Símbolos para configurar un país

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Según el afamado cultor del psicoanálisisis Carl Jung, el símbolo es un nombre o imagen que puede estar presente de forma cotidiana en nuestras vidas y que posee connotaciones específicas más allá de su significado literal, concreto.

Pongamos por ejemplo la bandera de un país: es una confección hecha de tejidos pigmentados, no vale por sí misma, sino por lo que representa, pues lo textil y sus colores, pueden ser básicos y carentes de carga semántica alguna si se les desprende de las connotaciones patrias que posee en el imaginario y conciencia nacional.

Por eso los símbolos patrios son a un país lo que el nombre o la personalidad propia a un individuo. Se convierten en el rostro que muestran al mundo; dicen datos importantes de su historia, valores e ideales y merecen respeto.

Pero, honrar un símbolo no puede volverlo algo intocable, sacro hasta el límite de convertirlo en inalcanzable objeto de devoción más que una expresión de sentimiento patriótico.

Recuerdo que de pequeña siempre quise izar la bandera, cuando todos los niños y niñas, peinadísimos y con pulcros uniformes rojiblancos cantaban a viva voz el Himno de Bayamo. Esta aspiración era un privilegio disputado, y solo los pioneros más disciplinados eran escogidos para aquel ritual. Alguna vez me correspondió hacerlo y tuve miedo de no saber amarrar bien la driza, que la roldana se trabara o que se me cayese el triángulo que se formaba con la bandera doblada que uno de los tres alumnos escogidos llevaba abrazada con las manos en cruz en el centro del pecho.

Qué solemnes nos poníamos entonces, igual en las tardes, al arriarla y repetir la rutina aprendida de doblar en un rectángulo y luego en triángulos sucesivos para poner en un sitio especial en la dirección de la escuela.

Entendíamos desde esa edad que aquellos actos tenían un sentido muy hondo. Aunque me disgustaba muchísimo que me obligaran a decir los significados de cada símbolo y sus partes de memoria, a repetir todo por si venían visitas y escribirlo en las últimas hojas de la libreta, debía ser porque también entendía que no se ama lo que representa a un país por imposición o aprendizaje mecánico, y eso, creo que también es bueno recordarlo.

Algo que tampoco se debe olvidar es cuán difícil se nos hace hoy portar estos íconos de la Cuba nuestra en prendas de vestir, cómo se vuelve misión imposible llevarlos a casa o regalarlos como un suvenir. Tal vez temerosos de la vulgarización del símbolo, de prostituir su imagen, los hemos sacralizado hasta el punto de que parezcan, en ocasiones, ajenos. ¿Y cómo se ama y defiende lo que no nos pertenece?

Para amar y defender con conocimiento de causa y para actualizar las normativas vigentes y flexibilizar las reglas para su confección y uso, nace en Cuba una nueva Ley de Símbolos Nacionales. La que nos permitirá llevar en nuestra ropa, respetuosa y adecuadamente la enseña nacional; determinará con qué tejidos debe confeccionarse, cómo rendirle tributo.

Este recurso legal normará con precisión, cómo y cuándo debe ser empleado el escudo; precisará todo lo relativo a la letra, música y forma de empleo del Himno de Bayamo, y todo eso con la participación ciudadana.

Este abril se cumplen 150 años de que en la Asamblea de Guáimaro se designara a la de la estrella solitaria como enseña nacional, así como el escudo de la palma real es símbolo patrio desde entonces. También, en octubre pasado, La Bayamesa de Perucho Figueredo llegó al siglo y medio.

Los números redondos tal vez parezcan casualidad o sean expresión del hecho de que sí somos continuidad de un proceso, de la construcción de una nacionalidad sólida que se sostiene en lo que hicieron nuestros próceres en el pasado y se enriquece con las vivencias de hoy.
 
Liset Prego Díaz.
Author: Liset Prego Díaz.
Yo vivo de preguntar… porque saber no puede ser lujo. Esta periodista muestra la cotidiana realidad, como la percibe o la siente, trastocada quizá por un vicio de graficar las vivencias como vistas con unos particulares lentes
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