Algoritmo de la idiotizacion colectiva
- Por Reynaldo Zaldívar
- Hits: 267
Imagen creada creada con IA.
El argentino Hernán Casciari, en uno de sus relatos, nos presenta a Lorene, una adolescente de Illinois cuya única e insólita destreza consiste en escribir aforismos sobre una pizarra utilizando una tiza sujeta entre sus glúteos. Lo que comienza como una intimidad de campamento, termina en el espacio televisivo de más audiencia en norteamerica.
Lorene, incluso, garabatea a Shakespeare con las partes íntimas de su cuerpo ante los ojos de una audiencia global.
El relato no es solo una ficción satírica; es la radiografía exacta de la actual ecología mediática. La relevancia de un hecho, hoy, no se mide por su veracidad, su utilidad social o su belleza, sino por el frío y desalmado contador de visualizaciones.
Psicología de la idiotización
¿Por qué millones de personas deciden, simultáneamente, dedicar tres minutos de su vida a ver a un "influencer" mostrar cómo se levanta de la cama en las mañanas, o se peina, o prepara su desayuno?
No es una simple elección trivial; es el resultado de una ingeniería para anular la voluntad. En un entorno de sobreestimulación, el cerebro prioriza lo dopaminérgico: aquello que es visualmente chocante o absurdamente cotidiano, pero que activa el sistema de recompensa cerebral de manera inmediata.
El psicólogo y ensayista James Williams, exestratega de Google, advierte en su obra Clics contra la humanidad que la economía de la atención no busca informarnos, sino "secuestrarnos". Según Williams, la tecnología explota nuestras vulnerabilidades cognitivas, provocando que no estemos eligiendo qué ver, sino reaccionando a estímulos diseñados para impedir que apartemos la mirada de lo que otros eligieron mostrarnos.
A este análisis se suma la perspectiva de Tristan Harris, cofundador del Center for Humane Technology—una organización que protagoniza el debate hacia la ética en la tecnología—, quien sostiene que las plataformas digitales han "descendido por el tallo cerebral" para apelar a nuestros instintos más primitivos.
En este contexto, la teoría del sociólogo Hartmut Rosa cobra un sentido alarmante. Rosa explica que vivimos en una "aceleración social" donde el tiempo se nos escapa entre las manos. Al sentirnos incapaces de procesar la complejidad y el caos del mundo moderno, sufrimos una "alienación del tiempo": sentimos que hacemos muchas cosas, pero que ninguna tiene significado.
Para aliviar esa angustia de no poder "llegar a todo", el individuo se refugia en el micro-contenido. Es una respuesta defensiva pero errónea: ante un mundo que no entendemos, buscamos el alivio instantáneo de un video trivial. Es una gratificación vacía que el filósofo Gilles Lipovetsky define como la "hipermodernidad de lo efímero".
El resultado es lo que Rosa denomina «quietud frenética»: estamos atrapados en una rueda de hámster donde corremos a una velocidad suicida, consumiendo imágenes, productos y opiniones, pero sin movernos un solo centímetro hacia nuestra autorrealización.
Esta lucha cotidiana por una complacencia superior nos convierte en espectadores pasivos de la nada. La política y la cultura, que requieren tiempos lentos de reflexión, quedan anuladas por el ritmo tecnológico que solo favorece al mercado. Al final, el ciudadano no elige; simplemente reacciona, consumiendo su propia vida en pequeñas dosis de contenido irrelevante para no tener que enfrentar el vacío de una existencia acelerada.
Este proceso deriva en lo que algunos sociólogos llaman "idiotización colectiva". Al validar lo absurdo con nuestra interacción, alimentamos un algoritmo que, por definición, es amoral. Al sistema no le importa si el video es una investigación sobre el cáncer o una ardilla bailando reggaeton; solo le importa cuánto tiempo permaneces pegado a la pantalla.
