María Elena Llana y su casa del Vedado
- Por Liban Fernando Espinosa Hechavarría
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Hay que subir pocos escalones, tocar, esperar. La puerta se abre y aparece ella, menuda, con esa mirada vivaz que no ha perdido ni un grado de curiosidad. Detrás, el apartamento: un espacio luminoso, cuidado con esmero, donde cada objeto parece tener una historia y un lugar. Está cerca del mar. No hace falta que nadie lo diga: el aire salobre se cuela por los ventanales, si uno se detiene, se percibe esa humedad salina que en el Vedado lo impregna todo. Es un apartamento muy bonito, de techos altos y piso de granito pulido, con esa elegancia antigua que no necesita alardes. María Elena Llana me recibe con la espontaneidad de quien te conoce de toda una vida.
Fui a llevarle un detalle de un amigo en común. No sabía que esa tarde de 2022 terminaría sentado en el interior de uno de sus propios cuentos.
El armario de historias
Hay imágenes que resumen una vida. En un rincón del cuarto, dentro de un armario, descansa su computadora. No es un detalle menor. En esa casa junto al mar, la modernidad se guarda en el clóset. La escritora que ha retratado como nadie el derrumbe silencioso de la burguesía habanera, que ha hecho de las mansiones venidas a menos un personaje más de sus relatos, seguía escribiendo en un espacio que parecía negarse a la intemperie. El armario como refugio, como cueva de una narradora que lleva más de seis décadas construyendo ficciones desde los márgenes.
Le pregunto por Casas del Vedado. El libro, publicado originalmente en 1984 y merecedor del Premio de la Crítica, reúne once relatos que recorren ese barrio emblemático. Me dice, con una sonrisa, que el apartamento donde estamos sentados —tan bonito, tan cerca del mar, tan lleno de luz— bien podría ser una de esas casas que aparecen en sus cuentos: opulentas en el recuerdo, imposibles de asimilar en el presente. Los personajes de Llana, mayormente femeninos, se desenvuelven en espacios suspendidos entre la vida y la muerte, entre lo que fueron y lo que ya no serán. El mar, ahí afuera, a pocas cuadras, es el telón de fondo de esa melancolía.

La periodista que quería contar la historia inmediata
Le pregunto por su otra vida, la que ejerció antes de que la ficción lo absorbiera todo. Se graduó de la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling en 1958, el mismo año en que Cuba cambiaba. Trabajó en periódicos, revistas, radio, televisión, en la agencia Prensa Latina. Fue redactora de mesa, titulista, reportera, cronista, crítica de teatro y de plástica.
—¿Por qué el periodismo? —le pregunto.
Su respuesta llega sin titubeos: le atraía la función social de contar la historia inmediata. Le fascinaba la idea de que lo que se escribía hoy en los periódicos sería lo que se recogería mañana cuando se analizara toda una época. Había otras opciones, el magisterio, la medicina, profesiones donde se ayuda a la gente. Pero el periodismo tenía eso: la posibilidad de dejar constancia.
Le pregunto qué la reconfortaba de esa labor. Habla de la radio, de la que fue eterna enamorada, de las investigaciones sobre técnicas de radiodifusión, de las adaptaciones de clásicos al lenguaje radiofónico. Ahí, en ese trabajo artesanal de traducir a Cervantes o a Chéjov al idioma de la onda hertziana, encontraba una satisfacción que la escritura solitaria no siempre le daba.
Una tarde de jurado
En esos días de 2022, Llana no solo atendía visitas. Era jurado del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Ese año, el certamen recibió mil noventa y ocho obras de veintiocho países, y el fallo —que se dio a conocer en agosto— premió a la colombiana Laura Restrepo por su cuento Mangos. El jurado lo completaban Abel Prieto y el argentino Oliverio Coelho.
Le pregunto por ese encuentro con los otros miembros del jurado. Se ríe. No entra en detalles protocolares. Lo que le importa es el cuento, la literatura, la conversación entre pares. Esa tarde, mientras en su apartamento del Vedado hablábamos de periodismo y de fantasmas, en algún lugar de La Habana se ultimaban los detalles de un veredicto que reconocería la maestría de Restrepo para exponer la violencia y la crueldad que marcan trágicamente a la región.

La tercera mujer, la tercera cubana
Hay un dato que flota en el aire, aunque en 2022 aún no se había concretado. Años después, en 2026, María Elena Llana sería nominada al Premio Cervantes, convirtiéndose en la tercera cubana en aspirar al máximo galardón de las letras hispanas, después de Fina García Marruz y Dulce María Loynaz, esta última la única que lo ha ganado, en 1992. La nominación llegaría impulsada desde México por la académica Alejandra Giovanna Amatto Cuña, y Llana la recibiría con el humor que la caracteriza: cuando un periodista amigo la llamó para contarle.
Pero esa tarde de 2022, mientras tomábamos café en su sala luminosa, con el mar a pocas cuadras y la brisa moviendo apenas las cortinas, el Cervantes era todavía una sombra lejana. Lo que había era una mujer de ochenta y seis años que seguía escribiendo, que acababa de publicar Casas del Vedado en una nueva edición mexicana, y que se preparaba para lo que sería un homenaje por sus noventa años, aunque eso aún no lo sabía. Tampoco imaginaba entonces que poco después recibiría el Premio Nacional de Literatura, ese galardón que vendría a coronar una obra construida con la paciencia de quien sabe que las palabras, a veces, tardan en encontrar su casa.

La casa como personaje
Antes de despedirme, le entrego el detalle de nuestro amigo en común. Lo recibe con una calidez que desmiente cualquier fama de ermitaña. Porque Llana vive inmersa en su apartamento de El Vedado —ese apartamento tan bonito, y tan cerca del mar—, pero no está aislada: está habitada por sus personajes, por las voces de los clásicos que adaptó para la radio, por los recuerdos de una carrera que abarca la prensa, la docencia, la narrativa, el guion.
Salgo a la calle. El Vedado de 2022 es un barrio de disímiles fachadas y árboles enormes, de gente que camina bajo un sol implacable. A pocas cuadras, el malecón y el mar. Pienso en Casas del Vedado, en esos relatos donde los objetos preciados se convierten en evocaciones de tiempos que no volverán, en símbolos que invocan fantasmas o adquieren poderes inexplicables. Pienso en la computadora dentro del armario, en esa resistencia silenciosa a la intemperie, en la mujer que ha convertido un barrio entero en literatura y que, a sus ochenta y seis años, seguía escribiendo desde el fondo de un clóset, en un apartamento hermoso a pocas cuadras del mar.
María Elena Llana no necesita salir de su casa para recorrer el mundo. El mundo, desde hace décadas, entra a su casa a través de los libros, de los recuerdos, de las historias que cuenta con esa mezcla de humor y profundidad que la crítica ha señalado como su marca distintiva. Yo solo fui a entregar un detalle. Terminé llevándome, sin saberlo, el regalo de una tarde que bien podría ser un cuento suyo: un apartamento bonito cerca del mar, una escritora que se ríe de los premios, y la certeza de que los fantasmas, a veces, también escriben.
Porque aquella tarde yo había ido a visitar a María Elena Llana en su casa del Vedado, y terminé recorriendo, sin moverme del sillón, todas las Casas del Vedado: las de su libro y las de su vida. Y guardo, como el más preciado de los detalles, el honor de haber conversado distendidamente con alguien que ya es parte de la historia de Cuba y de su literatura.
