Con el corazón temblando

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fidel 2dofrente 01Acto del 11 de marzo de 1978, cuando quedó inaugurado el Mausoleo del Segundo Frente Oriental Frank País, en una jornada de profunda significación histórica para el país.

El olor a tierra húmeda y gasolina se mezclaba con el murmullo contenido de los soldados. Septiembre de 1978 caía espeso sobre las montañas orientales, y yo todavía ignoraba que aquella cobertura terminaría cambiando para siempre mi manera de entender la fotografía. Llevaba poco tiempo abriéndome camino en el periodismo gráfico cuando recibí la noticia: el periódico me había seleccionado para cubrir los actos por el vigésimo aniversario de la fundación del Segundo Frente Oriental y del Tercer Frente, además del centenario de la Protesta de Baraguá.

Hasta entonces, la fotografía había sido para mí una mezcla de intuición y asombro. Aprender a mirar. Aprender a esperar. Aprender incluso a contener la respiración antes de disparar el obturador. Pero aquella vez todo tenía otro peso. Ya no se trataba únicamente de documentar un acto político o militar: estaba a punto de fotografiar a Fidel Castro por primera vez.

Recuerdo que llevaba una pequeña Nikon con un lente normal. A los fotógrafos nos mantenían a cierta distancia por razones de seguridad, y aquella cámara modesta parecía insuficiente frente a la magnitud del acontecimiento. El mausoleo del Segundo Frente Oriental Frank País acababa de inaugurarse y el lugar estaba impregnado de solemnidad. Oficiales, combatientes históricos, periodistas y custodios ocupaban cada espacio mientras el ambiente se tensaba a la espera de la llegada del Comandante.

Entonces ocurrió.

Fidel apareció caminando hacia la tribuna y sentí un golpe seco en el pecho. La distancia me pareció inmensa. Las manos comenzaron a temblarme. Durante años he recordado aquel instante como una batalla silenciosa contra mí mismo.

fidel 2dofrente 02La experiencia vivida por Elder Leyva durante esta cobertura constituyó un momento decisivo en su formación como fotógrafo periodístico.

“Contrólate”, me repetía por dentro mientras intentaba mantener el enfoque y no dejarme vencer por los nervios.

A veces la historia sucede tan rápido que apenas concede tiempo para pensar.

Jorge Oller, fotógrafo del periódico Granma, estaba situado a mi lado. Notó mi tensión, me miró con media sonrisa y me dijo:

—Estás nervioso, oriental… controla los nervios.

Después observó mi cámara y soltó casi en tono de sentencia:

—Pero con ese lentecito no vas a poder fotografiar al Comandante.

Abrió entonces su bolso y me entregó otro lente. Cuando lo coloqué, sentí como si Fidel hubiera quedado de pronto a unos pocos pasos de mí.

El comandante avanzó cerca de la llama eterna del mausoleo y comprendí que el momento estaba allí, encendido literalmente por el fuego.

Fue entonces cuando dejé de escuchar el ruido alrededor.

Ni los pasos.

Ni las voces.

Ni el movimiento de la escolta.

Solo veía la llama y la figura de Fidel recortándose junto a ella.

Disparé.

Y volví a disparar.

En aquel instante entendí algo que después me acompañaría durante toda mi carrera: la fotografía periodística no consiste únicamente en capturar una imagen, sino en dominar el miedo lo suficiente para no dejar escapar la verdad de un segundo irrepetible.

Aquella fotografía terminó convirtiéndose en una de las imágenes más importantes de toda mi trayectoria. No por la perfección técnica ni por el reconocimiento posterior, sino porque fue la primera vez que sentí el verdadero peso de estar frente a la Historia con una cámara entre las manos.

Después vendrían otras coberturas: la Protesta de Baraguá, nuevos actos oficiales, más retratos, más experiencias junto al periódico Combatiente, órgano del Ejército Oriental en aquellos años. También llegaría la costumbre de fotografiar figuras importantes sin que el pulso se me desbordara como aquella mañana.

Pero ninguna emoción volvió a parecerse a la primera.

Porque hay fotografías que se toman con los ojos.

Y otras —las verdaderamente inolvidables— que todavía se disparan con el corazón temblando.


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