Abrirle camino a la vida

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campesino foto 01Foto: Del autor

I

Al fondo del paisaje, donde el sol comienza a juntarse con el horizonte y la casa de familia deja escapar el humo del desayuno, Ernesto y Sofía se preparan para llevar las vacas a pastar.

Todavía no ha amanecido completamente. Hay una humedad fina sobre los potreros y las hojas conservan pequeñas gotas de la noche. En la cocina, el café termina de colarse.

Afuera, una vaca golpea con el hocico la madera del corral. —Ya es hora —dice Ernesto. No necesita mirar el reloj. La hora de las vacas es también la hora de los hombres. Después de ordeñarlas, se abre la tranquera y los animales comienzan a salir despacio. Uno detrás de otro, como si conocieran de memoria el camino que habrán de recorrer durante la mañana. Ernesto camina detrás, sobre un caballo que más parece una extensión de su cuerpo que un animal al que le han pasado los años despacito.

Para cuando el resto del mundo despierte, las vacas pastarán con sosiego y la leche estará camino a otras casas.

II

Un poco más cerca de la hora en que el sol comienza a romper con franjas rojas el amanecer, Manuel avanza enérgico hacia su finca: un pedazo de tierra en usufructo al que le ha ido ganando espacio a fuerza de hacha y machete, expulsando poco a poco el marabú. Sobre las franjas de terreno que consigue arrancarle a las espinas ha sembrado maíz y calabaza.

El calor se irá pegando a la camisa, las manos comenzarán a sentir el peso de las herramientas y habrá que detenerse con frecuencia para beber agua, respirar bajo alguna sombra y dejar que el cuerpo recupere fuerzas.

Pero ya no mira aquel terreno como cuando llegó. Donde antes solo había espinas, ahora asoman brotes verdes. Pequeñas señales de vida que Manuel lee con entusiasmo. En casa ya comen algunas viandas del primer terreno que limpió. Es poco todavía, pero allí saben lo que significa. Cada alimento que sale de aquella parcela trae consigo horas de vida de un hombre que ha decidido ganar una batalla que para muchos parecía imposible.

Dentro de unos meses, cuando termine de limpiar el resto del terreno, sembrará para vender parte de la cosecha. Lo que hoy apenas alcanza para una familia, mañana llevará alimento a muchas.

Por la tarde, cuando el cansancio le permita sentarse un rato, mirará hacia la finca. Quizá recuerde cómo encontró aquel lugar: las espinas, la riqueza escondida debajo de tanta maleza. Ahora puede caminar por ella. Meter sus manos bajo la tierra húmeda y sonreír. Sonríe.

Es consciente de que hay guerras que no se ganan en una sola jornada. Se le van quitando, de a poco, las fuerzas al enemigo. Donde antes solo crecían las espinas, ahora nace, como besos, la vida.

III

El sol es una naranja inmensa sobre el cielo de la tarde. Bajo los jóvenes árboles que se abren camino en la ladera de la sierra, Elena revisa la salud de los nuevos brotes.

Lleva 30 años en el oficio. Conoce cada una de las especies por el color de sus hojas, por la forma de la corteza, por la manera en que cantan cuando el aire golpea sus ramas.

—Los árboles cantan —dice.

Y lo dice sin alzar la voz, como si anunciara una cosa santa.

—Estos árboles que todavía caben en mis manos algún día serán del tamaño de esos otros. Buscarán el sol y eso los hará progresar deprisa. Tal vez yo no los vea crecer. No es como cuando era maestra y los niños a los que les di clases ya son hombres y mujeres. Con estos, la vida parece ser más lenta. Mi trabajo consiste en sembrar para que el futuro tenga aire limpio.

Elena, sin saberlo, está sembrando futuro. El paisaje comienza a cambiar lentamente, de una manera que los ojos no alcanzan a percibir durante una sola jornada. La naturaleza tiene su propio ritmo, pero definitivamente es un ritmo que no sería el mismo sin manos como las de Elena.

IV

Detrás de los maizales se está metiendo el sol. La tarde enciende de naranja los potreros y las vacas regresan despacio hacia la casa. Poco a poco, el sol se esconde detrás de la sierra, sabedor de que el día ha dado a luz hombres y mujeres capaces de abrirle camino a la vida.


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