Después del aplauso
- Por Isabel Hechavarría Hernández
- Hits: 1302

Una muchacha se detuvo frente a la cola de un cajero automático y comenzó a cantar. No había escenario, telón ni butacas. Su público estaba compuesto por personas que esperaban, probablemente más preocupadas por el calor y sus gestiones pendientes que por escuchar una interpretación musical. Cuando terminó, recibió lo que Onelio Escalona Vargas describió como “un aplauso tremendísimo”. Para él, aquella reacción fue suficiente para pensar: “valió la pena”.
La anécdota surgió durante el panel La Enseñanza Artística en Holguín. Su relación con el Desarrollo Cultural, celebrado en el Museo La Periquera. Y aunque podría parecer apenas una experiencia curiosa dentro de tantas otras, encuentro en ella una de las cuestiones que más deberían preocuparnos: cuánto puede conseguirse mediante la voluntad de los profesores y cuánto estamos dejando, precisamente, en manos de esa voluntad.

Antes del encuentro, los estudiantes de segundo año de la especialidad de Teatro de la Escuela de Instructores de Arte habían desarrollado un ejercicio de silencio orgánico en la entrada del Museo Provincial La Periquera. Sus rostros pintados y movimientos corporales atrajeron la atención de quienes transitaban por el lugar. Luego, las presentaciones de Camila Leyva González, integrante de Codanza, y María Carla Sánchez Martín, estudiante de Canto del ISA, continuaron mostrando distintas expresiones del talento que se forma en las instituciones artísticas holguineras.
Resulta fácil admirar una interpretación, pero pocas veces pensamos en todo cuanto la precede. Los años de preparación, los ensayos, los maestros que corrigen una y otra vez, los recursos que hacen posible cada aprendizaje. Tampoco solemos preguntarnos qué sucede después, cuando esos muchachos abandonan las aulas y necesitan encontrar su lugar dentro de la vida cultural.
Hirio Vera Martínez, director de la Escuela Elemental de Arte, no pudo separar los resultados docentes de las condiciones en que estos se consiguen. La participación de las familias, el compromiso de los profesores y las dificultades con los instrumentos y accesorios formaron parte de sus reflexiones. También defendió la formación de “el artista integral, [...] el buen ser humano, la persona humilde, la persona comunicativa”. Una preocupación compartida por María Faustina Monier Ribeaux, para quien “lo primero que hay que hacer es formar buenas personas.”
Hay mucho de cierto en ambas ideas. La enseñanza artística no puede limitarse a desarrollar habilidades técnicas, porque también educa la sensibilidad, la disciplina y la manera en que nos relacionamos con los demás. Pero esa formación integral que tanto defendemos necesita algo más que buenos propósitos. Un estudiante puede tener excelentes profesores y una enorme disposición para aprender; aún así, necesita instrumentos, materiales, espacios adecuados y oportunidades para poner en práctica lo aprendido.
Y aquí aparece una contradicción que considero difícil de ignorar: dedicamos años a preparar artistas, pero no siempre conseguimos garantizarles un espacio donde continuar desarrollándose.
Vianky González, directora de Codanza, lo expresó con una claridad que difícilmente necesita adornos: “no podemos estar formando estudiantes para que al final esos estudiantes no tengan a dónde llegar”.

Su preocupación por la continuidad de las compañías profesionales, particularmente en manifestaciones como el ballet, debería ocupar un lugar importante en las discusiones sobre política cultural. No se trata únicamente de preservar una escuela o mantener determinada especialidad en sus planes de estudio. También es necesario pensar en las instituciones que recibirán a sus egresados. De lo contrario, corremos el riesgo de medir los resultados por la cantidad de estudiantes graduados sin preguntarnos cuántos pueden ejercer realmente aquello para lo que se prepararon.
Es cierto que no todos los alumnos terminarán integrando una compañía o una agrupación profesional. Pero tampoco debería asumirse como inevitable que la falta de oportunidades limite sus posibilidades. Si la enseñanza artística constituye una inversión cultural, su continuidad no puede depender exclusivamente de la perseverancia individual.
Lauro Hechavarría Osorio, profesor de la Academia Regional de Artes Plásticas El Alba, recordó una frase “el talento es una chispa que si la inflamamos se convierte en llama”. La imagen resume bastante bien la responsabilidad del maestro. No basta con identificar determinadas aptitudes; hay que desarrollarlas mediante el estudio, la investigación y una práctica constante.
Lauro encontró una de sus mayores satisfacciones en los alumnos que, incluso viviendo fuera de Cuba, todavía conservan algo de sus enseñanzas. Esa permanencia dice mucho sobre la influencia de un profesor. Sin embargo, también me hace pensar en cuánto se exige a quienes asumen esa responsabilidad. Porque el talento necesita maestros capaces de acompañarlo, pero esos maestros también necesitan condiciones para ejercer su profesión.
De ahí que las experiencias compartidas por Onelio Escalona, vicepresidente de la UNEAC en Holguín, resulten tan interesantes como preocupantes. Las presentaciones en hogares de ancianos, las actividades desarrolladas en espacios públicos y la utilización de alternativas ante la falta de determinados materiales demuestran una notable capacidad de iniciativa. Y es justo reconocerla.
Pero deberíamos tener cuidado con la manera en que interpretamos esas soluciones. No todo lo que demuestra creatividad debería convertirse en una práctica obligada por las circunstancias. El profesor que encuentra cómo impartir una clase sin los materiales necesarios merece reconocimiento; lo que no merece es que la carencia termine considerándose parte natural de su trabajo. La inventiva puede ayudar a enfrentar una dificultad, pero no sustituye la responsabilidad institucional de garantizar las condiciones de enseñanza.

