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- Por Isabel Hechavarría Hernández
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Foto: Oscar Alejandro FloresLa mañana del 9 de octubre, Oreste Saavedra prometió que la décima Fiesta Sinfónica sería memorable. Lo dijo durante la conferencia de prensa de la Jornada de la Cultura Cubana. Explicó que durante mucho tiempo habían procurado innovar, buscar fórmulas nuevas para acercar la música al público, pero que esta vez quería volver a las bases. Habló de los estudiantes, de la enseñanza artística y de la necesidad de recuperar aquello que había dado origen al proyecto.
A las siete de la noche, el parque San José estaba lleno.
No era un detalle menor. En Holguín, cuando se habla de reunir multitudes en un espacio público, casi siempre se piensa en el parque Calixto García. El San José, a pocas cuadras de distancia, suele llevar las de perder en esa competencia que nadie ha declarado, pero que la costumbre ha terminado por establecer. Aquella noche, sin embargo, había tantas personas alrededor del escenario que resultaba difícil encontrar un sitio desde donde observar a los músicos. Las sillas estaban ocupadas y los recién llegados se acomodaban de pie a ambos lados, resignados a escuchar el concierto sin más asiento que sus propias piernas.
Frente a la iglesia se había instalado una estructura de luces, micrófonos y atriles. Los instrumentos y sus intérpretes aguardaban bajo los reflectores.
Saavedra agradeció a los que habían acompañado la Fiesta Sinfónica durante sus diez años de existencia y dio la bienvenida a quienes llegaban por primera vez. Reconoció que sacar una orquesta a un espacio abierto era un riesgo. La música sinfónica, habituada a salas donde hasta las paredes participan en la acústica, tenía que enfrentarse allí al viento y a las circunstancias de una plaza pública. Pero al contemplar la cantidad de personas reunidas, aseguró que valía la pena.
Las Danzas polovtsianas, de Aleksandr Borodín, fueron una de las primeras pruebas de aquella afirmación. La composición, perteneciente a la ópera El príncipe Ígor, comenzó a desplegar sus contrastes entre las distintas familias de instrumentos. Los instrumentos parecían conversar. Era una conversación demasiado bien organizada para ser espontánea, aunque desde el público pudiera parecerlo.No tardaron en aparecer los pequeños guitarristas, y durante varios minutos me interesaron más sus manos que el resto del ambiente. Algunos eran tan jóvenes que los instrumentos parecían desproporcionados sobre sus piernas. Sin embargo, sus dedos se movían por los mástiles con una seguridad desconcertante. Cambiaban de posición, buscaban las cuerdas y regresaban a ellas con la precisión que suele atribuirse a quienes llevan toda una vida practicando. Había que observarlos con detenimiento para recordar que aquellas manos todavía eran las de unos niños.
Pensé en las horas necesarias para alcanzar semejante dominio a una edad tan temprana. En los ejercicios repetidos hasta el cansancio, en los errores corregidos por un profesor. Nada de eso aparecía en el programa del concierto, pero estaba presente en cada movimiento. Saavedra había hablado por la mañana de volver a las bases y allí estaban, convertidas en un grupo de muchachos que tocaban con una seriedad casi adulta.
El repertorio continuó con obras de distintos registros. En Son sencillo, el piano tenía una sonoridad ligera, casi traviesa, que por momentos daba la impresión de hacer cosquillas. No encuentro una comparación más precisa. Las notas parecían quedarse primero en los oídos y descender después por la columna vertebral.
Con Libertango, de Astor Piazzolla, los violonchelos se adueñaron de la atención. Sus intérpretes sostenían los instrumentos entre las rodillas y movían los arcos con una coordinación que parecía haber borrado las diferencias entre unos y otros. Las notas graves se entrelazaban con pasajes más rápidos, y aquella música, que por momentos parecía contenerse, recuperaba de pronto toda su fuerza. La solista Melanie González Pavón acompañó al ensamble en una interpretación que exigía tanto precisión como sensibilidad. Había algo desconcertante en escuchar una composición de semejante intensidad ejecutada por músicos tan jóvenes.
Fue con Cinema Paradiso, de Ennio Morricone, en versión de Saavedra, cuando dejé de escribir durante unos minutos.
Conocía la música de aquella película de Giuseppe Tornatore, pero escucharla ahí le concedía una cualidad distinta. El piano inició una melodía que los demás instrumentos fueron acompañando con una delicadeza difícil de describir sin exageraciones. Sobre el escenario, las hojas de los árboles se movían con el viento y, de vez en cuando, una ráfaga parecía incorporarse a la interpretación. La composición tenía esa nostalgia particular de las cosas que recordamos con cariño, incluso cuando sabemos que no podrán repetirse.
Fue la obra que más disfruté. No porque las demás carecieran de méritos, sino porque durante aquellos minutos la música consiguió apartarme de mi propósito inicial. Había llegado para observar, tomar apuntes y escribir después una crónica. En cambio, permanecí escuchando con el celular inmóvil sobre las piernas, como cualquier otra persona entre el público.
