Espendrú

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No hay un día que Daylet salga a la calle y no reciba las reacciones de la gente. Hay quien le suelta, como una orden, un “Niña, cómprate un peine”. O su versión interrogativa: “¿Se te perdió el peine?”. Otros, en modo burlesco, le dicen: “Si cae un fósforo ahí…”
 
Peores aún son aquellos que le espetan el “mami, qué rico, pa´ cogerte por el pelo y…” Esos se dividen en dos bandos: los que completan la frase machista, denigrantes, obscena y quienes prefieren dejarlo a la imaginación de Daylet. Pero ella no quiere opiniones, no quiere piropos, no quiere imaginar.
 
Daylet, lo único que quiere es lucir su hermosa africanidad de la que siente un orgullo tremendo. Atrás quedaron los días de peine caliente, derriz, extensiones, aguantar una hora el calor de una secadora en una peluquería y todo lo demás que se ha inventado para hacer lucir el pelo de las negras como el de las blancas.
 
Desde hace un tiempo luce su cabello tal cual es. Tiene un espendrú alto, espeso e hidratado. Llevarlo así le toma bastante trabajo y tiempo. La verdad, no necesita el peine. Usa los dedos para desatar los nudos.
 
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Compró un pomo de aceite de oliva exclusivamente para su pelo. Lo emplea una o dos veces por semana para hidratarlo. También utiliza tratamientos naturales a base de yogurt natural y aguacate con los que masajea su cuero cabelludo.
 
El nuevo look dependió de un arduo proceso de autorreconocimiento. Asumir concienzudamente su identidad racial pasaba por la decisión de enfrentar un canon de belleza hegemónico. Sabía, además, que su lucha no solo sería la interna de preguntarse de si se vería bonita o aceptada. Por eso se juró no “ablandarse” con la presión social.
 
Daylet es profesora universitaria, feminista, conversadora, con más de un centenar de horas de lectura sobre Teoría de la Comunicación y otros cientos de discusiones intelectuales. Sin embargo, más de una decena de veces le han preguntado si sus alumnos la atienden o la respetan con esa imagen tan “rara”. Los “ataques” fueron más incisivos cuando Daylet decidió teñir su cabello de azul, que después fue verde y luego amarillo. Al llegar a la universidad continuó transmitiendo sus conocimientos. Sus alumnos la siguieron respetando. Otros, en la calle, no.
 
Aquel día Daylet no se quedó en silencio. Cuando el hombre le soltó el clásico “Péinate”; ella le gritó: “Y tú, rebaja y cómprate una precinta”. Seguro el individuo llegó a escuchar la respuesta, aunque escapó a toda velocidad en su rikimbili.
 
 
espnedru 1Ilustración: Frank Isaac García / www.negracubanateniaqueser.com
 
Esa no fue la peor experiencia del día. Más tarde recibiría una propuesta indecente de alguien que creyó que un look desenfadado es sinónimo de libertinaje en materia de sexualidad. Daylet se quedó sin palabras, atónita y no pudo más que apresurar el paso para salir lo más rápido posible del trance.
 
Hace unos días decidió hacerse un pequeño tatuaje lunar en el antebrazo derecho. Fue el primero, con el cual experimentó su capacidad de soportar el dolor de la aguja impregnándole la tinta sobre su piel. Después se hará otros más grandes y vistosos.
 
Hinchada aún la piel por el procedimiento, salió a la calle con su estilo a lo Ángela Davis. Le aguardaba una sorpresa. Ahora la gente no solo le mira, extrañada, el pelo. El estigma alcanzó una cuarta dimensión, más allá de ser mujer, negra y llevar espendrú.
 
 
Rosana Rivero Ricardo
Author: Rosana Rivero Ricardo
Rosana Rivero Ricardo. Periodista 25 horas al día. Amante de las lenguas... extranjeras, por supuesto. Escribo de todo, porque “la cultura no tiene momento fijo
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