Afuera insiste el mar

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campismo 01Fotos: Del autor

El mar entra en la bahía con un azul calmado, casi inmóvil. A un lado, la vegetación se derrama sobre la costa; al otro, las montañas dibujan en el horizonte una silueta semejante a la de la Peña de los Enamorados. Entre el verde y el Caribe, la arena blanquísima se hunde con lentitud bajo los pies de los turistas, mientras la brisa hace piruetas en las uvas caletas.

La belleza del paisaje hizo caer de rodillas al almirante Cristóbal Colón para nombrarla, en 1492, “la tierra más hermosa que ojos humanos vieron”.

La bahía de bolsa se abre paso en la tierra firme mostrando dos arenales: Cayo Bariay y Playa Blanca. Justo en esta última se encuentra el Campismo Popular Playa Blanca, una de las instalaciones de la red de Campismo Popular de Holguín que ha hecho de este pedazo de costa un lugar para quedarse.

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La vida del campismo sucede al ritmo del DJ Dino. La música hace pequeñas ondulaciones en la piscina y anuncia que el sol, enhiesto sobre el cielo, ha iniciado el camino del día. Bajo los árboles se columpian los niños y en los ranchones los más jóvenes se divierten con los juegos de mesa, mientras los adultos disfrutan de las charlas y la cerveza.

Hay familias que hacen de Playa Blanca una costumbre de verano; gente que encuentra en estas instalaciones un lugar para juntarse, celebrar un cumpleaños, estar un día o pasar semanas. Hay quienes, sencillamente, aparecen con el deseo de dejar por unas horas la ciudad detrás.

Maricelis Castaigne conoce bien estas historias. Lleva dos años trabajando en el campismo. Llegó como subdirectora de Promoción y hoy dirige la instalación. Ha visto repetirse una escena que, lejos de parecerle rutinaria, confirma que ciertos lugares consiguen quedarse en la memoria de la gente y labrar caminos positivos hacia el mañana. Hay que prestar mucha atención a esos lugares donde la gente acostumbra regresar.

«Hay clientes que, si fuese por ellos, se pasaban el verano entero aquí», me dice.

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El atractivo del lugar varía según los gustos del cliente: está en la posibilidad de meterse al mar cuando el calor aprieta y regresar después a la sombra. En una partida de ping-pong que se alarga más de lo previsto. En una bebida fría sobre la mesa, en una comida, en la música que acompaña la tarde. Está en la piscina, con su agua limpísima. También en ese instante, casi imperceptible, en que el sol comienza a bajar y la bahía cambia de color, como si alguien estuviera moviendo lentamente una tela sobre el agua. El reloj parece perder autoridad en este sitio.

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La gastronomía es sencilla, pensada para acompañar el descanso sin convertirlo en un privilegio reservado para unos pocos. Y, sin embargo, los clientes refieren el buen gusto, la identidad culinaria del lugar, el atractivo de los platos y la creatividad de los chefs y ayudantes.

Detrás de lo que llega al plato existe otra historia, menos visible y mucho más trabajosa. Hay que comprar. Transportar. Encontrar suministros. Hacer cuentas. Buscar alternativas cuando algo falta. Pensar cuánto puede pagar quien llega hasta aquí y, al mismo tiempo, cuánto cuesta sostener cada servicio. Todo en medio de una crisis económica que se alarga y endurece, que atenta contra estos espacios y que, para mantenerlos abiertos, exige altos niveles de gestión y compromiso humano.

«Siempre tratamos de ser muy equilibrados. Que el servicio sea asequible para la adquisición del pueblo. El campismo tiene que seguir siendo la opción de la familia cubana», comenta Maricelis.

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El mar, además de belleza, deja su propia firma sobre las cosas. El salitre se queda en las paredes, en los metales. La humedad y el sol trabajan despacio, pero no descansan. Cuando otros lugares comienzan a guardar los recuerdos del verano, aquí empieza otra jornada: reparar, pintar, impedir que el óxido avance sobre la construcción añosa.

Los trabajadores conocen el lenguaje del desgaste. Revisan lo que necesita una mano de pintura, aquello que debe repararse antes de que se convierta en un problema, los pequeños detalles que pueden pasar inadvertidos para quien llega de vacaciones, pero que hacen posible que el lugar vuelva a recibirlo todo en la próxima temporada. Porque Playa Blanca no desaparece cuando agosto queda atrás. El campismo permanece abierto todo el año. Los clientes que llegan después de septiembre pueden observar cómo algunas secciones de la instalación se remodelan y corrigen.

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En octubre, por ejemplo, la playa respira de otra manera. Hay menos pies sobre la arena, más espacio entre unos visitantes y otros. Una pareja puede caminar junto a la orilla sin cruzarse con nadie durante un buen trecho. En la piscina todavía se escucha el chapoteo de los bañistas. Alrededor de una mesa de juego, algunos jóvenes disputan una partida mientras la música se mezcla con el viento de la bahía. El verano se ha ido, pero el mar no lo sabe.

Impresiona saber que este paisaje contempló la llegada de Cristóbal Colón en octubre de 1492. Frente a aquellas montañas, el almirante encontró formas que le resultaban familiares. Una de las elevaciones le recordó la Peña de los Enamorados, en España; otra, según dejó escrito, le pareció semejante a una mezquita.

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Tal vez sea difícil imaginar hoy lo que asaltó la mente de aquellos españoles. Venían de atravesar un océano y, de pronto, ante sus ojos aparecía una costa desconocida, verde y luminosa, con las montañas levantándose detrás de la bahía.

Cinco siglos después, las montañas conservan su verdor, el agua continúa entrando en la bahía con la misma cadencia y la vegetación baja hacia la costa con la misma delicadeza.

En este sitio la historia queda a pocos kilómetros del presente, como si ambos tiempos hubieran decidido compartir el mismo pedazo de costa.

Unos pocos metros bastan para pasar del contemporáneo sonido de la música al silencio del paisaje. En Playa Blanca, el ruido parece ser engullido por la atmósfera.

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Al caer la noche, Playa Blanca vuelve a transformarse. La última claridad se queda un momento prendida en las montañas y después se retira. La bahía pierde sus colores. Las palmas comienzan a recortarse contra un cielo cada vez más oscuro.

Dentro de las cabañas, el cansancio se acomoda lentamente después de una jornada de sol. Afuera insiste el mar.


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