La Guerra Chiquita: Cuando la paz del Zanjón no pudo apagarle el anhelo de independencia
- Por Reynaldo Zaldívar
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El 24 de agosto de 1879, en un barrio de la región oriental de Cuba conocido como San Lorenzo, cerca del río La Rioja y a pocos kilómetros de Buenaventura, en el territorio de Holguín, volvió a escucharse una voz que apenas un año y medio antes parecía haber quedado sepultada: “¡Independencia o muerte!”
Aquel día, el brigadier Belisario Grave de Peralta, acompañado por el teniente coronel Cornelio Rojas y otros oficiales, se levantó en armas al frente de unos doscientos hombres. Dos días después, el 26 de agosto, se produjo en Santiago de Cuba el alzamiento principal, encabezado por José Guillermo Moncada, José Maceo, Quintín Bandera y otros jefes veteranos de la Guerra de los Diez Años. La guerra que la historia llamaría después Guerra Chiquita volvía a poner sobre la mesa una pregunta que el Pacto del Zanjón no había conseguido responder: ¿Había terminado realmente el anhelo independentista?
La respuesta estaba alzando las viejas armas en los montes.
Habían pasado solamente un año, seis meses y catorce días desde que, el 10 de febrero de 1878, representantes de una parte de las fuerzas independentistas cubanas suscribieran el Pacto del Zanjón. Era muy poco tiempo para que la memoria de diez años de guerra se borrara y, sobre todo, demasiado poco para que desaparecieran las razones que habían llevado a miles de hombres a tomar las armas en 1868.
Una paz sin independencia
La Guerra de los Diez Años había terminado en condiciones difíciles para los cubanos. El agotamiento, la escasez de recursos, las divisiones internas y la superioridad militar española habían debilitado considerablemente al movimiento revolucionario.
El Pacto del Zanjón puso fin a la contienda para la mayoría de los combatientes. Entre sus disposiciones figuraban la concesión a Cuba de condiciones políticas, orgánicas y administrativas semejantes a las existentes en Puerto Rico, el llamado olvido de los delitos políticos cometidos desde 1868 y la libertad para los colonos asiáticos y esclavos que se encontraban en las filas insurgentes. Pero el pacto no concedía la independencia de Cuba. Tampoco resolvía de manera inmediata y general el problema de la esclavitud.
Por eso, para una parte de los independentistas, aquello no fue la paz por la que habían combatido durante una década, sino una suspensión de las armas sin alcanzar los objetivos fundamentales de la revolución. La Protesta de Baraguá, protagonizada por Antonio Maceo el 15 de marzo de 1878, había dejado esa inconformidad expresada con una claridad que la historia clamaría con altavoces.
El Zanjón había detenido la guerra; no había extinguido la idea de independencia. Y esa diferencia explica, en buena medida, lo que ocurrió después.
La Guerra Chiquita no apareció de repente. Fue preparándose en Cuba y en la emigración desde los meses posteriores al Zanjón. En marzo de 1878 se había creado en la emigración el llamado Comité de los Cinco, encargado de auxiliar a los revolucionarios y organizar nuevas acciones. Posteriormente, con la incorporación de Calixto García a su dirección, pasó a denominarse Comité Revolucionario Cubano. La conspiración intentaba recomponer, en medio de enormes dificultades, una revolución que había quedado herida pero no muerta.
El calendario de los acontecimientos parece, visto desde hoy, casi demasiado breve. Un año y medio después del Zanjón, Oriente volvió a levantarse.
San Lorenzo, La Yerba y la manigua
En San Lorenzo comenzó uno de los primeros capítulos de aquella nueva tentativa. La posición escogida por Grave de Peralta no era casual: se encontraba en una zona que conocía de la guerra anterior y situada entre Holguín y Las Tunas, lo que permitía a los insurrectos desplazarse y mantener presión sobre las fuerzas españolas.
Pero la nueva guerra nació con una herida que no dejaría de crecer: la falta de recursos. Los hombres estaban dispuestos. Las municiones, no.
