Dulce tormento

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agujaLlegó silenciosa. Dicen que siempre estuvo detrás de mi. Fue calculadora. Ante el primer momento de debilidad dió un portazo y entró en mi vida para siempre. No entiende de horarios ni de lugares. Todo los días me pone a prueba, exige cuatro contactos físicos, sin chistar. Es crónica e insaciable. Quema toda mi energía. Si dejo que me domine, es capaz de dejarme tirado en cualquier lugar.

Era muy niño cuando comenzó nuestra relación. Se aprovechó de mi inocencia y terminé en la sala 5to P del Pediátrico. Allí comprendí que ella nunca me dejaría y que debía aprender a vivir con lo que el destino me había “regalado”. Para combatirla lo principal era la dieta: desayuno con frutas, una lasca de queso de dos dedos, yogurt natural, huevos hervidos, cero soya…ehh, doctora, ¿en que país usted vive?
Debí ser más responsable desde el inicio, mi debilidad era su fortaleza. Siempre me demostró que con ella nadie podría. No fueron pocas las veces que me propinó golpes con los que perdí la conciencia. A menudo, la desenmascaraba y casi nadie me creía. No podía demostrar que con mi contextura física y mi estilo de vida, era víctima de sus excesos. Al final ella, inocente, y la culpa siempre mía.

Con los años me fue fácil percibir su acecho. Cuando estaba cerca yo sudaba frío, me ponía malhumorado y hambriento. Muchos me recetaron el alcohol, “tirarme a la vida”; otros me dijeron que no moviera un dedo y que era mejor si me quedaba quieto en casa. Solo mi mamá dió con la solución: irle de frente, no luchar contra ella, hacerla mi aliada. Ella condicionaba mi vida, pero no me impedía vivirla.

La tarea no fue sencilla y la sociedad no me la puso fácil. Hay desconocimiento, perjuicio, lástima. Como Quijote con la adarga en brazo, salí a enfrentarla: en mis manos llevaba el “dooping” con el que debía inyectarme varias veces al día. Al inicio fue difícil, me daba pena asestarme un pinchazo delante de la gente. Mis amigos me veían como muñeco de feria y cuando sacaba la jeringuilla me hacían coro para ver el “espectáculo”.

Su acompañamiento no me impidió disfrutar la vida de la beca del pre, los torneos de softbol, las discotecas. Sabía que debía cuidarme, que tenía que ser responsable. Era “enferma a las cumpleaños”, y fui con ella. Descubrí que el dulce me hacía daño, así que para pasar desapercibido aprendí el oficio del trueque: cambiaba los dulces por el pan con pasta y el kake por la pizza, así sobreviví.

Un día conversamos. Quiso pactar. Se dio cuanta que no había podido rendirme. Yo había ganado la batalla, aunque la guerra nunca cesaría.
El camino es áspero, a cada paso me tienta con dulces y alchol, si los pruebo, ella toma el control. Decubrí que la fuerza de voluntad era mi mejor arma. Ahora siempre estoy atento, aunque celebro y me emborracho hasta la perdición con cola dietética. Ya son 15 años de relación y aunque algunos exageran y la ven como una “asesina silenciosa”, yo convertí a la diabetes, en mi mejor alíada.

Juan Pablo Aguilera Torralbas
Author: Juan Pablo Aguilera Torralbas
Licenciado en periodismo. Amante de la fotografía y de los recursos gráficos. Creo en los datos para construir historias veraces y atractivas.
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