Pito, Papi, Papá…

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Padre e hijos
 
Dicen que la teoría a veces queda rezagada por la experiencia, así que para cuando una amiga doctora dio la noticia de su embarazo, ya él le explicaba los cambios, acaloramiento y hasta sensaciones por llegar. Daba fórmulas para elevar el líquido amniótico, conocer el sexo del bebé, y cuanto asunto pudiera surgir durante “40 semanas y más”.

Un hombre “embarazado” es terrible, no solo por los “antojos”, presentes a cada rato, sino porque llega a “conocer” tanto, que por la cantidad de pataditas cree saber si es hambre o hipo lo que tiene su bebé. Pero ese tema tiene tanta “gaza” por donde cortar que mejor se deja para otra canastilla, digo cuartilla.

Para seguir la historia, llegada la hora, del “parto” le tocó la peor “parte”. Los nervios sacando de paso y los custodios de piso. En fin…que tras la buena noticia y todo el mundo ver la foto en la incubadora, al móvil se le activó un patrón justo en sus narices. Sin aparecer el dueño que lo desbloqueara él salió a encargarse de lo que toca en estos casos, entonces, riiimmm, esta vez era el suyo, -diga, y del otro lado- uah, uah. Fue amor a primer sonido.

Tal vez porque se conocieron primeramente así, a ella le encanta hablar por teléfono y su “contacto” favorito es el de él. Uno en el cuarto, el otro en la sala- ¿cómo te portaste hoy?, manófono en mano - Ben, -¿te comiste la papa?, -Shi. Hasta que no aguanta más, abandona su teléfono de juguete y corre- Pito, pito, miga (papito, me está picando una hormiga), o cualquier otro invento para que la cargue, la acaricie y juegue con ella.

En las tardes lo recibe. Apenas puede sentarse, porque ya ella trae la pelota, la muñeca o las claves para tocar y cantar. Entonces él la complace, pese a la sed, el calor, la carpeta, el agotamiento…

Un primo le había contado que, lejos de los poemas y frases hechas, después de encerrarle el dedo con su manita, también lo haría con el corazón. No tardó mucho tiempo, pues el instinto de agarrar se presenta pronto, así que la magia surgió enseguida, al igual que el orgullo de padre recién desempacado, por ver las primeras cosas que hacía su nené. Y lo atrapó de tal manera que solo basta un parpadear coqueto, una sonrisita y un beso para derretirlo como al helado que le compra.

Pudiera pensar que es tan blanca por haberme “robado” todo el calcio, que aborrece los vegetales por mis “sobredosis” de ellos en la gestación, que adora bailar por su praxis de “movimientos” en el vientre, pero no es así. La genética hizo de las suyas. De no haber sido yo quien la acunara en mis entrañas pensaría que es un producto exclusivo de sus escrotos.

Su misma cara cuando tenía igual edad, el mismo color de pelo, los mismos ojos…una digna fotocopia con otro sexo.

Como todo padre que se respete, le pone el short al revés, le hace los peinados más exóticos y menos organizados, le inventa combinaciones extrañas con la ropa, le permite divertirse desde el desorden...

“Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve pianista”, o que “no es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos”; pero cuando todo se combina, cuando se tienen claras las razones de por qué se trae otra persona al mundo, siempre es mejor.

Un padre desafía sus miedos cada jornada, inventa caminos para allanarle los pasos, retoza cansado, ríe preocupado. Cuida más que del hijo de la familia. No compite con el amor de madre, el suyo es igual de grande, siempre que ambos, sin necesidad de compartir la cama o la vida, coincidan en su persona favorita.

A él le da igual cómo le llame, pues sabe que lo hace desde la ternura, le place que solo quiera estar con él, comer la papa con él, tomar la leche con él. Por ser niña o por la facilidad del sonido, por amarlo como a nadie, por tener igual carácter o por lo que sea, ella dejó claro su gratitud desde los cinco meses, levantó la cabeza, balbuceó un poco y gritó estrepitosamente PA-PÁ.
 

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