Por eso me parece importante distinguir entre las experiencias que enriquecen la formación artística y aquellas que surgen para suplir necesidades. Llevar una presentación a un hogar de ancianos puede acercar la cultura a personas que la necesitan y, al mismo tiempo, contribuir al desarrollo del estudiante. Tener que fabricar recursos constantemente porque no existen los adecuados es un problema distinto. Ambas situaciones requieren iniciativa, pero no deberían evaluarse de la misma manera.
Orestes Saavedra, director de la Orquesta Sinfónica de Holguín, ofreció otra perspectiva sobre la relación entre la formación y el ejercicio profesional. Al referirse a las experiencias educativas vinculadas con la agrupación, insistió en que “hay que enseñarlos a cómo funciona la música real”.
La observación contiene un aspecto esencial. Un músico puede dominar su instrumento y cumplir satisfactoriamente con las exigencias académicas sin estar preparado todavía para las responsabilidades de una orquesta. La experiencia de compartir escenario con profesionales, asumir pasajes solistas y responder a un repertorio colectivo también forma parte de su educación. Los proyectos impulsados desde la Sinfónica holguinera intentan precisamente acercar esos dos mundos, que nunca deberían permanecer separados.
Ahí encuentro una posible respuesta a la preocupación de Vianky. La continuidad profesional no comienza el día de la graduación. Se construye desde las escuelas, mediante vínculos sostenidos con las instituciones culturales, experiencias prácticas y espacios donde los estudiantes puedan crecer junto a quienes ya ejercen la profesión. No basta con esperar que una compañía reciba a los egresados; también hay que crear las condiciones para ese encuentro.
Las inquietudes planteadas durante el intercambio final, entre ellas la necesidad de abrir Teoría de la Música en Holguín y de conservar los formatos musicales que pueden desaparecer tras la graduación, evidencian que todavía existen asuntos pendientes. Son cuestiones que merecen algo más que un reconocimiento público: necesitan propuestas viables, seguimiento y respuestas.
Las interpretaciones finales de Jackson Montoya, estudiante de Piano de la Escuela Profesional de Música José María Ochoa, y de Karla María Peña Ricardo y Karel Salas Llorente, alumnos del ISA, volvieron a recordarnos por qué importa discutir estos asuntos. Cada presentación era también el resultado del trabajo de quienes enseñan y de quienes, pese a las dificultades, continúan apostando por aprender.
Orestes Saavedra, mediante proyectos como Fiesta Sinfónica, ha logrado acercar a los estudiantes a la dinámica real de una orquesta, permitiéndoles compartir atriles y responsabilidades con músicos profesionales. Vianky González ha tendido puentes entre las aulas y Codanza, propiciando que jóvenes bailarines encuentren en la compañía un espacio para aprender y desarrollarse. Onelio Escalona ha demostrado que la formación también puede llegar a cualquier lugar donde el arte encuentre un público. Son experiencias distintas, pero nacidas de una misma voluntad de enseñar y crear.
Martí escribió que “hacer es la mejor manera de decir”, y pocas cosas podrían describir mejor la labor de estos profesionales. Sin embargo, no podemos permitir que la voluntad individual se convierta en el único sostén de la enseñanza artística. Estos maestros ya han demostrado cuánto son capaces de hacer; corresponde ahora fortalecer una red de apoyo tan gigante como sus esfuerzos, garantizar los recursos necesarios y permitir que sus proyectos no dependan exclusivamente del sacrificio personal. Porque reconocer su obra también significa procurar que no tengan que sostenerla solos.
Vuelvo entonces a aquella muchacha que cantó frente al cajero automático. El aplauso que recibió tuvo un valor indiscutible: reconoció su esfuerzo y demostró que el arte puede transformar, aunque sea durante unos minutos, la cotidianidad de otras personas.
Pero cuando termine el aplauso, ella tendrá que seguir aprendiendo. Necesitará materiales, espacios donde presentarse y, algún día, oportunidades para ejercer su profesión.
El talento puede despertar la admiración de un público. Garantizar que no se pierda exige bastante más que aplaudirlo.