El entierro del intelecto
Lo más alarmante de este panorama no es lo trivial —que siempre ha existido— sino el desplazamiento de lo fundamental. Mientras videos como el de Lorene alcanza el millón de visitas en pocas horas, las investigaciones de académicos, los análisis geopolíticos de expertos y los discursos de los intelectuales quedan sepultados bajo una capa impenetrable de ruido digital.
Estamos asistiendo a la democratización del vacío. El exceso de información trivial produce una nueva forma de ceguera. El rigor académico es lento, requiere esfuerzo y silencio; la idiotez es instantánea, ruidosa y no exige nada del espectador.
Herramienta de control
Este desplazamiento del intelecto no es siempre un accidente biológico o tecnológico; en ocasiones, es una herramienta de control. Allen Dulles, exdirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), en su libro The Craft of Intelligence, planteó que en aquellos territorios donde los Estados Unidos tienen intereses de dominio, una estrategia de dominio consiste en potenciar el culto a lo más bajo de los sentimientos humanos.
Al incentivar a "artistas" y figuras públicas que rinden culto a la tontería, se logra que el ciudadano pierda su brújula ética y cultural. Cuando una sociedad comienza a admirar al ignorante y a burlarse del sabio, se vuelve maleable. El influencer que hace apología de la estupidez no es solo un producto del mercado: es el peón ideal para una guerra cultural que busca desarticular la identidad y el pensamiento crítico de los pueblos dejándolos a merced de la ingerencia de las potencias capitalistas.
Esto no se logra en dos días: es el proyecto paciente y continuo de trabajar en la formación de las nuevas generaciones. Así, los «viveros humanos», que antes parecían el argumento perfecto para una novela de ciencia ficción, se han convertido en el pan (¿plan?) nuestro de cada día en lo que a mediatización se refiere. Resulta inevitable recordar cómo, a fines de 1823, el presidente James Monroe proclamó la doctrina que lleva su nombre; una estrategia que, sumada a la tesis de la «Fruta Madura», planteaba la espera paciente hasta que el objetivo político cayera por su propio peso. Realmente esa «maduración» nunca se pretendió fuera orgánica o natural, sino un resultado fríamente calculado mediante el diseño de la opinión pública y la ruta que establecen los interesados.
Refugiar el pensamiento
Vivir en Cuba, en un tiempo tan peligroso y convulso como el actual, nos obliga a convertir el intelecto en una trinchera. Los pueblos en conflicto no pueden permitirse el lujo de ser consumidores de la "basura mediática".
Mantener un equilibrio intelectual es hoy un acto de resistencia. Esto implica ser selectivos: buscar sitios con rigor, materiales de lectura veraces, triangular fuentes de información y no distanciarnos jamás de la superación cultural.
José Martí nos mostró que la verdadera libertad reside en la oportunidad que tenemos de ser cultos. Ante una noticia manipulada, el único escudo es el conocimiento acumulado y la capacidad de análisis. Si abandonamos el hábito de leer y estudiar, quedamos a merced de quienes diseñan la matriz de opinión.
La herencia del criterio
Esta lucha se gana o se pierde en el hogar. La tendencia de entregar el teléfono a un niño "para que nos deje tranquilos" es, en realidad, una rendición. Estamos cediendo la formación de sus mentes al algoritmo.
La erosión del pensamiento propio ha alcanzado un punto preocupante con la delegación del juicio a la tecnología. Se ha sustituido el esfuerzo de la reflexión por la consulta instantánea. Es increíble cómo cientos de usuarios preguntan a la inteligencia artificial, o a "San Google", qué pensar sobre un dilema ético o un acontecimiento social. La humanidad del siglo XXI está perdiendo la capacidad de habitar su propia mente.
Es imprescindible que nuestros hijos vuelvan a disfrutar de la voz de sus padres leyéndoles un cuento, o del juego compartido al aire libre. La superación intelectual no es un destino al que se llega de adulto; es un camino que se siembra cuando elegimos el libro o el juego tradicional por sobre el ruido mediático. Cultivar el intelecto en familia es la única forma de asegurar que las próximas generaciones no sean solo cifras en un contador de visualizaciones, sino seres humanos con alma y criterio.
