La calidad no puede esperar
- Por Yani Martínez Peña
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Fotos: Internet
Octubre es, en Cuba, un mes cargado de memoria. Entre sus fechas, el 8 de octubre nos devuelve cada año la figura de Ernesto Che Guevara, caído en Bolivia en 1967. Menos conocido es que ese mismo mes, dedicado en el país a la calidad, guarda con él una deuda de origen. Pocas coincidencias del calendario resultan tan elocuentes.
El Mes de la Calidad tiene como eje el 14 de octubre, Día Mundial de la Normalización, que desde 1970 promueven la Organización Internacional de Normalización (ISO), la Comisión Electrotécnica Internacional (IEC) y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), en recuerdo del encuentro de Londres de 1946 donde se acordó crear un organismo para poner de acuerdo al mundo sobre cómo medir, fabricar y servir mejor. Cuba hizo suya la fecha y la extendió a todo un mes, bajo la conducción de la Oficina Nacional de Normalización.
Pero la historia de la calidad en la Isla tiene un capítulo fundacional que lleva la firma del Che. Al frente del Ministerio de Industrias, que llegó a concentrar el 80 por ciento de la producción industrial del país, impulsó la creación de la primera Dirección de Normas y Metrología y del primer laboratorio de metrología. En septiembre de 1961 solicitó el ingreso de Cuba a la ISO. Tras recorrer fábricas en Europa, insistió ante sus subordinados en el énfasis que allí se ponía en la calidad de los productos, y promovió una campaña popular para elevarla. De esa etapa nos queda una definición que sigue siendo la norma de las normas: "la calidad es el respeto al pueblo".
Conviene recordar en qué condiciones lo hizo. Era una industria recién nacionalizada, abandonada por buena parte de sus técnicos y administradores, sometida a un bloqueo que cortaba el suministro de piezas y materias primas. Si alguna vez hubo excusas para relegar la calidad, fueron aquellas. El Che, sin embargo, entendió lo contrario: que precisamente en la escasez el control, la exigencia y el rigor eran más necesarios que nunca.

Tradicionalmente, octubre se llena de actos de reconocimiento a los Comités Técnicos de Normalización y a las entidades destacadas, de la entrega del Premio Nacional de Calidad, de talleres, eventos científicos, auditorías, verificaciones metrológicas e inspecciones estatales a productos y servicios. Es momento propicio para evaluar sistemas de gestión, certificar procesos y recordar que la calidad no es un adorno de la producción, sino una condición de ella.
Sin embargo, no basta con el calendario. En estos tiempos ha ganado terreno una idea peligrosa, casi nunca dicha en voz alta pero practicada a diario: que en medio de la crisis que atraviesa el país, con apagones, déficit de materias primas, precios que desbordan los salarios y un éxodo de fuerza calificada, la calidad es un lujo que puede esperar.

"Con lo que hay", "es lo que se pudo hacer", "por lo menos salió" se han vuelto frases de uso corriente para justificar el pan de peso incompleto, la reparación que dura una semana, la obra que se agrieta antes de inaugurarse o el trámite que obliga a volver tres veces.
Ese razonamiento parte de una trampa: suponer que la calidad es cara y que, por tanto, en escasez hay que ahorrársela. Lo cierto es exactamente lo contrario. Cuando los recursos sobran, un error se repara con otro recurso; cuando escasean, cada error se paga doble. Un saco de cemento mal dosificado, una pieza mal maquinada, un lote de alimentos mal conservado no son simples fallas técnicas: son materias primas importadas con divisas que el país no tiene, horas de trabajo que no vuelven, confianza que se pierde. Hacer las cosas bien a la primera es, en tiempos de crisis, la forma más elemental de ahorro.
La calidad tampoco es asunto exclusivo de fábricas y laboratorios. Está en el trato del dependiente, en la exactitud de la pesa del mercado, en la puntualidad del ómnibus, en la respuesta de una ventanilla. Y está, sobre todo, en una actitud: la de no conformarse. Cuando una sociedad se acostumbra a lo mal hecho, la mediocridad deja de escandalizar y empieza a parecer normal. Ese es quizás el daño más profundo que puede dejarnos la crisis.
Hay, además, una razón económica de peso. El país apuesta por las exportaciones, por la sustitución de importaciones, por el encadenamiento entre el sector estatal y las nuevas formas de gestión. Ninguno de esos caminos es transitable sin calidad. Ningún mercado externo compra por lástima, y ningún consumidor interno, por necesitado que esté, debería ser obligado a pagar por lo defectuoso.
Por eso octubre no puede quedarse en el acto de reconocimiento y la foto para el mural. Rendir homenaje al Che no debería limitarse a la evocación de su figura: la mejor forma de honrarlo es exigir lo que él exigía. Esto significa inspecciones con consecuencias, consumidores que reclamen sus derechos y directivos que rindan cuentas por lo que producen y no solo por cuánto producen.

Si la calidad es el respeto al pueblo, entonces relegarla en tiempos difíciles es faltarle al respeto cuando más lo necesita. En la Cuba de hoy la calidad no es lo que viene después, cuando todo se resuelva; es una de las vías fundamentales para resolverlo.
