La historia de Armando contada por su casa

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Armando Paredes del Castillo creyó haberlo hecho todo bien. Estudió en la universidad como soñaron sus padres, se hizo máster casi de inmediato, cumplió misión internacionalista y volvió a casa con el sueño de ofrecer un hogar a su familia, la recién construida, porque él no solo trabajaba, también amaba.
 
Sobre la añeja casa familiar planeó Armando construir la nueva morada, y después de sacar cuentas y usar todas las ecuaciones que conocía, incluida E=mc2, casi se rinde, pues ni con logaritmos consiguió encontrar un cálculo de presupuesto que se ajustara al propio y le diera eso que ahora se conoce como una vivienda digna. Calculaba que, con el precio de los materiales, cuando aparecieran, lo obtenido en la misión duraría lo que una micción y no le iba a alcanzar para poner paredes y techos a su sueño. Por eso pidió un crédito. Eternos le parecieron los seis meses que demoró aquel trámite, pero al fin, efectivo en mano, salió a recalcular su anhelo.

Se resistía a sucumbir a los “desencantos” del mercado negro y sus coros de sirenas que hacían temer el naufragio de su bolsillo, pero en el oficial, solo abundaba el desabastecimiento.

En este punto, el proyecto de vivienda digna había mutado a célula básica, a fin de ponerle muebles dentro, le daba igual si era eucariota o procariota, el tamaño del núcleo o de la mitocondria, mientras sobre la pared celular pudiese acabar de poner “la placa” y no precisamente de Petri.

Embarcados, en el amplio sentido de la palabra, en esta aventura constructiva, Armando y su esposa dedujeron, tras un análisis de ingreso-gastos-capital, que era imposible hacerlo del modo tradicional.

Lo leyeron en la prensa: viguetas y plaquetas, ¡esa era la solución! Y allá fueron ellos, al punto de venta donde solo había las primeras, pero como la luz de adelante es la que alumbra, según decía su abuela, Mandy se llevó las viguetas y se volvió habitual del “rastro”, con la esperanza de ser el primero en enterarse cuando llegaran las plaquetas.

Para cuando se rindió en este empeño, conocía los nombres de todos los trabajadores del establecimiento y sus iguales en la ciudad, los de los revendedores de afuera y hasta el de un policía que lo confundió con negociante de áridos y acero.

Cansado de una espera a todas luces estéril, cambió su proyecto de cubierta por la novedosa variante del cofre perdido, o sea planchas de poliespuma y malla electrosoldada con una capa de mortero. ¿Vieron cómo había aprendido? Ya casi podía cambiar de profesión.

Las planchas aparecieron enseguida, pero las mallas, ah, esas sí que demoraron, tanto que tres bolsas de cemento se volvieron piedra y comenzaron a tornarse verdes los ladrillos de los muros que ya habían levantado Armando y aquel albañil de cuyos honorarios no quiere acordarse.

Un día, casi por azar, las vió, acomodaditas en el fondo del patio donde vendían los materiales. Para entonces Armando casi había cambiado su proyecto a cubierta ligera, o sea, tejas, pero las mallas volvieron.

No obstante, como la vida es más rica que el plan, según afirma alguien que Armando y yo conocemos, el dinero se había agotado en emergencias familiares, fines de mes que no terminan nunca y zapatos para ir decente al trabajo. Así que vendió la cadenita oro heredada de su abuela, el microwave, bajo protesta de su esposa, y hasta la fiel compañera de sus noches de tesis, una laptop en obsolescencia por la que solo obtuvo 10 sacos de cemento, perdónenlo, que ya el piensa en áridos y no en pesos convertibles.

Y estuvo el techo, luego repello y la “obra muerta”, que le costó un ojo y tres cuartos del otro, pero con lo que quedó pudo ver al fin la casa terminada: una a la que llamar suya, el sueño de tantos, pensó descansando sus 65 kilos y un metro setenta sobre la cama, donde comenzó a planear la reparación de la casa de sus viejos que ya empezaba a reclamar a gritos que “le pasaran la mano”.
Liset Prego Díaz.
Author: Liset Prego Díaz.
Yo vivo de preguntar… porque saber no puede ser lujo. Esta periodista muestra la cotidiana realidad, como la percibe o la siente, trastocada quizá por un vicio de graficar las vivencias como vistas con unos particulares lentes
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Comentarios  

# YORVANIA 23-11-2018 04:04
Simplemente genial ,una periodista poeta, profunda.
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# M.Alejandra 23-11-2018 09:52
Me compadezco de la historia de Armando y eso que no hablo de los trámites que hay que hacer para poder comenzar a construir que es otro infierno. Pero te deseo muchas Felicidades pues lo lograste.
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# Liset Prego 29-11-2018 10:55
La historia de Armando es solo la punta del iceberg, por desgracia, lograr contarla no es realmente difícil cuando es tan cercana a la realidad de tantos, gracias por sus comentarios.
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