”. Miles de holguineros residentes y “población flotante” hacían colas o iban de un lugar a otro en sus trajines cotidianos. Sucesivas quinceañeras se asaban en sus “convertibles” bañadas en sudor durante las vueltas de rigor al Parque. El calor maduraba aceleradamente los vegetales de los carretilleros y marchitaba las flores, a diez la docena, de los floristas. Jadeaban los caballos tirando de sus coches. La Loma de la Cruz curtida por el sol semejaba un paisaje lunar.

Nada presagiaba la lluvia. Sin embargo, cerca de las seis comenzó a nublarse el cielo sobre la ciudad. Las nubes grises se volvieron nubarrones, y empezó a soplar una brisa seca que arremolinó hojas y basura. El transporte había entrado a tiempo y los pasajeros esperaban, comentaban entre ellos que al fin había amainado el calor y podían respirar algo de aire fresco. Los más optimistas auguraban “el aguacero que va a caer” y meteorólogos empíricos decían que cuando hace tanto calor, “prepárate pa’ tronco ‘e palo de agua”.

Ya el pasajero había pasado por la taquilla para descubrir, el desdichado, que no quedaban turnos porque “pusieron el carro chiquito, pero ponte en la cola que, como es el último viaje, se va todo el mundo”. Dos docenas de viajeros rodeaban expectantes un carrito como de juguete, esperando la hora de subir. No obstante, miraban azorados el cielo casi completamente negro, sentían el azote de la brisa húmeda y comentaban que “deberían cargar antes de que empiece a llover”. Varios recién llegados repetían la cantinela de “¿le sobra un turnito, a quién le sobra uno?”.

El fogonazo seguido de horrísono trueno, arrancó un clamor. Y minutos más tarde, gruesas gotas comenzaron a caer. Muy gruesas. Los pasajeros se precipitaron camión arriba para guarecerse. Alguien musitó su duda: ¿Y si nos bajan? Y otro contestó: “¿Quién nos va a bajar en medio del aguacero?”. Pronto llegó la respuesta en voz del conductor-cobrador, que les conminaba a descender para ser llamados por tus turnos según lo estipulado pues él debía “cuidar su trabajo”. Y advirtió, admonitorio que la culpa era de ellos por indisciplinados. Mientras más demoraran en hacerlo, más tarde saldría en camión. Los goterones eran pedradas sobre el metal del vehículo.

Algunos propusieron la resistencia suicida, otros quisieron negociar pero fueron vanos intentos: había que bajar bajo las pertinaces lloviznas. El octavo pasajero comenzó una moción que empezaba así: “Hay que tener jandinga…”. La respuesta fue contundente y combativa: “Si se iban a meter en algún lado, hubieran ido para la terminal, que es bastante grande”.

El octavo pasajero se preguntó si en ese caso, hubieran acoplado al camión un túnel como suele hacerse con los aviones, para que los viajeros subieran al camión sin mojarse. Al pie de la escalera y bajo la lluvia, la cargadora “cantaba” los turnos con voz trémula; cada trueno la hacía tragar en seco y ponerse verde. El grupo se arremolinaba en un barullo de personas y equipajes mojados. Los pedacitos de papel rotulados con bolígrafos se deshacían entre los dedos.

En medio del copioso aguacero el camión arrancó; del techo caían chorros de agua que pronto hicieron charcos, el viento azotaba las frágiles ventanas y las hacía traquetear


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