Los saxofones estuvieron cerca de hacerme cambiar de opinión. Tenían una sonoridad más intensa, capaz de imponerse sin perder calidez, y terminé por seguirlos con la mirada cada vez que intervenían. Me interesaba la manera en que los intérpretes respiraban, acomodaban los dedos sobre las llaves y conseguían que un instrumento de metal produjera sonidos de una sensibilidad inesperada. Fueron, después de Cinema Paradiso, mi parte preferida del concierto.
El Danzón Almendra, de Abelardo Valdés, en arreglo de Daniel Guzmán, trajo un episodio que merecía atención por razones distintas a las estrictamente musicales. La flautista desarrolló una improvisación de notable soltura. Poco después correspondía intervenir a un violinista, pero los micrófonos habían quedado demasiado lejos para recoger su sonido con suficiente claridad. Saavedra advirtió el problema casi de inmediato.
No interrumpió la ejecución ni esperó a que alguien corrigiera la posición de los equipos. Con un gesto indicó a los demás músicos que disminuyeran la intensidad. La orquesta respondió y el violín pudo escucharse por encima del acompañamiento. Todo ocurrió en unos segundos, sin explicaciones.
Me pareció uno de los momentos más reveladores de la noche. Dirigir una orquesta exige dominar partituras, tiempos y entradas, pero también saber escuchar lo que sucede fuera de lo previsto. Saavedra una vez más demuestra su maestría. Bastó con pedir a unos que tocaran más bajo para que otro pudiera hacerse escuchar.
No fue el único inconveniente. El audio tuvo momentos desafortunados y algunos instrumentos perdieron claridad en la amplificación. Las condiciones de un escenario exterior no siempre favorecieron el equilibrio del conjunto. Había, además, un detalle que hacía más comprensibles aquellas dificultades: el ensayo previsto para la víspera no había podido realizarse. Buena parte de lo que estábamos presenciando dependía de la preparación que estuvo gestándose desde hace dos meses, el conocimiento mutuo y la capacidad de reacción de los intérpretes.
Sin embargo, el público parecía haber llegado a un acuerdo tácito con esas imperfecciones. Nadie esperaba las condiciones de una sala especialmente diseñada para conciertos. Lo que tenían delante era una orquesta sinfónica interpretando su repertorio en uno de los parques de la ciudad, sin que hubiera que pagar una entrada ni atravesar las puertas de un teatro. Y esa circunstancia, que podría parecer secundaria, explicaba en buena medida la cantidad de personas que continuaban alrededor del escenario.
Entre las interpretaciones hubo espacio para la colaboración con la enseñanza de las artes plásticas, cuyos estudiantes participaron mediante la entrega de obras originales. Saavedra, que aquella noche también había asumido las funciones de presentador, bromeó con que le correspondía improvisar como locutor. Sus intervenciones entre una pieza y otra fueron acercando al público a la historia de una celebración que, diez años después de su nacimiento, seguía reuniendo a profesionales, estudiantes y espectadores de distintas edades.
En una de ellas dijo algo que alcancé a escribir casi completo: «Nosotros no perseguimos utopías, tenemos sueños y vamos detrás de ellos».
La frase adquiría sentido al mirar cuanto ocurría sobre el escenario. Había niños que apenas comenzaban su formación y músicos con años de experiencia; instrumentos que necesitaban escucharse entre sí, profesores que seguramente reconocían entre los intérpretes a sus alumnos y un director pendiente de detalles que la mayoría no alcanzábamos a percibir.
Al cabo de un rato volví a mirar alrededor. El parque conservaba buena parte de su público. Quienes no habían encontrado asiento permanecían a los costados del escenario. Las luces seguían encendidas, la iglesia continuaba allí, con su reloj suspendido sobre una celebración que parecía no tener demasiada prisa por terminar.
Consulté entonces la hora y descubrí que habían transcurrido dos horas desde mi llegada.
Me sorprendió más de lo razonable. Había intentado retener frases, identificar melodías y anotar detalles que luego pudiera reconstruir frente a una página en blanco. Pero no había tenido conciencia del tiempo que estaba pasando.
Recordé entonces la promesa de Saavedra durante la mañana y pensé que lo memorable no había ocurrido solamente sobre el escenario. Estaba también en las personas que no encontraron una silla y permanecieron de pie, en quienes escucharon hasta la última pieza. Una orquesta podría recibir aplausos por cortesía, pero nadie permanece dos horas de pie solamente por cortesía.
Había algo más profundo en aquella multitud. Era el cariño de una ciudad por una orquesta que reconoce como suya, por unos músicos a los que ha visto crecer y por otros que apenas comienzan a descubrir lo que significa tocar frente a su pueblo. La Sinfónica había salido de su escenario habitual y Holguín le había respondido con algo que no se consigue mediante ensayos ni partituras: la voluntad de escuchar.
Pensé entonces en cuántas veces se habla del arte como si fuera un lujo, algo a lo que podemos dedicarle tiempo cuando hemos resuelto todo lo demás. Y, sin embargo, allí estábamos, cientos de personas reunidas alrededor de unos instrumentos, demostrando que la música no es un lujo del que podamos prescindir, sino una necesidad que nos pertenece. Porque Holguín no solo escucha música: también está hecha de ella.