Dos días después del levantamiento de San Lorenzo, Santiago de Cuba vivió el alzamiento de mayor importancia. En la Plaza de La Yerba, unos cuatrocientos hombres salieron a la lucha bajo el mando de Guillermón Moncada, José Maceo, Quintín Bandera y otros jefes. Al día siguiente se produjeron nuevos levantamientos en Holguín, Las Tunas y Alcalá. Después se sumarían Baracoa, Bayamo, Jiguaní, Baire y distintos puntos de Las Villas.
La geografía de la insurrección revelaba también sus límites. No era un levantamiento nacional coordinado de manera efectiva. Camagüey permaneció fuera de la contienda y en el occidente el movimiento no llegó a consolidarse. En La Habana, los principales conspiradores fueron detenidos antes de que pudiera producirse el alzamiento previsto. Entre esos detenidos estaba un joven de veintiséis años llamado José Martí.
Martí
Cuando comenzó la Guerra Chiquita, Martí tenía 26 años. No era todavía la figura continental que hoy asociamos con su nombre. Era un joven intelectual y revolucionario que ya había conocido la cárcel, el trabajo forzado, el exilio y la persecución colonial.
Había regresado a Cuba el 31 de agosto de 1878, después de años de destierro. Se instaló en La Habana, donde nació su hijo José Francisco el 22 de noviembre de ese año. Pero el regreso al hogar duró poco como experiencia de tranquilidad.
Martí se incorporó a la conspiración. Fue uno de los fundadores del Club Central Revolucionario Cubano y elegido vicepresidente en marzo de 1879. En el bufete de Nicolás Azcárate conoció a Juan Gualberto Gómez, con quien establecería una relación política decisiva. Más tarde, el Comité Revolucionario Cubano de Nueva York lo nombró subdelegado en la Isla.
Cuando los movimientos insurreccionales comenzaron en agosto, Martí estaba en La Habana. El 17 de septiembre fue detenido junto a otros conspiradores. El proyecto de alzamiento en Güines quedó frustrado y Martí fue nuevamente deportado a España. Tenía entonces 26 años.
El joven que había comenzado su actividad revolucionaria siendo casi un adolescente estaba entrando en otra etapa de su vida: la del dirigente político.
La Guerra Chiquita fue importante en ese proceso porque obligó a Martí a comprender la revolución desde un ángulo distinto al del combate directo. La guerra no se ganaba solamente con hombres dispuestos a morir. Hacían falta organización, unidad, recursos, conducción política y una relación real entre los revolucionarios de la emigración y los que permanecían en Cuba. Aquella lección habría de acompañarlo durante los años siguientes.
Del otro lado del Atlántico
En Europa avanzaba la industrialización y se consolidaban nuevas formas de producción, transporte y comunicación. El telégrafo había reducido las distancias; el teléfono comenzaba a transformar las comunicaciones y en 1879 Edison había presentado públicamente una versión práctica de su lámpara incandescente. En Estados Unidos, terminada la Guerra de Secesión, el país atravesaba las tensiones de la Reconstrucción y avanzaba hacia una expansión económica que pronto lo convertiría en una potencia de primer orden.
En Europa, además, se fortalecían los Estados nacionales y comenzaba a tomar forma el nuevo reparto imperial del mundo que marcaría las décadas siguientes.
En medio de ese escenario internacional, Cuba continuaba siendo una colonia española.
Y para Martí, que había vivido en España, México, Guatemala y ahora volvería a encontrarse en Estados Unidos, la cuestión cubana empezaba a adquirir una dimensión más amplia. No se trataba únicamente de expulsar a España de la Isla. Se trataba de construir una nación capaz de sostenerse por sí misma.
El 3 de enero de 1880 llegó a Nueva York a bordo del vapor France. Al día siguiente concedió una entrevista al New-York Daily Tribune, en la que la situación de Cuba y la Guerra Chiquita ocupaban un lugar central.
El dato tiene un valor simbólico: mientras Martí abandonaba Europa después de una nueva deportación, comenzaba a hacerse visible en Nueva York como una voz política cubana. Ya no era solamente el joven escritor perseguido por España. Empezaba a convertirse en el Apóstol de la Independencia.
