Parada

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parada cronicaFoto: Claudia Regina
 
María, que bien pudiera llamarse Ángela, Miriam o Xiomara, porque jamás supe su nombre, se acerca preocupada. Yo estaba en Cojímar, esperando la ruta 58 hasta El Vedado. Días imperdibles de Festival de Cine de La Habana.
 
Aquella señora media gorda, de viejos espejuelos y un acento fuera de zona, en pleno ajetreo diario, se detiene y cuenta a uno de mis amigos (que la conocía solo de vista) de sus habituales problemas de salud por culpa de los “cincuenta” que le han caído encima. Y no se calla nada.

Ella, puedo notar, es una mujer fuerte y no le teme tanto a su anatomía. Su locura es otra, más compleja de entender y díficil de vivir.

Habla con fuerza, como si mi amigo, que se ha vuelto famoso por trabajar en la televisión, le fuera a resolver su problema. Le pide consejos, opiniones. Y él, que ha lidiado con cosas peores en esta Isla de gente apresurada e impaciente, le sugiera que se calme, que se tome su tiempo, que las cosas se solucionarán poco a poco. Y ella le cree, porque le tiene estima y respeto.

María (o Ángela) tiene dos sobrinos. A lo mejor más, pero esta historia trata de esos dos. Uno es transexual y la otra, lesbiana. En su familia algunos lo aceptan, otros no. Por suerte o por amor, la madre de ambos los defiende, pero ha sido una batalla. Ella insiste en que son buenas personas, pero lo que han vivido no ha sido fácil.

El transexual, expresa, quiere operarse. Pero ahora las intervenciones están paradas, por diversas razones. Quiere ser una mujer, una mujer de verdad, y no puede, “se me está volviendo loco, está a punto de…”.

Todo eso la pone muy nerviosa, inquieta, insegura: “¿Qué hago, niño?", le dice. Mi amigo le sugiere que mande a su sobrino a alguna consulta, no porque esté enfermo, sino para que se oriente con algún psicológo o psiquiatra, se estabilice emocionalmente y le expliquen la situación de las cirugías del cambio de sexo.

De su sobrina, describe muy poco. Dice que se casó, o se juntó, no le va mal. Pero ha sufrido mucho, la verdad. Yo solo escucho, mientras ella se “desnuda” lentamente frente a mi amigo, como si lo conociera de toda la vida. Pero en medio de tanta tristeza, sonríe. Entonces llega la esperanza de que vendrán tiempos mejores, de que su salud mejorará, de que sus sobrinos acabarán bien. Prefiero pensar así.

“Hace rato no te veo por la TV”, le comenta. Mi amigo dice que sí, que sale todos los viernes por el Noticiero Cultural. Y María, ahora, no se lo perderá. Llega la 58. Nos montamos, nos alejamos.

La parada vacía, ya aburrida. Años (puede que meses) más tarde, me sentaré en el mismo banco. Puede que ella no pase, pero Cuba esta llena de gente así, atrevidas a contarte su vida, a confesarse con desconocidos.
Jorge Suñol Robles
Author: Jorge Suñol Robles
Periodista, hasta cuando duermo. Escribo porque las palabras pueden construir caminos y describir realidades, pueden cambiar el mundo. Melómano excesivo. Cubano, de pies a cabeza.
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