Una guerra sin pertrechos
Desde Nueva York, Martí se incorporó activamente a los esfuerzos revolucionarios. Calixto García asumía la dirección militar del movimiento y Martí se vinculaba cada vez más estrechamente con las tareas políticas de la emigración. Pero la realidad de la guerra era muy distinta de las esperanzas de sus organizadores.
Los levantamientos no habían conseguido la unidad necesaria. Faltaban armas y municiones. Los principales jefes no lograban incorporarse a tiempo. Antonio Maceo intentó organizar expediciones desde el exterior, pero sus esfuerzos fueron frustrados por la persecución española, las delaciones y las dificultades para llegar a Cuba. Calixto García tampoco pudo desembarcar hasta el 7 de mayo de 1880, cuando la insurrección se encontraba ya muy debilitada.
En el campo cubano pesaba además el cansancio de una década de guerra. Había una paradoja dolorosa: los hombres que todavía querían combatir eran precisamente algunos de los que habían sobrevivido a diez años de combate. Conocían el sacrificio, pero también conocían el precio de la derrota.
España, mientras tanto, conservaba en Cuba un aparato militar organizado y operativo. La Guerra Chiquita no consiguió convertirse en la guerra nacional que sus promotores habían imaginado. Fue entonces cuando Martí tuvo que tomar una decisión que, a primera vista, podía parecer contradictoria con su condición de revolucionario.
Carta a Emilio Núñez
En octubre de 1880, cuando ya muchos grupos habían depuesto las armas, Emilio Núñez continuaba combatiendo en Las Villas al frente de un reducido grupo de hombres.
Núñez había escrito a Martí desde el campo de operaciones. Quería conocer su opinión y, de alguna manera, buscaba una salida que permitiera continuar la lucha. La respuesta llegó desde Nueva York el 13 de octubre de 1880.
Martí no le habló como quien pide una rendición. Le habló como un revolucionario que consideraba que una guerra sin posibilidades reales de triunfo podía terminar destruyendo precisamente las fuerzas que necesitaría Cuba para una lucha futura.
Su razonamiento era riguroso. Martí entendía que la permanencia de Núñez en el campo era estéril porque el país no podía enviarle los recursos necesarios. Había, además, un problema político de fondo: la falta de unidad que había marcado la Guerra de los Diez Años seguía presente. Si los jefes revolucionarios no habían conseguido ponerse de acuerdo durante los años anteriores, no parecía razonable esperar que pudieran hacerlo ahora, cuando muchos estaban muertos, presos o aislados y la guerra había vuelto a quedar reducida a pequeños grupos.
Para Martí, el problema no era la voluntad de los combatientes. Era que la voluntad, por sí sola, no bastaba para vencer.
Por eso escribió una de las frases más reveladoras de aquella correspondencia: “Nuestra misma honra, y nuestra causa misma, exigen que abandonemos el campo de la lucha armada”. No era una renuncia a la independencia. Era, en su pensamiento, el reconocimiento de que aquella guerra no tenía las condiciones necesarias para alcanzar la victoria.
Martí temía, además, que un pequeño grupo aislado terminara siendo presentado ante la población como una banda sin respaldo popular: “Un puñado de hombres, empujado por un pueblo, logra lo que logró Bolívar (…) Pero, abandonados por un pueblo—un puñado de héroes puede llegar a parecer—a los ojos de los indiferentes y de los infames—un puñado de bandidos”.
Su preocupación fundamental era preservar vidas, fuerzas y autoridad moral para una lucha mejor preparada. La carta revela una maduración política extraordinaria para un hombre tan joven. Martí estaba aprendiendo que dirigir una revolución también significaba saber cuándo no enviar a los hombres a una muerte inútil.
El último grupo
La resistencia se fue apagando por regiones. El 29 de mayo de 1880, el Pacto de Confluente marcó la capitulación de Guillermón Moncada y José Maceo. Calixto García, que había desembarcado el 7 de mayo, terminaría capitulando el 3 de agosto. Después sería llevado a La Habana y deportado a España. Emilio Núñez permaneció más tiempo.
La escena final de la Guerra Chiquita no ocurrió en una gran batalla. No hubo una última carga capaz de resumir la guerra en una imagen heroica. Hubo, más bien, un pequeño grupo de hombres en la manigua y la necesidad de reconocer que ya no podían continuar.
El 3 de diciembre de 1880, Núñez depuso las armas. La guerra había terminado.
Lo que quedó
La Guerra Chiquita fue derrotada militarmente, pero sería un error medir su importancia solamente por el resultado de sus enfrentamientos. Su primera enseñanza fue sencilla y profunda: el Zanjón no había resuelto el problema cubano.
Apenas unos meses después de aquel pacto, una nueva generación de combatientes —muchos de ellos veteranos de la Guerra de los Diez Años— volvía a la manigua. Eso demostraba que el cansancio podía detener temporalmente una guerra, pero no necesariamente podía borrar una aspiración política.
La segunda enseñanza fue más amarga: la voluntad independentista necesitaba superar los mismos obstáculos que habían contribuido al fracaso de la Guerra de los Diez Años. La división, el regionalismo, la falta de recursos, la ausencia de una dirección suficientemente cohesionada y la desconexión entre los hombres de la emigración y los combatientes de Cuba volvieron a aparecer.
Martí comprendió esa lección desde dentro. Por eso la Guerra Chiquita ocupa un lugar especial en su trayectoria. No fue simplemente una guerra en la que participó como conspirador y dirigente de la emigración. Fue también una experiencia política que le permitió observar de cerca los errores que no debían repetirse.
El Martí que emerge de aquellos años no es todavía el organizador de la Guerra Necesaria, pero ya comienza a reunir las herramientas intelectuales y políticas que necesitará para hacerlo.
Había aprendido que una revolución no podía depender de la voluntad aislada de unos cuantos hombres. Necesitaba un pueblo, una organización, una estrategia, recursos y una conducción capaz de mantener unidos a quienes combatían dentro y fuera de Cuba.
Once años después, en 1891, Martí escribiría en las Bases del Partido Revolucionario Cubano que la organización debía preparar “la guerra necesaria” y organizarla “de modo que no se malogre”. En esa frase puede escucharse el eco de la experiencia de 1879 y 1880.
La Guerra Chiquita no había sido inútil. Fue el segundo gran intento armado de los cubanos por alcanzar la independencia. Demostró que la herida del Zanjón permanecía abierta y que la paz colonial no había conseguido convertir en conformidad aquello que durante años había sido rebeldía. La historia cubana todavía no había dicho su última palabra.
Bibliografía y fuentes consultadas
· Bruzón Sosa, Pedro Antonio. “La Guerra Chiquita”. Radio Juvenil, 24 de agosto de 2023. https://www.radiojuvenil.icrt.cu/especiales/historia/la-guerra-chiquita
· Centro de Estudios Martianos. Anuario del Centro de Estudios Martianos. La Habana: Centro de Estudios Martianos. Diversos volúmenes consultados para la cronología y el contexto de la participación de José Martí en la Guerra Chiquita y su actividad revolucionaria entre 1879 y 1880.
· Granma. Xiqués Cutiño, Delfín. “¿Qué decía el Pacto del Zanjón?”. Granma, 15 de marzo de 2018.
· Martí, José. Obras completas. Edición crítica. La Habana: Centro de Estudios Martianos, 2002, t. 6, pp. 222-225. Carta a Emilio Núñez, Nueva York, 13 de octubre de 1880.
· Martí, José. “Carta a Emilio Núñez Rodríguez”. Casa Vitier García. Texto y notas sobre la carta de José Martí a Emilio Núñez Rodríguez, 13 de octubre de 1880. https://cvgm.lahavane.com/jose-marti-carta-a-emilio-nun%cc%83ez-rodriguez/
· Prensa Latina. “La Guerra Chiquita en Cuba, continuación y preludio”. Especial histórico dedicado a la Guerra Chiquita y a sus principales acontecimientos. https://publica.prensa-latina.cu/pub/la-guerra-chiquita-en-cuba-continuacion-y-preludio
